CRÓNICO | Cualquier cosa

Por Ernesto J. Navarro (*)

Dedicado a Néstor Paredes y Marisol Pérez,
mis amigos a través de los años y las distancias

 

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A finales de los años 90, trabajaba como periodista pasante en el diario El Regional del Zulia. Me gustaba mucho ese trabajo porque, la verdad, mi jefe Orángel Valera, me dejaban escribir -casi- todo lo que se me antojaba. Además, me hice de un grupo de amigos que conservo hasta hoy.

Néstor Paredes, habilidoso y creativo diseñador gráfico del diario, se volvió mi hermano desde entonces. Aún después de todos estos años, cada vez que lo encuentro en la calle, ya a varios pasos de distancia, estira su brazo izquierdo y con el dedo índice de la mano derecha se señala el ante brazo (de arriba abajo) gritando “te llevo en la sangre”.

En esa época, Néstor y yo éramos inseparables. Compartíamos, además del trabajo, el mismo gusto por el rock en español, y por hacer de espías para una amiga que huía de un novio perseguidor.

Una oportunidad, el novio en cuestión perseguía a nuestra amiga que se había ido a de fin de semana a la ciudad de Mérida. Entonces quiso seguirla. Me dijo que lo acompañara, le dije que iría si llevábamos a Néstor. Aceptó. Fuimos a su casa, y tuve que despertar a Néstor que dormía una parranda. Luego de meter dos bluyines en un morral, salimos a buscar a la novia escurridiza. Néstor y yo, pasamos todo el camino enviándole mensajes a nuestra amiga, dándole datos exactos de la ubicación y, en consecuencia, del novio perseguidor.

En resumidas cuentas, al llegar a la hermosa ciudad de Mérida, nuestra amiga ya iba camino a Barquisimeto, a 403 kilómetros de distancia.

 

***

 

De Néstor Paredes admiré muchas cosas: su genialidad para el diseño, su pasión por la guitarra eléctrica y la velocidad para responder con un chiste a cualquier requerimiento. Pero sobre todo su generosidad y consecuencia con sus amigos.

 

***

 

Por esos mismos años, la hija mayor de nuestra amiga Marisol Pérez cumplía cuatro años y ella nos invitó a la fiestecita aunque ni éramos niños ni padres. Lleguamos cerca de las 5 de la tarde, cuando apenas salíamos del periódico, aún había sol y una veintena de niños pegaba gritos y saltaba dentro de un castillo inflable.

Marisol nos invitó a pasar a la sala de su casa, mientras transcurriera la fiesta infantil. Ella, anfitriona de la fiesta entraba y salía. Atendía a sus invitados y de vez en cuando nos preguntaba cómo estábamos.

La quinta o sexta vez que entró quiso saber, creo que esperando que dijéramos que no, si queríamos beber algo. “Síiiiiiiiii”, dijimos a coro. Entonces Marisol miró a todos lados, como buscando qué ofrecer.

Se dio media vuelta y caminó hasta un mueble de madera que, en breve sabríamos, era la despensa de licores de su padre. Tomó lo primero que encontró, la levantó por encima de su cabeza y mostrándola preguntó:

—¿Les gusta esto?

Néstor no me miró, pero disimuladamente me tomó del brazo y me pellizcó para que no dijera nada.

—Sí, Mari. Traéla. Nosotros tomamos cualquier cosa.

—¿Cualquier cosa, mardito? -dije entre dientes.

—Calláte la jeta -remató Néstor.

Esa noche, alejados de la fiesta infantil, hicimos una fiesta aparte en la sala de Marisol y bebimos alegremente, cantando a Fito Páez hasta la última gota de aquella hermosa y deliciosa botella. Al terminar la fiesta yo no podía parar de reír mientras Néstor se despedía de Marisol dándole las gracias “por todo”.

 

***

 

Dos días más tarde recibí un mensaje de texto de Marisol que, entendí, era el mismo para Néstor y para mí:

“Ustedes son unos perros. Mi papá se arrechó. Ahora tienen ayudarme a pagarle la botella de etiqueta azul que le bebieron en el cumpleaños de Diorama”.

Yo sé que Néstor, aún, debe estar cagado de risa.

 

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(*) Periodista, poeta y cronista venezolano. Ganador del Premio Nacional de Periodismo “Simón Bolívar” 2015