Carta a un Ruiseñor

Por Rúkleman Soto
Ilustración: Xulio Formoso

Mi pana Aquiles, por ahí anda una cuerda de incrédulos que se creen a salvo porque no creen. Te lo digo un poco avergonzado, no porque los he visto, sino porque a veces a uno también le vienen unas ganas demoledoras de no andar creyendo.

No parece ser este el mejor de los tiempos para creer, mi buen Ruiseñor de Catuche, pero sí es el más necesitado. Para creer hace falta perseverar en eso que tú sabías hacer: ver con asombro la alteridad más cotidiana y provocar con el otro esa mirada común que quiebra lejanías. De ahondar ese distanciamiento se encargó nuestro primer costumbrismo, ilustrado y petulante, que tú viniste a transformar en amor y humor porque, a diferencia de tus antecesores, creíste «en los poderes creadores del pueblo».

Alteridad es rebelarse, abatir la extrañeza que nos quebranta como el supremo acto conspirativo de re-conocernos. Es subvertir el orden de la incredulidad desde la ternura que nos legaste. Incapaces de ternura no tendremos posibilidad de salirnos ni un instante de ese permanente derrumbe del espíritu donde chapaletea nuestro pobre, subdesarrollado y tercermundista ego moderno.

De allí la vigencia de tu Credo, ese antivirus para enfrentar el paquete tecnológico de convicciones líquidas que no resisten la prueba de fuego de las cosas más sencillas. Porque la evasión banal no resiste la simple y formidable pregunta planteada, si se quiere, a la inversa: ¿En nada creo?
Tu triunfo, poeta lancero y militante, consiste en que nadie que tenga un tilín de humanidad supera la pregunta irrefutable. Si creemos en algo, por pequeño que sea, hay esperanza. Tú no andas pidiéndonos creer en paradigmas trascendentales, ni siquiera nos pides creer. Solo nos das noticia de que insólitamente en este mundo calculador, ambicioso y desconfiado, alguien cree. Y ese que tiene el guáramo de creer no es otro que tú.

Yo, por ejemplo ─que a veces me da por no creer─ creo en la línea final de tu Credo porque derrumba la propaganda onanista de la autorrealización basada en la disputa y la distancia contra el otro que también resiste pataleando en la inmundicia. Ahora, como ves, sufrimos una pandemia de soledad. Pero en medio del imperio del individualismo autoproducido, autoproclamado y autoconfinado, tu firme estrategia de amor sigue vigente: «creo en mí mismo, puesto que sé que alguien me ama». Sin creer recíprocamente ningún amor es cabal y ningún triunfo de la humanidad es completo.

Creíste en tu ciudad, que es como decir que amaste a los humildes y a las pequeñas cosas, sin dejarte seducir por la atracción de los palacios, sin ceder a la emboscada de esa forma ampulosa de la memoria que es el monumento. Tu táctica fue regalarnos «un reguero de cositas pequeñas y coloridas». Recogiste para nosotros esos «desechos del tiempo cuyo destino es la diáspora y el olvido, intimidades tiernas en las que nadie se reconoce».

Tu método fue hilvanar pacientemente lo más simple y olvidado. Nos enseñaste que escarbando «en los basureros de la Historia», es como se encuentran las cosas más humanas y por consiguiente las más temibles. Creíste tanto en esos seres que te aman y que te creen, que igual le compusiste a la puta pobre del puerto «La canción de Esperanza», y también le escribiste un poema a «Sara a la orilla del crepúsculo», cuando la viste reposar extenuada y casta al anochecer.
Ahora que oscurece, «nostalgioso» Aquiles, tus palabras apartan mi vana incredulidad y me ponen a escuchar a mi prójimo decir en voz baja algunas de las cosas en las que cree y otras en las que no. Así, dulce hermano de las muñecas de trapo, sigues con nosotros, celebrando tu centenario.