Escolarizar el tema de “la muerte” permitiría promover el valor de “la vida”

Por María Teresa Canelones Fernández

 

diamuertos

 

Así como la biología, la historia y las matemáticas son asignaturas obligatorias en los diferentes pénsums de estudio, el tema de “la muerte” debería ser incluido también como una materia dentro de los planes educativos, que van desde la etapa preescolar hasta la universitaria. El objetivo sería promover el valor de “la vida” rompiendo tabúes, cuestionando lo aprendido, reinventando conceptos y creando nuevas formas pedagógicas estimulantes que permitan ver a “la muerte” como un sano recordatorio para aprovechar el tiempo en el planeta.

Si las personas interiorizan “la muerte”, no desde el temor, sino como un proceso natural de “la vida”, las próximas generaciones tendrán más consciencia sobre la importancia de sus decisiones y acciones durante su ciclo vital. Si la escuela y la familia trascienden los conceptos científicos y religiosos para comunicar y contar “la vida”, narrándola entonces como un viaje motivador en el que cada integrante y alumno de manera seria y responsable comience a elaborar el proyecto de vida que desearía desarrollar y materializar en consonancia y respeto con su entorno, se lograría plantearla como un juego creativo, como una experiencia lúdica y ecológica, y no exclusivamente como un juego de poder político, económico y social.

No se trata de debatir sobre “la muerte” –en las aulas de clases– desde posturas religiosas y filosóficas, sino de convertirla en una aliada académica en la que más que una temática reverencial, sea una excusa para que la educación replantee la existencia como una oportunidad para construir, idear y hacer factibles propuestas desde la instrucción formal e informal, que contribuyan a mejorar la calidad de vida, fortalezcan la salud mental y garanticen que todo lo creado sea para conservar “la vida” y su diversidad.

 

Tabués antaños

“La muerte” y “el sexo” aún son tabúes. “La muerte” es pavosa y “el sexo” es pecado. “La muerte” ha sido convertida en un prejuicio asociado a la neurosis, a la psicosis, al miedo, a la angustia, al dolor, al sufrimiento, a la culpa, a la oscuridad, al infierno y a la enfermedad, así como también a la crónica roja de los periódicos. El tema de la muerte ha sido censurado, obviado y sobreentendido por ser algo lógico y evidente, aunque su concepción luminosa y esperanzadora también sigue siendo preservada por creyentes de diferentes cultos, al nombrarla como el paraíso, la luz, la liberación, la paz, el encuentro, la transformación, el viaje, el comienzo y la reencarnación.

Juan Canelones, docente venezolano, recuerda que el tema de “la muerte” históricamente se ha venido incluyendo en los pénsums académicos a través de las ciencias biológicas, en cuanto a la enseñanza del ciclo de vida, que consta de nacer, crecer, reproducirse y morir, pero cree necesario trascender estos conceptos por unos nuevos donde se motive al aprovechamiento de “la vida”. “Podría proponerse que “la muerte” se convierta en el tema que promueva el valor de “la vida”, para que esta sea asumida de una manera mucho más alegre y conveniente”.

Destacó que este planteamiento sería sensato abordarlo también desde la escatología, poniendo como referencia a Jesús de Nazaret, a través del cristianismo, porque considera que venció “la muerte”. “La mayoría está manipulada y chantajeada sobre el tema de ‘la muerte’ porque el mundo en el que vivimos promociona el hedonismo y el placer con intereses comerciales, sin embargo, con mucha espiritualidad y con mucha información sana, veo acertada esta propuesta”.

 

La visión indígena

Por su parte, la educadora Gisela Zambrano considera que la visión milenaria y elevada que tienen las culturas indígenas sobre “la muerte” debería incluirse en los pénsums de estudio desde la etapa inicial, debido a que su forma de entenderla, además de ser afín, es holística, sabia, profunda y liberadora. Cree además que es necesario desprenderse del temor y la manipulación de las corrientes religiosas, para así escudriñar desde muy temprana edad en la espiritualidad del niño, de la niña, del adolescente, y de esta manera lograr una visión aproximada o exacta de su valoración por la vida.

“Debe darse un vuelco a los pénsums de estudio con el fin de preparar generaciones para ‘la vida’, con conocimientos que nos sirvan para conocernos a nosotros mismos y a los seres con los que convivimos. Valdría la pena estar conscientes de quiénes somos, cómo funcionamos, de saber sobre la energía de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos y emociones porque influyen en la salud de todos, así como en la salud del planeta. De esta manera viviremos a plenitud, y esa plenitud también forma parte del poder visualizar el momento de nuestra partida, y así valorar mucho más el recorrido de la vida”, explicó la educadora.

Incluir en los pénsums de estudio materias que tengan que ver con la humanidad y su proceso integral e integrador, es otra de las propuestas de Zambrano, porque asegura que se formarían seres humanos desde una óptica positiva y congruente con su misión de vida. “Es necesario el estudio de las matemáticas, la física, geografía, la historia, pero desde siempre ha estado desconectado con lo que somos, así que podríamos, además de agregar otras asignaturas, conseguir que a las existentes se les dé un sentido de aplicabilidad mucho más concreto y aterrizado con lo que somos, seres mortales en permanente transformación de energía y poseedores de una esencia esperanzadora y alegre que celebra cada momento ‘la vida’, incluyendo la muerte”.

