CALLE LITERATURA | Cielo Hochberg

Por Carolina Elwart

 

Cielo Hochberg escribe porque “sinceramente mi cerebro se comunica mejor con mis manos que con la lengua”, dice. La adolescencia sigue siendo idealizada pero también cuestionada por los adultos. Todos pasamos por esa etapa que el mercado idolatra por la idea de consumir. Atravesarla es un puente tambaleante que nos marea y muchas veces también paraliza. 

“Escribo porque el papel me permite plasmar aquellos pensamientos un poco desordenados que tiene mi cabeza, porque de esa forma le busco sentido a las cosas que muchas veces no lo tienen”, cuenta desde un celular… Nuevos modos de comunicarnos, de aislarnos, de ser en tiempos de pandemia.

Cielo participa en el club de lectura y escritura que lleva la profesora Julieta Rabino y que une escuelas de San Rafael y San Luis. Lograron con mucho esfuerzo crear sus propios libros que intercambian por alimentos para distintos comedores. 

Escribir en tiempos pandémicos se ha vuelto terapéutico, compartir con otros lo que se escribe, conversar sobre lo que se lee y se siente resulta imprescindible.

Cielo siente que “escribiendo puedo borrar, corregir, cambiar mis palabras y sobre todo pensarlas. Yo sé que escribo para mí, para sanar las heridas más antiguas y las más recientes. Escribo porque eso me permite entenderme y de esa forma saber quién soy, quién fui y quién no volveré a ser jamás”.

“La escritura me permite gritar todas aquellas cosas que callé cuando no debí hacerlo, cuando el miedo y la vergüenza no me permitieron hacer”, agrega.

 

 

Recordar(ser)

La pequeña niña se pega a mí, me agarra fuerte, no quiere que la deje sola, aunque pienso y creo que más bien es a mí a quien le aterra la idea de que algún día ella me deje.

Tomando chocolatada me cuenta que quiere ser cantante, bailarina, actriz, un hada, una princesa o todo junto. Ella al igual que yo escribe cuentos y canciones, ¡le encanta! Pero aún es muy pequeña para ser consciente de su amor por la escritura.

Miro su pelo castaño, sus pecas, sus ojos marrones, descubro una mirada curiosa.

Aún tiene tanto por enseñarme con su ternura, su felicidad, sus ganas de aprender, de comerse al mundo entero. Ella ríe despreocupada y se le arruga la nariz.

A veces la noto callada, algo triste diría, entonces la abrazo fuerte y le aseguro que todo lo malo va a pasar, que en la vida se va a encontrar con personas que van a salvarla cuando no pueda, cuando no sepa cómo.

En cambio, otras noches la que se cansa soy yo, la que no sabe, la que no puede. Entonces es ahí cuando ella viene a verme, se acuesta a mi lado, me mira y me convence de que si ella pudo con fantasmas peores, ¿por qué yo no podría? Charlamos un rato, se duerme y me duermo yo también.

Cada vez que olvido mi pasado o voy por el camino errado, ella aparece para guiarme y recordarme a la niña que fui y seré siempre. La abrazo y le pido por favor que no se vaya nunca, que me enseñe, que no me deje.

Hoy y siempre elijo ser ella guiando mi mirada hacia lo simple, sorprendiéndome frente a las pequeñas cosas, conservando esa luz en los ojos, equivocándome, aprendiendo, desaprendiendo, pero principalmente sintiendo en mi interior a la niña que fui. La niña que seré.