El coreógrafo Efraín Alí Rada ama ver en otros cuerpos las historias que imagina

Por Mayrin Moreno Macías

efra3

Entre el cielo y la tierra están los bailarines. Cuando Efraín Alí Rada danza, irradia universos en cada movimiento. Pero, aunque festeja arquear la espalda, flexionar las piernas, los codos y las puntas de sus dedos, lo que más ama es crear, ver en otros cuerpos las historias que imagina. “La danza me ayuda a canalizar, a mantener vivos ciertos vínculos familiares, de amigos, de conocidos; a llegar a otros lugares y otras personas, y eso te hace crecer: escuchar experiencias, sensaciones, vivencias. Recuerdo una clase que di hace unos años. Terminamos todos llorando, habíamos improvisado pensando en ‘algo que no podíamos decir’ y de repente entendí que a veces, por más que no sepamos qué decir, podemos decirlo en movimiento, o transformarlo y que se transforme. La danza me ayuda a vivir y confiar”, dice el coreógrafo y director de la compañía Unza.

Esta pandemia le reforzó su camino. A la compañía se le cayeron actividades, ensayos, funciones, un nuevo montaje. Con el pasar de los meses la decisión fue retomar las clases, hacer videodanza, participar en concursos y empezar con el montaje de “Mi Negra Modelo”, cuya última función podrán ver este sábado 5 de septiembre a las 20 horas por la plataforma Zoom. “Estamos haciendo algo nuevo, descubriendo nuevas formas, pero más allá de eso, lo que se genera es poder atravesar las pantallas y tener un poco de esa calidez humana que uno tanto necesita. Fue muy fuerte cuando escuchamos el aplauso, se sintió como una ola de energía. Ahora nos queda una última porque necesitamos descansar de todo lo que implica autogestionarse, y bueno, el cuerpo lo necesita, los chicos lo dan todo”.  

Un privilegio: trabajar con los mejores

“La compañía Unza se creó para reafirmar y confirmar el deseo de tener un grupo, con todo lo que eso implica: compromiso, ensayos, sueños, trabajo, reafirmar la confianza de uno y de un equipo”, dice Efraín. En una juntada en El Nihuil, en 2010, mientras escuchaba “Unza Unza time”, de Emir Kusturica, con su grupo de amigos, le dijeron: “Tenés que hacer algo con esa canción”. En 2017 incorporó ese tema a su tesis. “De repente las cosas eran muy Unza, o no tan Unza, así que vi que empezaba a tener una identidad. Ahora decimos que Unza es todo lo que está bien e internamente también, los chicos que me acompañan son maravillosos, comprometidos, excelentes artistas y personas, amigos. Siempre digo que soy un privilegiado porque puedo trabajar con la gente que quiero, y para mí son los mejores”.

–¿Cuándo y cómo descubriste que tu vida estaría ligada al movimiento?

–Cuando mi madre me llevó una tarde a la escuela artística Selva Cortés de Nunciato. Nunca entendimos por qué lo hizo.  Recuerdo que era inquieto y miraba mucha televisión, y para sacarme de ahí me llevaron, fue muy loco, porque yo era tímido con la gente de afuera, o introvertido, y no me gustaba salir de mi casa. Me metieron en un salón, y estaban en una clase de zapateo, jamás en mi vida había hecho nada de baile, y me quedé, ni siquiera saludé a mi vieja, simplemente entré y me puse a copiar los movimientos. Me acuerdo mucho de ese día, el salón, el profesor, todo, y la seguridad con la que había decidido quedarme. Después de ese momento, tenía dos casas, la mía y la escuela artística, y de ahí no salí más, me quedé bailando para siempre.

efra1

Un recorrido Unza 

El recorrido de Efraín por la danza ha sido de abundante felicidad. Nunca sintió vergüenza por ser el único varón que bailaba en sus grupos. Empezó en la escuela artística Selva Cortés de Nunciato y luego entró al Polivalente en el área de Danza Clásica y Contemporánea. “Bailaba y tenía un grupo que me seguía en todas”, dice. A esa edad ya armaba sus propias coreografías. Después cumplió un sueño, audicionó para el Taller del San Martín y quedó, pero no se acostumbró al ritmo de Buenos Aires. Regresó a San Rafael y empezó a estudiar Comunicación Social. Fueron tres meses que le bastaron para dar media vuelta y retomar la danza. Más tarde entró a Vendimia Nacional y se quedó en Mendoza Capital.  “Tomaba clases con grandes maestros, de danza clásica, contemporánea, folclore y danza española, en ese momento también empecé a tomar clases de Jazz y Clásico y ese abanico me dio una perspectiva muy hermosa sobre lo que era moverse. Mis grandes maestros, que siempre los tengo presentes, son Marta Lértora, Quique Baldini, Jorge Soria y Florencia Pérez Brennan”. 

De nuevo en San Rafael y sin ánimos, su madre le dijo que lo había anotado nuevamente para el Taller del San Martín.  Fue mucho papeleo y esfuerzo, pero Efraín realmente deseaba estar ahí y así fue. “A partir de ese momento mi vida y mi cuerpo cambiaron un montón, entrenar de lunes a sábado con los mejores maestros del país, ensayos, clases, funciones, era una locura pasar por todas las técnicas. En 2017 egresé con una distinción en proceso creativo, lo cual fue hermoso, porque fue lo que busqué siempre y significó una reafirmación a eso que tanto me gustaba. En el taller tuve grandes maestros que me marcaron mucho, principalmente Haichi Akamine, Norma Binaghi (la directora del taller), Alejandro Cervera, Dalilah Spritz…”. Después hizo una obra para el Teatro de la Ribera, nació Unza, trabajó en obras independientes, en el ballet de Avellaneda, en 2019 quedó en otra residencia artística, de la que surgió “Origami”, y en 2020 participó del FIBA en Ciudanza.

–¿Cuentas con el apoyo de tu familia? 

–Mi familia es todo. Tuve la suerte de que me apoyaran en todos los momentos. Siempre –a mí y a mis hermanos– nos dieron las libertades de poder elegir y hacer a nuestro gusto. Mi madre es una luchadora por la sociedad, profesora de Lengua y Literatura, mágica y dulce, y mi viejo es como esos silencios que tienen más significado que un montón de discursos, es un escritor nostálgico, digo yo, y un gran observador. Siento que pude armarme de ambos y aprender y aplicar en el arte y en la vida. Mis hermanos son lo más, músicos, artistas, creativos, tienen mucho talento y cuando se juntan la rompen. Armaron una banda llamada Komorebi, la gente debería conocerlos más porque realmente vale la pena, ellos también siempre me apoyaron y compartieron muchas cosas, estamos un poco lejos, porque yo me fui de mi casa a los 18 y anduve de un lado para otro, pero estamos en contacto y mientras más pasan los años, el vínculo es más fuerte. El año pasado Yair hizo la música de mi obra “Origami”,y ahora sacaron un EP con tres temas nuevos, y tengo muchas ganas de hacer algo con eso.