LA CASA COMÚN | 1. “Pandemia, pandemonio y pandeluz”

Por David Cepero
Lic. en Ciencia Política y Administración Pública

 

Pandemia

Días difíciles. La pandemia de la Covid-19 no deja de sorprendernos en sus consecuencias. No deja de estar presente en nuestros días, en todos lados, en todo el mundo. Cambia nuestros hábitos, cambia el espacio público y está cambiando a las instituciones. Para muchos, muchas, no solo implica un mero trastorno de la cotidianidad, sino pérdidas, de todo tipo. Desde su aparición a fines de 2019, según datos de la OMS, se registran a nivel global casi 35 millones de personas infectadas y más de 1 millón de pérdidas humanas. El sistema sanitario está, en general, colapsado. El personal de salud vive horas bravas y la llegada de una vacuna no será cuestión sencilla, ni inmediata.

Otra de las consecuencias de esta nueva pandemia, según datos de organismos internacionales (OCDE, FMI) son las caídas estrepitosas de todas las economías del mundo y eso, sabemos, significa caída del consumo, cierre de pymes y comercios, pérdida de empleos y caída de salarios. Los Estados nacionales en general están respondiendo con políticas públicas de corte keynesianas, inyectando recursos en las economías por diversas vías con el fin de alentar la demanda (el consumo).

 

Pandemonio

Al girar la mirada se hace evidente que aquello que era ya vulnerable en el mundo, previo a la pandemia, ahora es más vulnerable. Quienes menos recursos tienen, tienen mayores dificultades para transitar este tiempo actual. Pero el mundo tiene otros “demonios” actuales que, junto a la pandemia, generan demasiadas postales de un verdadero pandemonio (paraíso perdido). La circulación y reproducción infinita en línea de “publicaciones falsas” (fake news) preocupa cada vez más. La desinfodemia actual vinculada con la Covid-19 es una muestra de la propagación de una enfermedad facilitada por la desinformación viral. En artículo al respecto publicado por el sitio El Gato y la Caja nos explican este proceso: “La desinformación impide atacar del mejor modo posible a la enfermedad porque despilfarra recursos −incluida nuestra atención−, genera tensiones innecesarias −incluyendo absurdas cazas de brujas a gente por su origen étnico−, provoca desensibilización y disminuye la confianza en las autoridades sanitarias, los expertos y los medios de comunicación profesionales. Todo esto facilita a su vez la propagación de la enfermedad”.

Estamos en presencia de una industria en línea de la mentira, y/o del engaño, que genera consecuencias muy graves. En términos de víctimas podemos contabilizar: “el argumento”, “las fuentes”, “el conocimiento científico”, “la palabra”, “la reflexión”, “el juicio crítico”, “el diálogo de ideas”, “las ideas”, “el ejercicio de ciudadanía”, “la calidad de la democracia”, “la solidez de las instituciones”, “el Estado de Derecho”, “las solidaridades colectivas”. Este mecanismo está provocando el reemplazo de “una humanidad que sueñe con un mundo mejor y que actúe en consecuencia” a una “humanidad ganada por el escepticismo (de no poder creer en nada), individualista y cargada de odio al otro/a”.

Y así como está el mundo, está el barrio también. Las calles de este pretendido pandemonio tienen sus murmullos, pero sobre todo sus silencios, y uno en especial que atormenta: el que provoca la ausencia en casi todos lados de los niños, niñas y adolescentes. Las escuelas, los clubes, las plazas están, en general, vacías. En especial, me pregunto con algo de angustia por nuestras juventudes, para las que son muy valiosos en la formación de la identidad (y lo sabemos) el poder crecer y compartir en grupo, estar con los y las amigos y amigas.

En el barrio además las postales de lo que se extraña incluyen el cine, el teatro, los recitales, los centros culturales, el partidito de fútbol, los bares, la noche y sus colores, sus abrazos, sus besos y esas expectativas del cruce de una mirada de amor. En estos tiempos es muy difícil que no se nos cruce la tristeza. La primavera 2020 llegó empañada.

 

Pandeluz

En tiempos con mosaicos distópicos, en los que  por momentos podemos pensar que mañana no va a ser mejor, podemos optar por construir, desde ahí, nuevas utopías. Podemos imaginar y anhelar mundos nuevos, mejores. Crear y proyectar esperanzas.

Una de las imágenes más difundidas al comienzo de la pandemia fueron las aguas claras de Venecia. Las cuarentenas habrían reducido los niveles de contaminación ambiental en general. Hoy, con parte de la humanidad en confinamiento, la tierra y las aguas parecen que respiran un aire más puro.

El camino hacia adelante claramente no es nuestro encierro. Cuando tengamos vacunas y pase la pandemia, el camino en adelante es que podamos andarlo sin romperlo, que incorporemos en nuestros hábitos y en todas las decisiones de Estado el “cuidar la casa”. El mundo que viene necesita de una mayoría con el poder, de poder hacerlo. Son clave los Estados nacionales, las organizaciones de la democracia, una ciudadanía activa y responsable y el protagonismo de las juventudes. La política asume un rol central, porque es la herramienta de la democracia que tienen las comunidades para transformar las utopías en horizontes transitables hacia el “bien común”.

Un estudiante, en una conferencia en Cartagena de Indias, le pregunta a Fernando Birri (cineasta argentino), que estaba junto a Eduardo Geleano, ¿para qué sirve la utopía? Y Fernando le contestó: “Fíjense ustedes que la utopía está en el horizonte. Y si está en el horizonte, yo nunca la voy a alcanzar. Si camino diez pasos, la utopía se va a alejar diez pasos. Y si camino veinte pasos, la utopía se va a colocar veinte pasos más allá. Yo sé que entonces nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve al fin? Para eso… simplemente. Sirve para caminar”.