CALLE LITERATURA | Nicolás De Dios

Por Carolina Elwart

Nicolás De Dios escribe porque siente que fue el paso que seguía luego de leer mucho. Siente que le ha costado mucho encontrar un estilo propio. ¿Qué es el estilo propio? Muchas veces, al comenzar a escribir, debemos dejar ríos de tinta que nos excomulguen de todo lo que hemos leído y nos ha hechizado. El análisis estilístico de los y las escritoras llega con el renombre, con la crítica que desarma el escrito para encontrarle el latido vital que conmueve. 

Nicolás siente lo mismo que muchas personas que se sientan a escribir: lo que se termina no llega a ser eso que se esperaba, para eso siempre es necesaria la palabra amiga. Pero no la que halaga sin sentido y usa palabras que para la literatura quedan vacías, como “bonito”. Muchos escritores han escrito cientos de consejos para quien decide escribir y yo siempre recuerdo uno de Sábato en su libro “Querido y remoto muchacho”.

Te desanimás porque no sé quién te dijo no sé qué. Pero ese amigo o conocido (¡qué palabra más falaz!) está demasiado cerca para juzgarte, se siente incli­nado a pensar que porque comés como él es tu igual; o, ya que te niega, de alguna manera es superior a vos. Es una tentación comprensible: si uno come con un hombre que escaló el Himalaya, observando con sufi­ciencia cómo toma el cuchillo, uno incurre en la  ten­tación de considerarse su igual o su superior, olvidan­do (tratando de olvidar) que lo que está en juego para ese juicio es el Himalaya, no la comida

La palabra que alienta a la escritura no puede estar plagada de elogios, pero tampoco de derribar al otro en busca de que nos iguale como se toma el cuchillo.   

Y cierra con unas palabras vibrantes:

Actualmente veo la escritura como un recurso enorme para plasmar la idea que me surja en el momento y a la vez como una gran herramienta, (…) me pone muy contento llegar a otras personas con un estilo propio y diferente que en general es siempre lo que estoy buscando a la de hora de escribir

Con ustedes Nicolás de Dios, de la ciudad de Unión, en San Luis, quien participa junto a estudiantes del Polivalente de San Rafael en el club de lectura “Ese primer libro”, coordinado por la profesora Julieta Rabino y recientemente declarado “de interés cultural, educativo y comunitario” por el Concejo Deliberante sanrafaelino.

Dioses y diosas

Todos hemos escuchado historias de dioses o semidioses como Prometeo, Zeus, la Mujer Maravilla, Thor, Loki u Odín.

Muchos dicen que no creen en Dios, pero yo sí que creo, lo he visto, y antes de que me traten de loco, quiero decirles que los dioses me eligieron y me atormentan con sus voces, todos existen, incluso los que parecen ficticios, y he tenido la oportunidad de verlos.

Soy contratista rural, tengo cosechadoras y fumigadoras, con mis equipos me encargo de trabajar en varios campos. Siempre he escuchado historias increíbles en boca de quienes me rodean. En todas ellas aparecen personajes u objetos sobrenaturales como duendes, el chupacabras, Slenderman u ovnis.

Nunca creí en nada, hasta que una noche, uno de los peones de la estancia en donde me encontraba dijo que vio un relámpago enorme en el cielo, y que desde allí pudo observar cómo se desprendía una criatura con tentáculos similar a un pulpo. Inmediatamente pensé en Cthulu, pero supe que eso es solamente un cuento de ficción, así que lo descarté. Minutos después subí a la camioneta en la dirección a la que el joven me había señalado.

En aquel lugar observé un pozo, caminé un poco y cuando me di vuelta vi a un toro. Salí corriendo y sin darme cuenta caí en aquel enorme abismo. El descenso fue eterno y de pronto me sentí en un lugar ardiente, lleno de fuego y lava. Un enorme perro de tres cabezas protegía las puertas de aquel infierno.

Estaba desconcertado, me desmayé, desperté atado en una cruz enorme y delante de mí apareció Hades. Dijo que me castigaría por mis delitos en la Tierra, por usar venenos y matar animales. Sus palabras atrajeron cuervos que masticaban mi carne de forma frenética y atroz. Volví a desmayarme del dolor.

Al despertar sentí el calor del sol sobre mi piel, estaba ardiendo y quemándome más y más. Cuando desvié la mirada, vi un enorme agujero negro que me succionó y me llevó a un planeta desconocido. Escuchaba voces que me resultaban familiares, todo era blanco y olía muy mal,  estaba exhausto y adolorido, solamente quería volver a mi trabajo y olvidarme de todo lo que estaba pasando. Abruptamente me sentí muy cansado y nunca más volví a despertar.

La eutanasia había marcado el final de mi vida. Desconectaron mi respirador, ya que nunca iba a despertar del coma inducido por el incidente con aquel enorme toro.