“Ya no estoy aquí” y el baile sagrado de la cumbia

Por Mariano Dubin

Dicen que los dioses americanos se escondieron en la oscuridad de nuestros cuerpos. Cada tanto, cuando nadie sospecha, escapan. Disfrazados de otros. O los dejamos escapar, casi, sin querer. En los bailes profundos nuestros cuerpos los liberan. En ese rito vuelve lo sagrado.

Uno de esos bailes sagrados, desde su origen entre tambores africanos y vientos indígenas, fue la cumbia. Este verdadero baile no puede ser ocioso. No se puede decir: “para los fines de semana”, “la cumbia solo la bailo”, “pero escucho buena música”. Mucho menos, la impostura “all inclusive”, aquella que sintetizó un gran poeta inglés: “I wanna live like common people”. Este baile exige. Porque es el baile donde otras fuerzas mueven la fragilidad de nuestros huesos. Es, ante todo, dejar a los muertos salir un rato afuera. Dejarse, un poco, morir en vida.

Pienso en el baile final de “La nación clandestina” de Sanjinés. Y pienso, ahora, en el Ulises -en su odisea criolla entre México y Estados Unidos- de “Ya no estoy aquí”, del director mexicano Fernando Frías, disponible ahora en Netflix.

Los dioses están en el exilio, escribió Heinrich Heine. Es cierto. Pero es un exilio del mundo externo. Como en la ayahuasca es solo conocer la trampa para entrar a su mundo o para que entren al nuestro. Por ejemplo, mover el cuerpo para dejarlos escapar un rato. Inclusive, en este mundo de mierda, que atenta contra todo lo vital, pero donde hay, todavía, Ulises que van a bailar hasta el final.

 

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