CALLE LITERATURA | José Luis Morales

Por Carolina Elwart

 

José Luis es profesor de Lengua y Literatura, pero las letras en él fueron un gran descubrimiento. Estudiante de una escuela secundaria técnica, primero le llegaron las letras del rock y luego las obras de teatro de Casona. La profesora de Lengua pudo despertar todo lo que buscaba un cauce: la literatura.

Escribe por tener una necesidad. No  es constante en la escritura pero no abandona la lectura porque le produce un placer irreemplazable. La escritura parte de la lectura, a veces como una necesidad casi física de escupir lo que sucedió en la lectura. Se considera un lector lento. Sus lecturas tienen la veta realista de escritores como Dolina y Sacheri, pero también disfruta del fantástico hispanoamericano de Borges y Cortázar.

Este cuento forma parte de varios que pudo escribir en las consignas del Mundial de Escritura en el que estuvo participando. “No me interesa la semifinal ni la competencia, pero las consignas día a día despertaron la máquina perezosa de la escritura diaria”.

 

 

El baño de hombres

Era una noche muy fría, de un crudo invierno en el pueblo de mala muerte. No había mucho movimiento por el centro ni por la zona de bares, pero se veían algunos autos estacionados y gente caminando.

Parecía que esa noche amenazaba una nevada.

Damián entró al bar más tranquilo del pueblo. Era tranquilo porque no apostaba a que fuera mucha gente, se llenara y se atontara con música de moda y fuerte.

Se pidió una cerveza, la tomó lentamente mientras se fumaba un cigarrillo y escuchaba la banda que tocaba en vivo. Era un acústico así que hasta en eso lo acompañaba la tristeza.

Terminó la cerveza y se fue al baño.

Mientras empezaba a mear entró un tipo:

–Qué frío que hace, ¡la concha de la lora! –dijo el recién llegado mientras se iba bajando el cierre.

–Sí, está bravo –respondió secamente Damián.

–Tocan bien estos flacos, ¿los conocés?

–No, che, la verdad es que es la primera vez que los escucho, pero suenan bien. Música tranqui –dijo mientras la sacudía distraídamente.

–Yo es la segunda vez que los escucho acá. Hoy vi que tocaban y vine a escucharlos. Me gustan las canciones propias que tienen.

–¿Venís seguido acá?

–Es el único lugar en el que no me siento raro, me gusta, estoy cómodo. Puedo venir vestido como quiero y escucho la música que me gusta. No es caro y puedo estar un rato largo con una cerveza –ahora fue su turno de sacudirla.

–Tenés razón, no lo había pensado a todo eso. pero yo también me siento así como decís.

–¿Tenés un cigarrillo? Enseguida salgo a comprar, me quedé recién sin puchos.

–Sí, tomá. ¿Tenés fuego? –extendiendo su paquete.

–Sí, ¿querés? Tomá. ¿Te jode si me acompañás acá a fumar?

–No, todo bien. ¿Vos estás bien? –ambos encendieron sus cigarrillos y aspiraron el humo, profundo.

–Sí, bah, en realidad me vendría bien hablar con alguien y hoy no me podía acompañar nadie y necesitaba salir.

–Sí, yo también me sentía medio mufado, como que las cosas no se terminan de acomodar. ¿A vos qué te pasó?

–Hace dos años empecé a estudiar abogacía, medio porque me sentí obligado, en mi familia hay muchos, y porque no sabía qué mierda hacer y me pareció lo más cómodo por la misma razón: la familia. Pero ahora me estoy dando cuenta de que no me gusta nada, y no quiero pasar toda mi vida laburando en algo que no me gusta. Incluso la estoy empezando a odiar –miraba la punta del cigarrillo, buscando tal vez una respuesta ahí.

–Es un garrón la verdad. Che disculpá, no te pregunté cómo te llamás.

–Pablo me llamo. Yo tampoco me presenté. Sabés que no tengo como costumbre hablar de cosas privadas con alguien que acabo de conocer. Es muy raro esto para mí.

–Sí, la verdad que para mí también. Incluso no salgo solo nunca. Me aburro, aunque tampoco puedo decir que me divierta cuando salgo con gente. En realidad tampoco sé por qué salgo. Creo que necesito ventilar mi cabeza y en mi casa no puedo.

–¿Y a vos qué te pasa? –preguntó Pablo.

–Nada específico. Yo también empecé a estudiar hace dos años, profesorado de historia. No está mal, me gusta. Me interesa ser profesor. Pero no veo que me apasione como a alguno de mis compañeros. Podría hacer otra cosa, tal vez, y estaría bien también. Empecé a salir con una chica, linda, inteligente, me gusta, pero nada más. Y eso medio que me preocupa. ¿Seré yo el raro, sin gustos, sin pasiones?

En eso entra un flaco al baño y los mira de costado, les pone cara de extrañeza.

Ellos se miran y mientras terminan sus cigarrillos, esperan que el flaco salga de nuevo.

–Por ahí todavía no nos encontramos a nosotros mismos –dijo Pablo.

Tomó de la mano a Damián y se encerraron en silencio en el baño privado.