CRÓNICO | Una historia ricotera

Por Ernesto J. Navarro (*)

 

El año 2005 viajé por primera vez a la Argentina.

La profesora Irma Antognazzi me invitó como ponente a un encuentro del Grupo Hacer La Historia, que agrupaba a docentes, investigadores y estudiantes de las universidades de Rosario y Buenos Aires.

La cita era en Necochea, pero por alguna razón que desconozco, el boleto que me entregaron tenía la ruta Caracas – Panamá – Santiago (Chile) – Córdoba (Argentina) y finalmente Rosario, en la provincia de Santa Fe.

Ese boleto me lo dieron la noche antes del vuelo, y la secretaria que me lo entregó me dijo:

—Al salir del aeropuerto de Rosario, tome un taxi y en unos minutos estará en Necochea. Además añadió: “Cualquier taxi lo llevará…”

Yo tomé el boleto y me fui a meter ropa en el morral. No me fijé en nada, y en esa época los celulares no eran taaaaaaan inteligentes como ahora.

Solo se me ocurrió escribir un correo a la profesora Irma que, coincidencialmente, estaba conectada. Luego de saber del itinerario y la indicación de la secretaria, respondió con un  “¡¡¡Queeeeeeeeeeeeeé!!!”.

Pues bien, la secretaria aquella me lanzó hasta Rosario, a más de 750 kilómetros de distancia de Necochea. Así que cuando salí del aeropuerto de Rosario, como 20 horas después de haber partido de Caracas, y abatido por las horas de espera entre un aeropuerto y otro, debí saltar casi de inmediato a una combi con un grupo de profesores que detuvieron su viaje unas horas para darme el aventón.

 

***

 

A pesar de todo aquello, la misión se cumplió. Volví a Rosario, cuatro días después, para el vuelo de regreso a Caracas. La combi me dejó en la terminal terrestre, donde Dante Roberti (mi amigo y padre porque quiso) iría a recogerme.

Mientras lo esperaba, caminé buscando cervezas y mirando tiendas. Me detuve en una que vendía calcomanías para vehículos. Entré y compré dos que me saltaron a la vista, dos calcomanías de Los Redondos”, algo raro, ya que yo no tenía vehículo.

Igual las compré. Una tenía la imagen del disco OKTUBRE y otra la cara del Indio Solari.

 

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Hasta ese viaje a la Argentina, ¡oh pecado!, yo no había conocido la música de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

¿Por qué las compré? Es lo que viene a continuación.

 

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En Necochea conocí a un chamín (un pibito) que era militante de la Juventud del Partido Comunista. La segunda tarde del evento, luego de mi exposición, el chamín me invitó a almorzar. Recuerdo bien que no comí, ya que me fulminó a preguntas sobre Venezuela. Quería saberlo todo, pero en particular me preguntaba sobre el presidente Chávez. Yo le dije más o menos lo que sabía, pero en algún momento del fallido almuerzo, comenzamos a hablar de música. Se me ocurrió darle algo que me gustase y entonces saqué del morral un CD que había llevado con temas de Dermis Tatú, y él (lamento haber olvidado su nombre) me quiso dar algo a cambio.

Me pidió que lo acompañase hasta un locutorio cercano, atendido por una chica que era su novia. Sobre el mostrador donde se cobraba por el uso de los teléfonos y el internet había una caja de zapatos, forrada con papel de regalo y que estaba repleta de CD de rock argentino.

El chamo la saludó, nos presentó. Luego tomó la cajita y con la precisión de saber dónde estaba exactamente lo que buscaba, tomó dos CD y me los entregó.

El primero era una recopilación de temas de Bersuit Vergarabat y el segundo tenía temas varios de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

Me detuve en el de los redondos y exponiendo mi total ignorancia, pregunté:

—¿Son buenos? ¿Te gustan?

El pibito peló los ojos como ofendido, y de un tirón me arrancó el disco de la mano. Luego lo miró en silencio y declaró ceremonioso:

—¿Que si son buenos? Solamente te digo algo: ¡¡¡SI TOCAN EN LAS MALVINAS, LAS RECUPERAMOS!!!

 

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Yo jamás olvidé aquella emocionada declaración y la revivo cada vez que oigo un tema ricotero.

Ahora bien, la calcomanía que tenía la ilustración de OKTUBRE la pegué en el primer vehículo de mi vida, un Neón usado que compré el año 2007.

La segunda, con el rostro del Indio, la guardé dentro de una revista, porque siempre creí que iba a pegarla en un “Jeep Renegado”… si alguna vez lo compraba.

Esa calcomanía estuvo guardada 14 años, hasta que encontró nido en nuestro submarino amarillo.

Puede parecer una pendejada, pero es mi forma de homenajear al Indio Solari y a su música maravillosa y alucinante. También a ese pibito de Necochea, cuyo nombre no recuerdo, pero del que me he sentido hermanado todos estos años gracias a las canciones de Los Redondos.

Eso sé que “no lo soñé“….

 

 

 

(*) Periodista, poeta y cronista venezolano. Ganador del Premio Nacional de Periodismo “Simón Bolívar” 2015