“Billy Elliot”, “Brassed off” y la identidad obrera

Por Mariano Dubin

 

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“Billy Elliot” y “Brassed off” hacen un díptico preciso de una de las derrotas de la clase obrera más dura (y duradera). No hablo de una derrota política sino algo más grave: el fin de una identidad obrera y la fragmentación de su destino sin síntesis ideológicas. De las derrotas, hasta las más fieras, se puede volver. De la confusión y el caos no hay vuelta atrás porque ya no se sabe dónde se comenzó, a dónde se va, dónde mierda se está.

Hay dos escenas perdurables. Una de Billy Elliot que sucede luego de una charla del padre con su hijo menor en la cama. El niño quiere ser bailarín clásico, el padre ha superado sus prejuicios y apoyará su vocación, pero no tiene dinero para lograrlo. Esa charla se da a las penumbras, en una pobre casa privada de todo, llena del carbón de las minas, donde de adorno solo hay un afiche de Karl Marx que parece mirarlos a ambos. El amor a su hijo lo quiebra. Decide hacer lo que sea necesario por su hijo. Ese quiebre tematiza el fin de un destino comunitario a la condena de un destino individual (donde un obrero, además y por si fuera necesario decirlo, corre con todo en desventaja). Un obrero, además, que comienza a ser semiocupado, desocupado, vago, nada, lo que pueda.

La escena siguiente a esa charla es patética. El padre, luego de un año de paro, de soportar no recibir salario, de soportar el hambre y la humillación, de soportar todo, decide romper y sumarse a los rompehuelgas. Irá a trabajar a la mina. La escena es magistral. Se ve que que el obrero está roto. No hay nada en él. Por motivos opuestos a los que ensayó Fritz Lang en “Metrópolis”, está vacío porque está solo. Ya no es una clase, es ahora un sujeto solo buscando el dinero. La escena finaliza en el momento en que está por entrar a la mina, luego de haber cruzado por medio de su barrio obrero, viendo a las mujeres en carpa pidiendo ayuda, a sus amigos y familiares increpándolos por traidores; luego de haber cruzado a huevazos y escupitajos el piquete de sus compañeros, en un ómnibus de la empresa, sentado junto a la peor lacra ideológica. En la puerta de la mina lo alcanza corriendo su otro hijo y le pregunta qué va a hacer. Y este obrero, que hasta entonces siempre fue fuerte, testarudo, convencido, se quiebra. Y llora como un niño. Llora como Billy Elliot, su hijo, que ya vive sin saberlo sin conciencia obrera. Lo del padre es trágico porque él sabe que se ha roto un mundo dentro de él. Se han roto decenas y siglos de historia plebeya. Y llora en los brazos de su hijo.

En “Brassed off” también se entrama una historia de la identidad obrera en la lucha minera contra las políticas neoliberales de Margaret Thatcher. También, acá, se tematiza el desplazamiento del destino comunitario a la condena de un destino individual. Hay varias escenas ejemplares pero me quedo con la siguiente. El protagonista está enamorado de una trabajadora calificada de la empresa minera que está avanzando en el cierre urgente de la mina. Para los obreros rasos, ella es alguien de la patronal y por eso no entienden que su amigo esté ligado con ella. En la escena que nombro están los mineros en el bar y uno le dice al protagonista: “Sos un carnero”. De repente, todo es silencio. Un silencio violento a punto de desmadrarse. El protagonista balbucea. Decirlo era un antes y un después. Balbucea y le pregunta: “No te escuché, ¿qué dijiste?”. Y el otro minero responde: “Que sos un tremendo hijo de puta”. Y el protagonista sonríe: “Eso está mejor”. Todavía había comunidad obrera. Por eso todos se ríen. Todavía no había triunfado la ideología de los carneros y del destino individual.

 

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