Todos los días crean y comparten arte en La Condorera de la Villa 25

Por Mayrin Moreno Macías

 

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“El barro mezcla lo espiritual y lo terrenal. Todos los mundos conviven en el barro. Uno moldea y a la vez se moldea a sí mismo. Se esculpe. La arcilla representa  un crecimiento personal en todos los aspectos. Es una experiencia real y completa. El hombre en relación a la naturaleza aprende sobre el agua, de aire en el secado, de fuego en el cocinado. Es una experiencia hermosa, genuina”, dice Mariano Sabez mientras se acerca al lugar donde se hacen las horneadas.  “Ese horno lleva como ocho horas de fuego”, expresa.

El sol caía con todo su esplendor sobre el Rancho Cultural La Condorera. Un lugar que nace por la pura necesidad de crear y compartir el arte en la Villa 25 de Mayo y para que las personas del pueblo se acerquen y valoren la cultura que viene de otros tiempos. Está ubicado sobre la ruta, en 9 de Julio y Gobernador Ortega.  “Por eso es un lugar que desde la construcción se piensa como era antiguamente: con arcilla y arena y todo lo que nos da la misma tierra, la arcilla la sacamos de acá atrás, la arena, los palos, tratamos de que sea así, es la materia prima de casi todos nuestros talleres”.

 

 

Hace un año justo, para el solsticio de invierno, se inauguró el Rancho Cultural. Hacen talleres casi todos los días y los fines de semana voluntariados en construcción y otras actividades. Los lunes, a las 11 de la mañana, imparten guitarra para principiantes, luego a las 2 y 30 de la tarde un taller de cerámica grupal, a las 4 de la tarde un taller de dibujo y a las 6 el segundo grupo de guitarra. “También estamos trabajando bocetos con adolescentes para hacer un mural en la Villa que hable de diversidad”, dice.

Los martes a la mañana ofrecen un taller de cerámica artística, a la hora de la siesta otro de macramé y atrapasueños, y de las 4 en adelante un taller de bordado libre.

Los miércoles, guitarra a la mañana, a la siesta cerámica, luego dibujo y a las 6 guitarra.

Los jueves, macramé y atrapasueños a la siesta y los viernes tienen la jornada de bioconstrucción comunitaria. Enseñan las proporciones de las arcillas. “Hay distintos talleristas, excelentes maestros que vienen a ayudar y mucha gente que viene de voluntaria. Solo no se puede construir nada. Hay participación de la gente de la Villa, sobre todo de los pibes de la secundaria, quienes están construyendo una rampa de skate. Les hacía mucha falta un lugar que los haga potenciarse en sus capacidades, no solo vienen a hacer un dibujo por placer sino a despertar la creatividad. Eso es lo más importante que tiene La Condorera: infinitas posibilidades y muchas formas de arte para crecer”.

 

 

Técnicas ancestrales

La construcción de este espacio es natural. La forma más fluida que encontraron es la que denominan minga. “Las mingas son jornadas de mucha música, poesía, de comunión, se mezclan todos los mundos”.

condorera (12)En un recorrido por los distintos espacios, Mariano explica que la casa está llena de simbología. “Estas ventanas son nuestro calendario, la cruz andina, la chacana, que apareció en todos los telares antiguos de todas las culturas. Ahora estamos en lo más alto de ella, es el solsticio de invierno,  gira en sentido contrario de las agujas del reloj porque así se mueve el sol. Tratamos de hacer todo en armonía con el movimiento del universo”.

Las botellas incrustadas permiten que entre el sol y salgan luces de colores. Cerca del horno harán una construcción nueva. La entrada es un barril que tiene 100 años y era de una antigua bodega llamada Arizu; estaba tirado y desarmado, se lo regalaron y en La Condorera le metieron 600 tonillos y lo sellaron. “Todo un trabajo. Este es un lugar abierto, en el pueblo ya nos conocen, saben que es un lugar para compartir. También haremos un galpón para las peñas folclóricas, clases de danza. Viste que las rejas son todas recicladas, con ruedas de bici, de carreta, allá está el huerto y la futura rampa de skate, que construyen los pibes de la Villa y que esperan donaciones de cemento para terminarla…”.

 

 

Creación colectiva

Mariano cuenta que el nombre “La Condorera” es colectivo. Viene de la idea de una comunidad mapuche que hay en San Rafael, y que antiguamente llamaban al río Diamante rialmañke;  rial: refugio mañke: cóndor. “El Diamante arriba era un refugio de cóndores y ese conocimiento antiguo nos está diciendo, a través de los pájaros más grandes, que no perdamos esos saberes ancestrales: trabajar con la arcilla y cocinarla a fuego, por ejemplo. Es la idea de este proyecto. También el cóndor en la cosmovisión andina representa  todos nuestros proyectos a futuro, cuando abrimos las alas, cuando cumplimos un sueño, cuando volamos con la creatividad”, dice.

Él es muy viajero, recién llegó de Perú, donde estuvo trabajando y participando de un encuentro de ceramistas y se quedó por cuatro meses. “Quizás en un futuro habrá que montar una Condorera en otro lugar, en Cuzco queríamos hacer una. Es parte de un sueño. Apenas empiezan los años de laburo y de trabajo interno, porque es una entrega absoluta, abrir la casa y pensar que todo lo que sucede acá es transformador. Gente que nunca había tocado la arcilla en su vida y de repente empiezan a modelar su propio vaso, su mate, su olla, es increíble. Y saber que pueden levantar desde un cacharrito hasta una casa. Todo lo que quieran”, dice, y señala un “asiento terapéutico”, que sirve para estar frente al fogón y estirar la columna gracias a los respaldos.

En La Condorera se valora el trabajo con las manos y con el cuerpo. Mariano sostiene que el arte ayuda a la salud. “Nos hace íntegros. Es una memoria que estamos recuperando y pareciera que de amasar nomás la arcilla, ya nos está diciendo cómo se hacía; el conocimiento está realmente en la tierra. Nos conocemos en el material al amasarlo, al cambiarle la forma, al hidratarlo, nos va mostrando cosas. En un manual vas a encontrar cómo construir una casa de barro, pero colectivamente y charlando entre amigos te das cuenta de que hay otras formas y la más natural posible.  Despertar la memoria antigua de cada uno hacerse su casa. Antes era así, los vecinos iban a ayudar a quien recién se compraba una tierra, a los recién casados. Este lugar nos enseña a que estamos abiertos a compartir y reflejarnos en el otro…”.

 

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