“Crímenes de familia”: que los indios no hablen

Por Mariano Dubin

Crímenes de familia es una película correctamente filmada y, en gran parte, bien actuada, lo cual, para ser un estreno de Netflix, es mucho decir. Quiero señalar, sin embargo, otro aspecto, entre los posibles que se podrían abordar de la película (algunos de ellos, aclaro, más interesantes que el que acá traigo).

La película trabaja sobre el tópico que llamaremos el silencio de la mucama. No es algo novedoso, por cierto. Nombremos dos derivas posibles: “La fiesta ajena“, de Liliana Heker, o “Cabecita negra”, de Germán Rozenmacher. El silencio de la mucama suele ser ocupado por la verborragia de alguna figura de la cultura burguesa decadente. En los últimos años el cine argentino también trabajó esta figura, por ejemplo, en la película “Cama adentro”, que cifra la crisis de 2001.

No quiero hacer una serie de referencias interminables, solo que la película trabaja con esta figura de la mucama callada (una mucama, digamos, pre-peronista), que no es otra que la figura de la india callada, los bolivianos que no hablan, el indio sin lengua. Más recientemente: la prohibición de las “mujeres bien” de los countries de Nordelta que les prohibieron a sus mucamas hablar en guaraní. Por tanto, hasta ahí Crímenes de familia pone en juego una contradicción salvaje de nuestra cultura, pero la resuelve del modo en que el progresismo on demand nos exige en estos tiempos. Digamos: la india no habla nunca. Lo que sabemos de ella, lo sabemos por otras mujeres que sí pueden hablar.

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Sabemos, entonces, por boca de una mujer, blanca, progresista que “todo sucede” porque es “analfabeta” y “con problemas madurativos de desarrollo”. Poner estos dos sintagmas juntos sintetiza, finalmente, el modo colonial en que se sigue mirando a los indios: son ignorantes, brutos, culturalmente atrasados. Si uno no sabe leer (“no accede a la cultura letrada”) es, por tanto, una persona con problemas cognitivos. Todos los resabios positivistas y clasistas que constituyen los lugares comunes para enunciar a los pobres. En este marco, no por nada la mucama es “misionera”, “de la selva” y con rasgos guaraníticos.

Que no queden dudas de que estamos en el espectáculo de las razas. La cultura on demand da lo que el espectador abúlico exige. Esa siempre cultura burguesa y decadente (que nunca deja de morir, pero nunca deja de estar ahí) da lo que se exige: que los indios no hablen. Porque para hablar o están las blancas de Recoleta con su mirada reaccionaria o están las blancas de los Ministerios con su mirada progresista. Eso sí, que las indias se queden calladas y que no arruinen “la fiesta ajena”.