“Se han venido enseñando materias que a la larga son inútiles en su aplicación para la vida. Podría ser más útil estudiar materias para conocer cómo funciona nuestro organismo, cómo se comporta la energía dentro de él y cómo podemos aprender de ella para emplearla como método de tratamiento, diagnóstico y curación; poder tener la idea clara de quiénes somos, porque a veces una mujer se muere y no sabe dónde queda su clítoris, o un hombre se muere y no sabe cómo funciona y cómo debe cuidar su próstata. La sexualidad es lo que mueve el mundo, pero no estamos conscientes de ella por los tabúes. La sexualidad no solo gira a nuestro alrededor como seres humanos, sino también de las plantas y los animales”, refirió la especialista.

 

Múltiples visiones para la educación

La ciencia define “la muerte” como deceso, defunción, fallecimiento, finamiento, óbito, expiración, perecimiento, fenecimiento, cesación. “Efecto terminal que resulta de la extinción del proceso homeostático en un ser vivo, y con ello el fin de la vida”. Entonces, más allá de las distintas definiciones sobre “la muerte”, interesan las diversas definiciones sobre “la vida”, que puedan aparecer en un pénsum de estudio, el cual permita explicarla desde concepciones más humanistas, creativas, lúdicas y reflexivas. Sería como trasladar una cátedra de arte a una de álgebra, química o geografía.

Al repensar la educación con el fin de promover el valor de “la vida” (sin castrarla ni ensuciarla con fanatismos políticos y religiosos), se estaría logrando evaluar la influencia de la diversidad en el comportamiento humano desde una óptica inédita en los diferentes ámbitos, tales como la genética, y en ella sus factores determinantes: en lo mental, emocional e intelectual, así como sus repercusiones en los modos de ser, de actuar, de sentir, en las creencias y en las maneras de ver el mundo.

Escolarizar el tema de “la muerte” podría contribuir a la preparación intelectual, emocional y espiritual para “la vida”. Así como también a reinventar, transformar y evolucionar en nuestra memoria ancestral desde el respeto y la tolerancia con lo que se ha dicho de ella hasta la fecha. Podría modificar gradualmente los patrones sociales y culturales en el mundo, e incorporar nuevas miradas y maneras de comprender este proceso. De igual forma, podrían modificarse patrones de salud, relacionados a una alimentación saludable y una distinta inclinación a lo místico.

 

Todo se transforma

Como terapeuta en bioenergética y formadora en la Escuela Comunitaria para la Vida, ubicada en Biscucuy, estado Portuguesa, Zambrano explicó que “desde el momento de la concepción estamos muriendo. Esa es la paradoja de ‘la vida’, es el yin y el yang, es la Ley del Tao, porque no puede haber vida sin la presencia de la muerte, y viceversa. Este es el equilibrio perfecto, aunque seamos ajenos a él durante toda la vida. Desde el momento de la concepción comenzamos a ser parte de un mundo que permanentemente se está regenerando celularmente, pero que también está muriendo. La vida es realmente un pequeño, corto, mediano y largo caminar hacia la muerte. Morimos día a día, a cada hora, nuestras células mueren y se regeneran y vuelve a salir cada ser, un nuevo hígado, un nuevo riñón, y así, es un proceso energético que debe ser cuidado y llevado a la optimización de esa vida que en permanente secuencia y renovación está muriendo, hasta que llega el paso definitivo”.

Recordó la terapeuta que la primera ley de la termodinámica dice que la energía no se crea ni se destruye, sino que se transforma: “Ese es uno de los mejores conceptos que conozco de la eternidad, porque si somos energía, somos creados para la eternidad, es algo hermoso y profundo lo que somos en esencia una vez que abandonamos el cuerpo físico. Entonces deberíamos estudiar más a profundidad lo que somos como energía, esa esencia que va más allá de órganos, de tejidos, de células, de fluidos y de materia, porque nos tendría ocupados en aprender cómo funcionamos y cómo es nuestra fisiología, cómo es nuestra anatomía, desde una visión de todo el ser y de todos los cuerpos que implican un ser humano”.

Agregó que, “sabiendo cómo funciona nuestro organismo, aprenderemos cómo cuidarlo, qué deberíamos comer y cómo relacionarnos con las energías climatológicas de ese proceso homeostático de adaptación y de relación con otros elementos, y seres existentes. Además tendríamos la capacidad de saber cómo nuestra energía espiritual, mental, afectiva, biofísica y bioquímica nos afecta y relaciona, lo que permitirá cuidarla porque de esa energía dependerá conservar o destruir el vínculo con todo lo habitado en el planeta, así como también nos permitiría tener una consciencia más profunda de lo que significa morir”.

