La desvergüenza de Nixon

Por Reinaldo González

 

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Decepcioné a mis amigos, decepcioné al país. Desilusioné nuestro sistema de gobierno
y los sueños de todos esos jóvenes que querían formar parte de él,
pero que piensan que todo está demasiado corrupto (…)
Tengo que llevar esa carga por el resto de mi vida.
Mi carrera política está acabada

Richard Nixon en entrevista con David Frost (1977)

 

Una puerta mal cerrada. Un vigilante que se dio cuenta. Cinco hombres de traje atrapados con los guantes en la masa. Lo que iba a pasar a la historia como un simple intento de robo a la sede del Partido Demócrata durante la noche del 17 de junio de 1970, pronto se convirtió en el escándalo de Watergate, cuando comenzaron a develarse los vínculos de los intrusos con la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y la Casa Blanca.

El 23 de junio de 1962, apenas seis días después del suceso, el presidente Richard Nixon comenzó a mover sus influencias, que no eran pocas, para tapar su responsabilidad. Venía de ser vicepresidente entre 1953 y 1961, durante el mandato del republicano Dwight D. Eisenhower, además de miembro de la Cámara de Representantes (1947-1950) y senador por California (1950-1953). No se llega a ser “el presidente de los Estados Unidos de América” —como suelen decir en sus películas— sin ensuciarse las manos.

Lo asombroso no es que Tricky Dicky —Ricardito el Tramposo en castellano, así bautizado por su principal rival en la contienda interna por un escaño en el senado, Helen Douglas— ordenara acosar a opositores políticos y a funcionarios sospechosos de traición, “comunistas” en su prejuiciosa y maniquea mente de Guerra Fría; que tuviera en sus oficinas un sistema de grabación en el que escuchaba, mientras bebía whisky, lo que aquellos conversaban; o que el dinero para financiar estas actividades saliera del Comité para su reelección, que logró en 1972 tras derrotar a George McGovern, en una de las victorias electorales más contundentes de la historia estadounidense. Tampoco la “obstrucción de la justicia”, cargo que comenzaba a sonar para un inminente juicio político, cuya tibieza solo se explica por la investidura presidencial amenazada. Matizadas por latitudes, avances tecnológicos y filiaciones ideológicas, son todas conductas que han caracterizado a quienes llegan al poder para abusar de él.

Lo asombroso es que la investigación de dos periodistas insignificantes, Bob Woodward y Carl Bernstein, ayudados por un misterioso hombre que se camuflaba entre el humo de cigarrillo, la oscuridad de un estacionamiento y el mote de “Garganta Profunda” —en 2005 se sabría su identidad: el agente del FBI William Mark Felt— culminara con la renuncia de un presidente más conocido por su carácter furibundo y su desvergüenza que por su solvencia moral. Un final tan feliz que parece de Hollywood, no de la política real.

 

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