CUENTO | Vestidos de libertad

Por Camilo F. Cacho

 

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Tapa de la revista Caras y Caretas N° 2.363

Agobiada por la prisa y oculta bajo un pesado atuendo, María Calixta se dirige hacia la casa de la familia real, entre un asfixiante aroma de naranjos y limoneros.

Doña Julieta, una de las sobrinas del Virrey que entiende de moda y costura, podrá salvarla.

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Corre el año 1816 en las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Un grupo de delegados políticos son citados para asistir a un Congreso en San Miguel de Tucumán.

El diputado Juan Martín de Pueyrredón invita a su esposa Doña María Calixta Tellechea, una joven noble, hija de un vasco godo.

El matrimonio, sale dos meses antes desde Buenos Aires en una sopanda construida para la ocasión. Tienen que parar en treinta y seis postas ubicadas entre Buenos Aires y Tucumán.

María Calixta intuye que algo importante sucederá al llegar a destino.

Sin embargo desde hace tiempo se siente aprisionada en un mundo formal y acartonado, rodeada de personajes que parecen piezas de museo.

La sopanda va cargada con las pertenencias del matrimonio y una valija llena de vestidos. María Calixta tendrá tiempo de elegir cuál se pondrá para asistir al congreso.

Los días transcurren entre campos interminables y lodazales producidos por las lluvias. Los viajeros están exhaustos y a la vez atentos, porque el sopandero les advirtió sobre posibles ataques de malones de indios.

Al llegar a la posta del Portezuelo el carruaje se detiene. Una anciana  vestida con harapos los atraviesa y levanta los brazos en actitud de plegaria. Enseguida María Calixta se compadece de ella. Busca detrás de la sopanda, abre el valijón con los vestidos y saca uno azul que le mandaron desde Francia. Baja y cubre a la mujer ante los ojos asombrados de todos. Luego descansan en un rancho de adobe con techo de paja y continúan.

Otro día, atraviesan  la posta de Vizara y se encuentran con un grupo de indios en actitud belicosa que rodean el carruaje. Rápidamente comienzan a negociar y María Calixta no duda en entregarle al cacique el vestido turquesa recibido desde Inglaterra. Los nativos despejan el camino y el carruaje continúa la marcha.

Llevan más de un mes y medio viajando. Los caballos están tan agobiados como el ánimo de los transportados, pero no pueden rendirse. Pueyrredón y la joven esposa tienen una misión y deben cumplirla.

Llegados a la posta de Los Miranda, un par de niños con las privaciones de la soledad del campo marcadas en el cuerpo salen a recibirlos. María Calixta siente como si todos los desamparados del mundo la mirasen. Vuelve a la sopanda, abre la valija y toma el vestido bordado con piedras preciosas, es el más costoso y el único que le queda. Se los entrega y piensa que con la venta de ese vestido ellos podrán comprar todo lo que no recibieron en su vida entera.

Cuando el matrimonio Pueyrredón llega a San Miguel de Tucumán, María Calixta se encuentra “con lo puesto”, faltando unos pocos días para la sesión en el congreso.

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–Entiendo Doña María Calixta lo que me dice, pero sepa usted que hay mucho trabajo atrasado y tengo otros vestidos antes que el suyo. Pero sea paciente, veré lo que puedo hacer con la ayuda de mis sirvientas.

La sobrina del Virrey junto a tres criadas pasan la noche en vela. Las sirvientas ponen tanto miriñaque y complementos en el vestido que al darlo vuelta para terminar de armarlo parece una jaula en la que entraría el pueblo entero.

–Seguro lo querrá color rojigualdo, en honor a la corona de España y a la memoria de su padre Doña María Calixta. Afirma Doña Julieta

–…

 

Es martes nueve de julio. Los congresales llegan temprano a la reunión.

María Calixta se sorprende al comprobar que es la única mujer presente. Esto la hace sentirse ajena.  Piensa que hay algo en aquel lugar que falta y a la vez sobra. Además, desde que salió de la casa real empezó a padecer desde adentro del vestido unos pinchazos que no la dejan respirar.

Los congresales comienzan con un arduo trabajo.

María Calixta se ubica en el costado del salón. Siente como picotones que le recorren todo el cuerpo. Supone, que en el apuro, Doña Julieta dejó olvidado alfileres o alambres mal puestos.

Las voces de los congresales retumban por todos lados.

María Calixta cree que se va a desmayar.

Luego de un rato, corre hacia la puerta de entrada. Embargada por una extraña incomodidad escucha la voz firme de Juan José Paso que pregunta:

–¿Quieren que las provincias de la unión sean independientes de los reyes de España?

Al salir, María Calixta comprueba que se comienza a respirar un aire nuevo.

Con un impulso inevitable se rasga con todas las fuerzas el vestido rojo y amarillo, del que brotan una decena de palomas que vuelan libres hacia un cielo celeste y blanco.

 

 

(#) Medio de transporte tirado por una yunta de caballos propio de las clases adineradas del siglo XIX