“Si todos llegamos a ver a ‘la muerte’ como un paso superior y como un estadio mucho más elevado, entonces quizás pudiéramos tener la capacidad de celebrarla y de prepararnos para esa celebración, como todo cambio. No se trata de banalizarla porque es un paso doloroso, puesto que la incertidumbre nos lleva a temer, pero el conocimiento de quiénes somos y de cómo funcionamos nos puede dar la certeza de celebrar ese momento y de prepararnos de mejor manera. Parafraseando a Jesús de Nazaret, ‘si el grano no muere, si la semilla no muere, la vida no germina’”, concluyó.

 

Un acto de fe

El periodista Iván Pérez afirma que “la vida es una creencia, un acto de fe, pero la muerte también lo es, con la diferencia de que no nos educan para entenderla, sino por el contrario la estigmatizan al punto de crear miedo, huida y rechazo. La muerte, considerada desde un ángulo ameno, es la conclusión de todo acto. Por ejemplo, en el teatro y en el cine se expone una obra, se desarrolla, aflora el conflicto y remata con la conclusión o el final, es decir, la muerte. Pero inmediatamente emergerá otra vida, que es la obra, a partir de la creación de alguien que seguirá indivisiblemente el mismo ritual como una especie de rueda o misión circular. Umberto Eco llegó a exponer que nada concluye porque la historia es circular, los fragmentos y las cosas se unen a otras para dar savia a una nueva vida. Esto significa que aún cuando ‘la muerte’ es una etapa de ‘la vida’, la expiración es a su vez un subsistir en la prolongación de la existencia”.

“Hacer el amor supone un compromiso donde se involucran sentimientos, ideas, declaraciones e imaginaciones, y supone a su término un gasto espiritual que sobreviene luego del orgasmo. De allí, según los estudiosos de esta materia, que surja la melancolía, la creatividad y la trascendencia como resultado del esfuerzo que empezó con vida y terminó con la muerte, entendiendo este acto en términos científicos y hasta poéticos”, dijo el comunicador, al mismo tiempo que se refirió a religiosos y científicos como Elisabeth Kübler Ross, Emanuel Swedenborg, Edgar Cayce y Helena Blavatsky, quienes coincidieron en que la muerte debe ser estudiada, hacerla parte de nuestros hábitos y recibirla como una partícula elemental de la trascendencia humana. Así como se educa para la vida: “Es factible educar para la muerte, entendiéndola como parte inseparable del ser que nos compone en esa bella trilogía: mente, espíritu y cuerpo”.

Promoviendo el valor de “la vida” a través de los distintos diseños curriculares, podrían descubrirse nuevas formas de narrar el mundo por medio de la educación, es decir, no habría nada concluyente o determinante en la enseñanza. Sería como contar una historia donde se concatenen diferentes hechos, teorías o supuestos, y donde la duda y el cuestionar sean factores constantes de flexibilización que sumarían y enriquecerían lo patentado.

Por otra parte, al naturalizar “la muerte”, de manera consciente, podrían dejar de naturalizarse las diferentes caras de la violencia y sus derivados, como las guerras, los asesinatos, el sicariato, la violencia de género, la libertad sexual de la mujer, la depresión y el suicidio. Podría lograrse que la familia y la religión dejen de contarla desde el drama, la manipulación y la dominación, así como de ser vendida por los medios de comunicación como un espectáculo. También podría lograrse que las futuras generaciones vean el dinero como un sistema de control económico y de intercambio para satisfacer necesidades básicas educativas y recreativas, y no como un “dios” monopolizador de sus vidas.

 

Comentario final

Escolarizar el tema de “la muerte” sería desmontar –citando a Erich Fromm– “el afán de lucro, fama y poder en el que la sociedad industrial occidental ha convertido el problema dominante de la vida”. Asimismo, habría más proactividad y emprendimientos, disminuiría el ocio insano e irresponsable, y los conceptos de competencia estarían orientados al aporte y no a la exclusión, la disminución, la maledicencia, el narcisismo y las ansias de protagonismo.

Promoviendo el valor de “la vida” podrían lograrse mejores seres humanos. Personas más comprometidas, más respetuosas y abiertas a los diferentes pensamientos, creencias, posturas y comportamientos sociales y culturales. Podría lograrse que las futuras generaciones cuestionen las ideologías políticas, religiosas y trabajen en pro de una transformación y evolución de los patrones educativos implementados hasta la fecha. Podría lograrse una generación más humana, es decir, más consciente de lo que crea en lo científico, de lo que dictamina en las leyes que escribe, de lo que dice, promueve y profesa, así como también hacerse más consciente en la utilización de sus dones y talentos.

Promover el valor de “la vida” podría desencadenar la creatividad en el ser humano, se encararía a la estupidez producto del exorbitante consumo material y de información basura en los medios de comunicación y las redes sociales, logrando personas con valores, más sensibles y críticas. Esto no es una utopía, solo se trata de modificar patrones mentales, sociales y culturales a través de la educación en todos sus escenarios.

Santa Teresa de Jesús decía que había que entretener a “la loca de la casa”, refiriéndose a “la mente”, así que al hacernos conscientes de que “la vida” es un viaje que caducará para poder trascender, entonces la educación y la familia estarán abiertas desde la alegría a contribuir y formar generaciones despiertas y ecológicas, que aprovechen la vida, como decía Walt Whitman en su poema “Carpe Diem”.