La perfección de Nadia

Por Reinaldo González

 

En una sociedad perfecta, o que aspire la perfección, la educación debe incorporar la música, para elevar el alma; y la gimnasia, para fortalecer el cuerpo. Al menos eso sugería Platón, en sentido figurado, para el adiestramiento de los guerreros de la República, que debía ser dirigida por los filósofos por su capacidad para trascender la sensibilidad y acceder a las ideas, como primer paso para asirse del conocimiento y comprender la realidad.

También recomendaba el filósofo griego, en su búsqueda de la perfección, expulsar a los poetas de la polis, en tanto imitadores de las formas sensibles y, por consiguiente, engañadores de oficio. Una adaptación moderna de este planteamiento recae, no con poca razón, sobre los periodistas. Quizás hoy habría que desterrar, en simultáneo, a poetas y periodistas y, así, seguir discutiendo boberías de forma indefinida, como si no hubiera que salir “primerísimamente” de los corruptos de cuello blanco y otros colores, por ejemplo, que pudren todo lo que tocan, sean abogados, ingenieros, médicos, militares, poetas o periodistas.

¿Y qué sería una sociedad perfecta? ¿Perfecta para quién? ¿Lo que es perfecto hoy, puede serlo mañana? ¿Hay algo perfecto en sí mismo? Cuando se alcanza lo perfecto, ¿sigue siendo perfecto? Para los cristianos, la perfección está en Dios y toda su obra. Para marxistas y anarquistas, en la sociedad sin clases y, por tanto, sin Estado, más allá del debate sobra la transición. Para los agnósticos, en un escepticismo, más parecido a la indiferencia, sobre la existencia de Dios. ¿Es tan importante resolver eso? Y para los jueces de gimnasia artística de Montreal 76, en los movimientos imposibles de Nadia Comaneci. Veinte segundos de destreza y armonía sobre las barras asimétricas. Moldeos, balanceos, giros hacia atrás y gigantes sin un asomo de vacilación. Entró al aparato como niña y salió como gaviota.

“Escuché el ruido en el estadio, miré a mi alrededor y vi el marcador. Primero estaba el 073, que era mi número de competidora, y el puntaje de 1.00 justo abajo”.

Los marcadores no estaban preparados para la perfección. Solo tenían tres campos para un máximo de 9.95. El 1.00 era, en realidad, 10.00, el primero en la historia de los Juegos Olímpicos. Nadia no era consciente de lo que recién lograba. Apenas tenía 14 años y lucía de 14 años aquel 18 de julio.

No fue distinto en su segunda ejecución perfecta, ni en la tercera… Siete 10 perfectos entre las barras asimétricas y la barra de equilibrio, que se transformaron en tres medallas de oro, una de plata y una de bronce para Rumania. Nadia, con su metro cuarenta y cinco y sus 40 kilos, se convertía en la primera guerrera de la República, una guerrera que Platón jamás imaginó.