Monólogo de la infrazafata

Por JP Carballo

A un discípulo heterodoxo de Samael Aun Weor,
y a la sentenciosa voz de su madre

Damas y caballeros, les damos la bienvenida al descensor MNM 876 de Infratours. Mi nombre es Luciferina y seré su guía durante todo el descenso hasta la antesala del Infierno, a la orilla del Aqueronte. Les pedimos que a partir de este momento se desabrochen el cinturón de castidad y abandonen toda esperanza los que aquí entren. Para quien nunca antes haya visitado el Infierno y esté aquí por haber sido estafado en un programa de “Tiempo compartido”, les contaremos un poco de la historia remota y reciente de este lugar de perdición a fin de que aprovechen con satánica plenitud la travesía.

El Infierno no fue siempre lo que es hoy sino que evolucionó en virtud del contexto histórico. En la antigüedad grecorromana, por ejemplo, el Infierno era para todos y todas, ya que no existía el Paraíso. No importaba lo bien o mal que un individuo se portara (acaso porque portarse bien con un dios o diosa era portarse mal con algún otro dios o diosa); de un modo u otro siempre se terminaba en el inframundo. Había, eso sí, un infierno VIP destinado a unos pocos héroes aristócratas: los Campos Elíseos, pero no estaba al alcance de cualquier persona. Así es que en aquel entonces pasar por la muerte equivalía a irse al Infierno y por esa razón cuando Cristo murió en la cruz se produjo una situación embarazosa puesto que, aunque estaba muerto, un certificado de apoteosis enviado desde un concilio futuro prohibía terminantemente su recibimiento en tan pagano hospicio. Evidentemente se trataba de un vacío legal sin precedentes, ya que hasta ese momento entrar al infierno no era tanto problema, el problema era salir. La situación se resolvió precariamente de la siguiente manera: se le construyó a Jesucristo una pequeña salita de espera cercana al Averno donde aguardó tres días hasta su resurrección. Después la Iglesia transformó la salita de espera en una monumental arquitectura barroca, más o menos como ocurrió con la Porciúncula, aquella miserable choza que Francisco de Asís usaba como capilla y que actualmente tiene encima una basílica de dimensiones bestiales, la séptima en importancia de toda la cristiandad. Pero sigamos con el Infierno, no queremos tentarlos a abandonar esta travesía para ir a conocer todo el oro usurpado que hay desparramado en las obras de arte sacro europeo.

El inframundo sufrió una primera remodelación con la construcción de los módulos habitacionales del Paraíso que, sumado a las circulares J1, N325 y C381, bifurcaba los destinos de los muertos como consecuencia de un proceso judicial que premiaba a los buenos y castigaba a los malos. Esto fue posible gracias a una simplificación teológica que operaba saciando las necesidades politeístas de las clases populares con la veneración a los santos, al tiempo que unificaba las figuras divinas en un solo dios supremo, sapientísimo, omnipotente, etc., etc. Así fue que durante la Edad Media el Infierno se especializó en el castigo y la tortura de los malvados, a la espera de que nuestra nefasta tarea sirviera como refuerzo conductista para que los vivos mejorasen su comportamiento, si no por virtudes innatas, al menos para no caer en nuestras manos por toda la eternidad.

Ya en la temprana Edad Moderna pudo verse que las partes de la maquinaria no funcionaban demasiado bien. Pongamos sólo un ejemplo, de los más conocidos. El 6 de julio de 1601 nos enviaron a un molinero italiano apodado Menocchio que insistía en andar diciendo que los hombres habían venido al mundo por generación espontánea, como los gusanos que salen de la nada en el queso podrido. La idea era científicamente incorrecta pero no fue por eso por lo que la Inquisición le estiró las tetillas con una tenaza caliente, le quemó la palma de los pies y le arrancó un ojo. Cuando Menocchio llegó al Infierno su aspecto era tan espantoso que en lugar de seguir torturándolo, lo pusimos de pie en la ergástula de la entrada para aterrorizar a los recién llegados. Sin embargo al poco tiempo fue el propio sacerdote inquisidor encargado de torturar a Menocchio quien llegó hasta nuestra sede condenado por…   bueno, por torturar a Menocchio. En realidad lo quemaron en la hoguera más precisamente por tener tratos con el diablo, lo que era perfectamente cierto; un demonio de nuestra institución que operaba en ese momento en la localidad italiana de Pordenone fue quien le enseñó al inquisidor las impecables prácticas de tortura que le propinó a Menocchio, ya que en ese tiempo no existían los cursos acelerados que el ejército norteamericano imparte a los represores poco experimentados de cualquier republiqueta.

El avance del modernismo hizo colapsar la infradotada infraestructura del inframundo. El pecado de herejía alcanzó la estatura de ciencia positiva y comenzaron a llegar miles de condenados con frac y título universitario que ni siquiera se dignaban en dirigirle la palabra a sus torturadores y carceleros, y cuando lo hacían era para enredarlos con silogismos o para tratarlos de demonios ignorantes y supersticiosos. Al propio Satanás le horrorizaba ver a dónde estaba yendo a parar la educación superior con tanto empirismo, sin una pizca de teología, y con frecuencia se le oía vaticinar que en unos pocos años sería imposible encontrar en ninguna alta casa de estudios europea un doctor universitario tan crédulo y apasionado como el entrañable doctor Fausto.

