CRÓNICA | La nostalgia de apretujarse

Por Bautista Franco

El encierro pandémico me ha hecho nostálgico de cosas de la vida cotidiana. Desde el mate con amigos a las juntadas bestiales, todas pegajosas, en lugares pequeños, en cumpleaños, en los bares, en las casas…

El otro día una amiga –Julieta se llama– me contaba que extrañaba los recitales de rock, no la música en sí, que ahora escucha con más alevosía y en mejor calidad de audio gracias al parlante nuevo que se compró, sino el contacto social, el pogo, la violencia, cagarse a piñas con un montón de tipas y tipos, todos drogados, sudados y mal tatuados con las letras de bandas que tocaban más o menos parecido a como sonaban en los discos que vendían. Yo no he ido a muchos recitales pero me asombra ver cómo la gente se arremolina violentamente en el centro y se arma una bataola gigante, mientras los músicos tocan con el equipo de sonido mal enchufado.

En los recitales se ve una postal digna de El Greco, una batalla de demonios desaforados en el centro, un montón de bestias empujando para entrar a un círculo negro, un montón de gotitas brillantes volando por el aire, una pibas apretadas contra la baranda con lo que les queda del cuerpo, un flaco drogándose en una esquina oscura, otro pecador robando de las mochilas, el abnegado que lleva a la novia al hombro y, un poco más allá, los que no saben de música, los que fueron a acompañar, los que ya están muy borrachos para entrar y los viejos que ya no pueden sumarse al pogo y solo pueden contentarse con la nostalgia de mirar cómo se zarandean y golpean los más jóvenes.

El cuadro a algunos podrá parecerle grotesco pero a mi amiga no, le parecía inconmensurable el placer de estar ahí compartiendo espacio con mil tipos que venían a hacer lo mismo que ella, que es nada menos que sacarse la bronca, sacarse la tos seca que tenían guardada desde hace tanto y que ahora es un peligro para la sociedad.

Me pregunté qué tenía de diferente yo, un socio del café Borges que amaba meterme en la silla más cercana al baño –digo “amaba” porque ahora corrieron las mesas–, delante de donde ahora están los libros, rodeado de un montón de estudiantes que parlotean a velocidades bastante asombrosas y profesores que impostan la voz y se regodean en sus trajes viejos. El café Borges es chiquito, ahí nos apretujamos los ñoños y nos damos nuestros golpes, menos transpirados pero no con menos intención, y hablamos de nuestras cosas a los gritos como si dependiera de nosotros el pasado. Cerca de la ventana los que aparentan, cerca del oscuro los que se esconden y en el centro, siempre en el centro, el ego de los profesores de la universidad privada.

Pienso que al Greco le hubiera gustado vernos al lado del baño peleando por Tupac Amaru, y me doy cuenta de que Julieta extrañaba lo mismo que yo: meterse en un lugar donde quedáramos suficientemente pequeños para que nuestros gritos, nuestra tos y nuestros dolores se perdieran entre la multitud.