Marzo: el peor mes de nuestras vidas

Por Marlon Zambrano

 

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¿Algo cambió? No sé, supongo que sí. El otro día intenté llegar a la terminal de pasajeros de donde parte el autobús que me traslada a mi hogar, y fui espantado por unos hombres embutidos en trajes blancos, disparando desde unos armatostes guindados sobre sus espaldas unos potentes chorros que iban barriendo las calles, barandas, vehículos estacionados, paredes, gentes…

Era lunes y no pasaba del mediodía cuando me tocó correr acobardado, y luego caminar por lo menos 45 minutos debajo de un sol opresivo, hasta que llegué a destino con la lengua pegada al reverso del barbijo.

No sé si es algo distinto o qué, pero ya nadie me quiere abrazar. Supongo que ha hecho mella la dolorosa recomendación del distanciamiento social, que implica el metro y medio de separación prudencial, el saludo rockero, el apache y el “codos”, y la inmensa lista de encargos para que no se nos contagie el coronavirus.

Supongo que la ciudad y sus alrededores, el mundo entero, estarán sufriendo lo indecible por no poder desplegar sus territorios habituales de socialización con un estruendoso apretón de manos, un estrujón licuado y un beso cercano al lengüetazo concupiscente y lascivo.

 

Que nadie se mueva

Marzo, pocos lo dudan, fue el peor mes de nuestras vidas. No es que algo cambió, es que todo mutó estrepitosamente, al ritmo desafiante de los contextos distópicos con los que no contaba el mejor cine de ciencia ficción: las familias en casa, higienizadas hasta el hartazgo, con los hijos embotados de tareas como nunca antes había estilado nuestro sistema educativo, armados de hábitos, asfixiados de encierro, ensayando música por catálogo, kárate con tutorial, yoga gracias al intercambio de videos por wasap.

La reposición de alimentos –porque la comida se diluye misteriosamente por los albañales de la monotonía– se transformó en una aventura homérica. Ya lo era antes, pero con mascarilla y guantes tomó el matiz de una excentricidad heroica que papá y mamá emprenden por separado, por recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Es un ir, no rozarse, ver, escoger, pagar si se puede, y de nuevo hacia atrás antes de que desaparezca la vida humana sobre la faz de la Tierra, cuando despunta la tarde, y las bestias salvajes, agazapadas o extintas, retoman el hábitat que les robó la crueldad del concreto.

 

 

La recomposición del metabolismo social, en plena cuarentena, incluye la alteración del paisaje nuestro de cada día: ya no hay juntadera en las esquinas, ni caminatas tomados de la mano por el parque, ni saludos violentos de compadres a las puertas del mercado, ni un par de birras pa’l camino.

Apenas la mirada vacía desde el borde de la máscara que nos impuso la pandemia y que rematan los vendedores ambulantes desde las aceras, o nos vende un amigo “que nos quiere mucho”, o confeccionan las doñas del barrio que se organizaron (como siempre) con sus máquinas de coser, para salirle al paso a ese destino falaz al que, casi, nos
hemos ido acostumbrando.

Nuestro nuevo confidente: las redes sociales. Interlocutoras fieles, hermanas que nos cobijan, padres que nos aconsejan, madres que nos orientan, amantes que nos dan placer, un territorio invadido hasta la descomposición por nuestros pulgares atomizados, sobre el que depositamos fe ciega.

Y decimos “amén” cuando alguien asevera que el Covid-19 se cura con tres oraciones al Padre Nuestro; que hay más muertos de los que revelan las cifras oficiales; que es un experimento chino para apropiarse definitivamente de los mercados.

O que despertará una nueva humanidad, más justa, luego de este trance.

 

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