Es cierto que la calidad inmoral de los condenados mejoró muchísimo en el siglo XX, pero por lo general se trataba de gente sin fe de ninguna clase, como no fuera la fe en sí mismos. En la familia infernal comenzaba a faltar la pasión de la contienda, de esa atávica lucha maniquea entre Dios y nosotros. Cuando el filósofo Friedrich Nietzsche sentenció que Dios había muerto, todos en el Infierno nos miramos unos a otros preguntándonos con los ojos quién de nosotros le había metido en la cabeza semejantes tonterías, porque si Dios había muerto entonces el Diablo también. Mandamos a un demonio para que le estropeara el sistema neurológico y el desgraciado murió abrazado a un caballo de carga diciendo incoherencias, pero ya era tarde. Sus libros se habían desparramado por el mundo y la frase “Dios ha muerto” se había vuelto un cliché que no encendía ninguna hoguera inquisitorial. ¿Qué? ¿Que después los alemanes mataban millones de judíos leyendo a Nietzsche? Sin duda, a eso me refiero con la mejor calidad inmoral de los condenados. Pero al mismo tiempo, las razones de estos crímenes no favorecían ni a Dios ni al Diablo, porque el Hombre mataba o amaba por motivos ajenos a ambos. ¡Cuánto nos hubiera alegrado que el Holocausto se hubiera debido a que los judíos eran monoteístas! Pero no fue así. Los nazis mataban de igual manera a judíos ateos.

El Infierno empezaba a enfriarse. Todos sus círculos eran un dechado de frivolidad. Para colmo de males desde fines de los ´60 se difundieron por el inframundo algunos de los escritos de Michel Foucault, en especial el libro titulado “Vigilar y castigar”. Esto hizo sentir a muchos demonios como vulgares funcionarios de un penal superpoblado al servicio del orden moral hegemónico. Si el sistema judicial era obra divina,  entonces el servicio penal que ofrecía el Infierno estaba al servicio de Dios y no del Diablo. Comenzaron a suscitarse numerosos debates. Se discutía todo el tiempo, discutían demonios y condenados, torturadores y torturados, y lo hacían con un grado de sofisticación rayano en una pedantería jamás vista, dejando los instrumentos del suplicio a un lado. Bastaba asomarse al averno para escuchar las voces apasionadas de algo semejante a un mitin: “¡¿No es el espíritu diabólico esencialmente libertario?! ¡¿No sosteníamos los discípulos del Maligno la voluntad de poder como una afirmación de la vida, del placer, de la fuerza, de la belleza de la carne?! ¡¿No es el confinamiento del cuerpo y su flagelo una obsesión cristiana que se opone a todo impulso vital pródigo para transformar a los espíritus en meras sombras dolientes y enfermizas para toda la eternidad?! Y todo el calor del Infierno provenía ahora de estas preguntas retóricas que no hacían más que proporcionar evidencias de la cosa patética en que habíamos llegado a convertirnos en esta era que llamaré posmoderna, por no hallar otro insulto más agraviante.

Llegaron los ´90, el tiro de gracia. Si algo faltaba para que nuestro inframundo rechinara de anacrónico es que un montón de yuppis dieran rienda suelta a su vandalismo adolescente y tiraran abajo el muro de Berlín, mientras otro montón de intelectuales se llenaban la boca con el fin de la Historia y el fin de los grandes relatos, puras excusas para que cada uno se mire su propio pubis y escriba un libro sobre las circunvoluciones de su ombligo como si se tratara del Génesis o del Libro de los Muertos. ¡No era ese el egoísmo que siempre promovimos desde nuestra institución, señores! ¿De qué sirve el individualismo si no está inserto en una cosmogonía?

Pero ya no había vuelta atrás. Todo se privatizaba y cuando no se podía privatizar, se reestructuraba. En 1992 llegó al Infierno un funcionario del Banco Mundial. Nos habló de la eficiencia, de la necesidad de descentralizar una organización demasiado jerárquica, nos habló de nuevos aires en un mundo globalizado, del auge del tercer sector de la economía, el sector de los servicios. Nos dijo que nuestro servicio era obsoleto y respondía a las necesidades de un Estado sobredimensionado, que si queríamos expandir el imperio del Mal para qué cuernos hacinábamos para siempre tantos espíritus en esta caverna desvencijada en lugar de contribuir al derroche pródigo del consumismo, que al fin y al cabo era la ideología subyacente de esos herejes tan mal vistos en el pasado, los epicúreos. Nos dijo que el Paraíso era mucho más productivo porque estaba lleno de ángeles autómatas con la última tecnología del mercado y que contra eso sólo había una forma de competir: cerrar el Infierno como lugar de suplicio y convertirlo en un museo que pudiera figurar en cualquier paquete turístico, como se hizo con Alcatraz, e incluso con el más nefasto campo de concentración nazi: Auschwitz es ahora un espacio para la memoria y la gente va de paseo y disfruta de una vitrina llena de zapatos y zapatitos de todos los que fueron  envenenados en las duchas. ¡Turismo, señores! El mundo y el inframundo son un solo mundo globalizado y ya no hay fronteras, todos somos cosmopolitas. La idea era prometedora para muchos espíritus que ya se habían cansado de discutir en vano y habían llegado a la conclusión de que nada valía la pena.

Así llegamos a este momento, damas y caballeros. A partir de ahora van a conocer el Infierno con la estructura heredada del Renacimiento, ese que ha quedado bastante bien reflejado por Dante Alighieri en la “Divina comedia”, aunque, claro está, no compartimos su enfoque mojigato.

Pasen por aquí, damas y caballeros, el demonio a mi derecha controlará sus tickets, porque a partir de ahora tanto al Cielo como al Infierno se accede pagando entrada…