HISTORIA LOCAL | Los pehuenches

Por María Elena Izuel

A mediados del siglo XVII se produjo el avance de los pehuenches. Fueron originarios de la zona donde se hallan los pinos pehuén (araucaria araucana), árboles de gran corpulencia, que se desarrollan en Neuquén y en Chile; su nombre significa: che: gente, pehuén: pino; “gente de los pinares”. Se instalaron en el Sur de Mendoza, y después de un tiempo se hicieron amigos de los españoles.

Estos pinos producen una gran piña, adentro tiene las semillas o piñones, que era su principal alimento. Para cosecharlos debían subirse a los enormes árboles. A los piñones los guardaban en silos subterráneos, haciendo pasar agua muy fría por encima, para evitar que germinaran.

Estos frutos, del tamaño de una almendra, se pueden comer cocidos en agua o tostados al fuego y su sabor es similar al de la castaña; si se los hace fermentar se obtiene una bebida y si se sancochan y se ponen a secar, se pueden moler y obtener una harina para preparar alimentos.

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Los pehuenches se establecieron en Malargüe, en la zona montañosa, donde existen pequeños valles fértiles. Tuvieron hábitos similares a los puelches, con quienes finalmente se mezclaron. Eran altos y robustos, muy fuertes, de cabellos y ojos bien negros. Como signo de belleza se pintaban la cara, tanto hombres como mujeres, con colores negro, rojo, azul y blanco. Para soportar el frío se untaban el cuerpo con grasa de caballo y aun cuando acostumbraban a bañarse diariamente, en los arroyos de la montaña, tanto en invierno como en verano, la grasa no se diluía.

Su vestimenta estaba conformada por dos mantos cuadrados. Los hombres usaban el chamal en la parte inferior, colocado como chiripá, sujetado con una faja de colores, el manto de la parte superior era el poncho. Calzaban botas de cuero de potro, a las que curtían con tanta maestría, que quedaban muy flexibles. Usaban sombreros o chupas, que obtenían del intercambio con otros pueblos, en especial de los españoles; llegaron a cambiar un sombrero por dos animales.

Las mujeres también se vestían con dos mantas, la inferior la sujetaban con alfileres sobre los hombros y colocaban un cinto de colores en la cintura y la superior la sostenían sobre el pecho con un prendedor de plata conocido con el nombre de trapelacucha, también usaban pectorales de plata, algunos de gran tamaño, aros, pulseras y anillos. Estos adornos, de origen mapuche, aún hoy se usan en Chile.

Vivían en toldos de cuero de caballo, cosidos con nervios, también de caballos, a los que una vez secos masticaban para darle elasticidad; según cuentan, estos “hilos”, los que usaban para coser con agujas de hueso, no se cortaban nunca. Los cueros eran levantados con parantes de madera. La toldería estaba formada por seis u ocho toldos, fáciles de transportar.

Generalmente el toldo tenía una sola habitación, pero podía separarse con cortinas de cuero, si eran varias las mujeres que lo habitaban. Los colchones eran cueros de carneros y con los quillangos se abrigaban. Todo estaba untado con grasa de caballo. Cuentan los españoles que permanecer adentro de los toldos era muy difícil, pues el olor a rancio era insoportable. Mucho peor era cuando los invitaban a comer, ya que también la comida se hacía con grasa de caballo y no los podían despreciar.

Los pehuenches se dedicaban a la ganadería, criaban caballos, ovejas y vacunos, ocupaban los valles intermontanos en el invierno, pero en verano subían a las montañas para aprovechar los pastos tiernos de las alturas. Era, por tanto, ganadería trashumante, veranada e invernada, similar a la que aún hoy se realiza en los puestos de las zonas montañosas, por ejemplo en Los Molles.

Los gobernaba un cacique, pero el cargo no era hereditario, ya que cualquier hombre por valor, riqueza o sabiduría podía aspirar a ese puesto. Entre todos los caciques elegían al más valiente o sabio como cacique gobernador.

Odiaban la guerra, pero realizaban frecuentes malocas: caían de sorpresa sobre una toldería enemiga, para robar ganado, mujeres y niños. Ante una ofensa o una muerte eran sumamente vengativos, pero el agravio se podía reparar con un pago, no en moneda, sino en especies. A la vez eran solidarios y caritativos.

Sus armas eran la lanza, las boleadoras, el machete y la honda. Usaban una especie de casaca de cuero para pelear que les protegía el cuerpo, posiblemente lo copiaron de las armaduras que utilizaban los conquistadores españoles. Eran grandes jinetes, tanto las mujeres como los hombres y le daban nombre a su caballo, al que cuidaban con esmero.

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Indio pehuenche del Sur mendocino según Fernando Morales Guiñazú

En todos estos pueblos existía un gran respeto por la mujer, y el matrimonio se efectuaba por compra de la joven, la familia del novio debía pagarle (en especies) a toda la familia de la novia. Un padre que tuviera varias hijas se consideraba muy rico, porque recibiría muchos bienes a cambio de ellas. La familia en general era monogámica, pero los caciques podían tener varias esposas (poligamia).

Eran muy supersticiosos, creían en la hechicería, consideraban que si alguien moría era porque le habían hecho algún mal y trataban de vengarse. Los machis eran quienes tenían a su cargo las curaciones con hierbas, y se sabe que llegaron a efectuar algunas operaciones. El conocimiento que tenían sobre el uso de hierbas ha sido aprovechado por la medicina moderna.

Eran grandes comerciantes, mediante el trueque, obtenían lo que no producían, sobre todo granos para alimentarse. Ellos llevaban sal, que obtenían de las Salinas del Diamante, brea, cueros y artesanías de cuero, ganado y ponchos, que eran muy codiciados por los otros pueblos y también por los españoles. En ocasión del Parlamento de San Carlos realizado por San Martín en 1816, los pehuenches le regalaron al general varios ponchos, que éste admiró muchísimo.

El comercio lo realizaban con los españoles, iban a la ciudad de Mendoza y ahí intercambiaban sus productos por todo lo que necesitaban: por ejemplo la yerba mate, pues les agradaba mucho tomar mate, a ese trueque le llamaban “ir a los conchabos”11.

Medían el año por las fases lunares y a los doce meses del año les llamaban con nombres especiales. Como ejemplo: al mes de diciembre le llamaban de la escasez, porque al llegar el verano, comenzaban las crecientes en los ríos y no podían cruzarlos para conseguir alimentos.

Para los hombres era necesario saber hablar bien, saber “parlar”, así podían presentarse en los parlamentos: verdaderas reuniones diplomáticas de caciques y capitanejos para ponerse de acuerdo sobre algún asunto de trascendencia, donde todos tenían derecho a hablar, según la jerarquía y por turno. Existió también un cacique poeta, que fue el gran Currilipi, quien llenaba de amor y lirismo las almas de sus hermanos.

Se hicieron amigos de los españoles y colaboraron en la fundación del Fuerte de San Rafael del Diamante, sobre todo a través de la cacica María Josefa Roco.

En nuestro país quedan muy pocos pehuenches. En algunos puestos de Malargüe viven algunos descendientes mestizados, que conservan ciertas tradiciones como el trabajo en cuero y el tejido de ponchos en rústicos telares.

En Chile las comunidades pehuenches son muy numerosas.