CALLE LITERATURA | Paz Breton

Por Carolina Elwart

 

paz

Paz tiene una forma teatral de la escritura. Escucharla leer sus textos es igual de fascinante que leerla. Su formación en declamación se le nota a las tres palabras que te dice. Desenvuelta, locuaz, logra en su escritura una forma dialogal, interpelando al lector a moverse con el texto.

“Escribo porque necesito dejar una marca, porque algo de mí siempre seguirá vivo si se guarda en un papel. Escribir me hace crear. Cuando agarro un lápiz y un papel, se originan mundos y personas inimaginables. Escribo porque me permito ser quien soy”.

Con ustedes Paz Breton, otra de las escritoras que ya es presente en San Rafael.

 

 

 

La redundancia mortal

La muerte no vivía en el cementerio, ese era solo su lugar de trabajo. La muerte vivía en una casa coqueta en Palermo, esas casas llenas de cactus y llenas de mandalas y con cortinas blancas y frases positivas por todas las paredes. La muerte era una pelirroja común y corriente que salía a hacer crossfit y viajaba una vez por año al exterior. Parecía que ni la muerte sabía  que ella era la muerte. La muerte era una señora perfumada y pelirroja y producida y peligrosa. Las personas que se llevó la muerte hacia su lugar de trabajo, “el cementerio de la muerte” no eran más que personas que no le habían caído bien. Y se preguntarán: ¿la muerte es inmortal? ¿Cómo hace la muerte para llevarse a todos desde el principio de los tiempos? La muerte siempre fue una señora coqueta y con caspa y con crisis con cakes de cacao y coco pero fue evolucionando con el tiempo hasta convertirse en lo que es ahora. Sí, señor. La muerte es inmortal a no ser que se suicide al escuchar las barbaridades que usted está diciendo sobre ella, pero no va a venir ahora. Está ocupada la muerte ¿o qué se creía? ¿Qué la muerte iba a venir toda vestida versache y versátil y viendo a ver si le cae mal para llevárselo a usted? Noo, la muerte tiene cosas más importantes que hacer como para fijarse si un viejo barbudo y baboso y bizco y blando como usted le falta el respeto. Eso sí, tenga cuidado con lo que dice de la muerte porque la muerte escucha todo lo que dicen sobre ella y a la primera de cambio se lo lleva para el otro lado, como ahora. ¿Qué cómo se? Porque yo soy la muerte. –¡Lucifeeeeeer! ¡Tenemos a otro boludo!

 

 

Usted no estaba ese día

Usted no estaba ese día, ¿o sí? El día en que lo conocí. No, no. A usted no, cuando lo conocí a Él.

Me gustaría que me diga, en caso de que haya estado, cómo era. Porque es difícil recordar, ¿sabe? Y lo preciso con urgencia.

Sé que vestía remera roja y pantalones negros. Tenía el pelo recogido y desordenado, mechones rubios, cara de despreocupación. Esto último lo sé porque miré bien sus ojos, claro. Son ojos profundos, ¿sabe? Son como avellanas;  y a veces, si los mira bien, tienen rasgos verdes.

En fin, ¿podría ayudarme a recordar? Son pocos los adjetivos que quedaron en mi mente y como sabe, lo preciso. Solo sé que es muy independiente, sí. No lo conocí mucho, pero pude verificarlo al instante. Es más, vagaba solo cuando hablé con Él por primera vez. Hablamos del canto y la fotografía. Quedé impresionada con sus imágenes, tengo que admitir. Es un hombre adorable y maravilloso. Ah, también sé que le gusta la música vieja, como la que escuchaba mi papá. Y le gusta viajar, me contó ese día sobre sus planes a futuro y sus proyectos, que se iría lo antes posible. ¿Sabrá usted si ya se fue? Es que es un muchacho emprendedor, ya habrá comprendido… O era. No lo sé. Justamente por eso necesito recordarlo.

Verá, era pálido, friolento, de ojos grandes y nariz puntiaguda (me gustó mucho su nariz). Tenía una linda piel, muy suave. ¿Habrá visto usted sus manos? Eran apenas más grandes que las mías, tenía uñas cortas y dedos grandes. No llevaba pulseras ni anillos. Él era como un color. ¿Entiende? Como el color amarillo. ¿Me diría entonces si lo recuerda? Porque por alguna extraña razón yo no puedo hacerlo.

Él me dijo, ese día, que me llevaría a donde quisiera, e imaginamos riendo un futuro. Demasiado rápido, ¿no cree? Yo sí. Sin embargo acepté. Aunque agregó una condición: que debíamos, para ese futuro, seguir acompañándonos. ¡Qué locura! Comprometerme a acompañar a un hombre apenas conocido, ¿cómo puede una, en su sano juicio, aceptar semejante cosa? Comprendí que no estaba en mi sano juicio porque dije que sí y sellamos la promesa de la forma más aniñada.

Y esa fue la última vez que tuvimos contacto, con esa promesa. Estuve pensando en Él. No puedo quitar ese día de mi cabeza. Es que he querido decirle que deseo acompañarlo hasta que los días sean pesados y nos apaguemos. Por favor, me atrevo a pedirle que se abstenga de pensar en lo rápido que fuimos porque todavía deseo que seamos. Además, no sé si un mortal comprendería la ironía de sentir que acarician algo dentro de uno. Porque cuando estuve con Él, eso sentí. Se apagaron las luces, pero pude ver sus ojos cerca de los míos, la personificación del fuego se extendió por todo mi cuerpo. Por eso el tiempo no importó. ¿Ahora sí puede entender?

Es de vital importancia que me ayude a recordarlo, para poder encontrarlo y así brindarle compañía… Y decirle que no pretendo más que disfrutarnos hasta que sea hora. ¿Podría ayudarme?