DE NORTE A SUR | Jesús Betancourt

Por Yurimia Boscán

 

Jesús Betancourt nace en Caracas en febrero de 1983, exactamente 20 años después que yo, por lo que comparte conmigo el signo (Acuario) y el último número del año de su nacimiento. Se crio en Los Teques y es justamente de ese pueblito medio feo –pero con un encanto especial para quienes crecimos en él– donde tiene su arraigo y su sentido de pertenencia.

Es contador público con experiencia en Auditoría Interna, es el papá de Marcela, ama tocar guitarra y lo derrite la buena música (el jazz, el soul, Bob Dylan y muchos otros volados). Jesús tiene alma de hippie (aunque sea un gran profesional) y vive aferrado a la necesaria búsqueda de las verdades esenciales de vivir y morir. En medio de todo esto, se mudó hace unos años a Boston, desde donde me envía su “Credo”. Creo que se está haciendo cada día más fuerte, más lector, más escritor, más músico y mejor ser humano.

 

10. Jesús Betancourt

 

 

Credo

Creo en la paradoja de la vida, en las ambigüedades de mis supuestas convicciones que me halan por cada una de mis cuatro extremidades.

Creo en Jesús, el carpintero de Nazaret, en el Dios teosófico de Gandhi, en el terrible nihilismo de Emil Cioran y en Jean-Paul Sartre.

Creo en aprender a vivir, pero más importante aún, en aprender a morir.

Creo en la sabiduría antigua de los romanos cuyo río milenario desemboca en las frases latinas Amor Fati (Ama tu destino) y Memento Mori (Recuerda que morirás) dichos capitales de mi vida.

Creo en los laberintos interminables de Jorge Luis Borges y en su jardín de senderos que se bifurcan.

Creo en la seca intensidad de Ernesto Sábato, maestro longevo e incansable. Cada día siento su presencia, su consejo y su consuelo ante lo monstruosa que puede ser la vida.

Creo en el cuervo parlante de Edgar Allan Poe, y en sus mujeres muertas que me hablan desde reinos lejanos más allá del mar.

Creo que los recuerdos no pocas veces nos ayudan a vivir:

Recordar un árbol o a un perro, muchas veces es suficiente para seguir.

Creo en la bondad cotidiana y en las palabras de aliento.

Creo que la fe, si ha de ser, debe ser primigenia y analfabeta, porque la Teología aburre y empalaga hasta los tuétanos. La fe es una decisión, no una certeza.

Creo en las cuatro maravillas que vio el profeta Elías en Horeb y en su carruaje mágico, y en las lágrimas de Jeremías, cuando advirtió la destrucción de Jerusalén.

Creo que esa abstracción que es la humanidad nunca progresa, tan solo progresan las almas individuales que son aquellas que realmente existen, pero la humanidad y su historia son cíclicas.

Creo en la escala pentatónica y en el blues, tan sencillo y tan profundo.

Creo en la sal y la pimienta; es decir, en Joaquín Sabina y Fito Páez que, por antonomasia, encarnan la unión del poeta y el músico.

Creo en la melena de Bob Marley y en su canción de libertad.

Creo en la calavera como símbolo de nuestra finitud.

Creo en la locura de engendrar hijos en este mundo horrible y en estar presente en sus vidas para verlos crecer, reír y llorar.