La “comida brasileira” llegó a San Rafael

Por Mayrin Moreno Macías

 

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La cocina es una fiesta de olores. Cuando Ligiane Souza enciende la hornalla, siente que no hay problemas. No piensa en nada triste. Ella solo vibra en amor. “A veces no sabemos cómo comunicar el amor y la comida es una buena manera de transmitirlo. Me satisface cuando alguien come algo que preparé con mucho cariño”, dice.

Mientras aderezaba la carne, el ingrediente principal del Strogonoff, por la ventana se asomó Renzo, el delivery. Venía por unos pedidos. Antes ya había preparado Feijoada. Estos platos son muy populares en Brasil. “La carne debe quedar bien cocida. Un poquito de nuez moscada le dará gusto”, expresa. Ligiane bajó el fuego y empezó a engalanar las viandas. Todo el amor que le puso a esa comida lo simboliza en una rama de perejil celosamente elegida. Es el toque final. “Amoooor, aquí va el amoooor”, dice la creadora de Comida Brasileira.

Sobre la mesa estaba todo picadito. Las cebollas, el verdeo, la carne, el chorizo puro, la panceta y un poco de tocino para adornar. También había una tarta salada. Es un plato para los vegetarianos: esponjosito, relleno de aceitunas, arvejas, maíz, zanahoria, mozzarella y requeijao, un queso para darle cremosidad.

Ligiane iba y venía con su delantal, gorro y tapabocas. Su teléfono no dejaba de sonar y tampoco perdía el hilo de la conversa. “Yo te digo, las abuelas son lo mejor. Mi abuela hacía calabaza con arroz y quedaba exquisito. Yo siempre quería comer la que ella se servía en su plato. Era mucho amor. Eso lo aprendí de ella. Puedes hacer un arroz con huevo y que sea una delicia. Yo ahora elijo productos de calidad porque voy a vender, pero cuando no tenés los recursos, no significa que no puedas hacer una comida rica”.

Su llegada

Hace 8 años Ligiane Souza llegó a Argentina. Lo primero que hizo fue engordar. Venía de Goiânia, un municipio en el centro de Brasil. Allí creció con su abuela y su papá. Rememora que comenzó a cocinar a los 10 años de edad. “Quizás antes”, dice. Veía a su abuela, a sus tías, a los vecinos, en juntadas con amigos. “Mi madrastra no le ponía amor a la comida”.

Por muchos años Ligiane trabajó como empleada doméstica.  Eso le permitió conocer a mucha gente y culturas diferentes. También trabajó en jardines. “Vine porque era niñera y mis jefes trabajaban en la minería y debían viajar a San Juan por seis meses. Para ese momento estudiaba Pedagogía, perdí la beca y me quedé. Después me vine a San Rafael. Una amiga abrió un restaurante peruano y trabajé con ella. Acá he trabajado más como moza”, dice.

Cuando cerraron los bares, Ligiane tuvo que buscar una alternativa. Algo que le gustara. Aprendió a coser, pero no. Hace cinco semanas invitó a una amiga a comer Feijoada. Después de disfrutar el plato, de escuchar un bossa nova, una samba y la molesta publicidad del Banco del Sol por Youtube, su amiga  le dijo: “Vos tenés que vender comida, abrite una página y vendé”. Ella invitó a un compañero de la Facultad, pero por los tiempos él no pudo acompañarla y solo le abrió la página. “Ya hasta hago sorteos”.

Ligiane no pierde el tiempo. Estudia la Tecnicatura de Enología en la UNCuyo. También hizo un curso de Somellier y otro de Gestión y Administración de Empresas Gastronómicas en el Oliva Malbec. Disfruta todos los vinos. “El Syrah es el que más me gusta. Está bueno para la Feijoada…”

–¿Qué pasa en el cerebro de quien prueba la Feijoada?

–Si yo lo como, me acuerdo de Brasil. Otra persona sentirá algo distinto porque no tiene esa memoria, pero es una comida power. Vos sentís carácter. Le da energía al cerebro. Pasás todo el día con vigor.

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