CRÓNICO | El novio de mi tía

Por Ernesto J. Navarro (*)

 

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Carmen, que aún no era mi mamá, tenía 20, y Ana, que más tarde será mi tía, 18 y piquito. Después de juntar dinero unas dos semanas para salir a fiestar, pagaron un “carrito por puesto” que las llevó desde Lagunillas hasta Ciudad Ojeda.

Había tres sitios posibles. Descartaron el “Gigi-Bar” y “La Gaviota”, discotecas que funcionaban estratégicamente al lado de los cines Canaima e Iris, respectivamente, y  se decidieron por el “Lago Bar”, la ‘barra-discoteque’ de moda ubicada en Tamare, al ladito de Ciudad Ojeda y a orillas de la carretera Intercomunal.

Desde temprano se arreglaron para salir. Se lavaron, secaron y peinaron los cabellos, se maquillaron una a la otra y escogieron los vestidos que se pondrían.

 

***

 

Germán, el papá de ambas, se asomaba a la habitación viendo los preparativos y solo se animó a recordarles:

–Ustedes ya están grandes y saben cómo es la vaina ¡Mucho cuida’o una con la otra!!!

Esa frase resumía, como un “check list”, las lecciones aprendidas en casa. Cuando Germán notaba que alguno de los hijos (hombre o mujer) tenía curiosidad por el alcohol, los hacía pasar por un ‘training’ familiar. Compraba cervezas, ron y whisky y se sentaba a beber con los hijos “pa’ que aprendan aquí”:

 

–No deje el trago que está tomando en la barra mientras va al baño.

–No tome nada que usted no haya pedido.

–No vaya sola. Acompáñese de gente de su confianza, que no vayan a dejarla ‘porai’.

–Coma antes de beber.

–Beba lo que usted sabe. No se ponga a inventar.

–Y si pasa algo, pegue un grito para sepan que algo está pasando. Defiéndase con lo que encuentre.

 

“Lo más importante. Cuando uno se siente sabrosón, los tragos que vienen son los que te dejan inconsciente”, enseñaba Germán. “¡Aprendan a beber en la casa, para que no vayan a joderlas en la calle! Aquí nunca les va a pasar nada, pero en la calle es otra historia”.

 

***

 

Carmen y Ana entraron al Lago Bar. El arcoíris de luces y la música estridente las descolocaron. Aunque fue Carmen quien se sintió encandilada mientras un mesonero las guió de la entrada a la barra.

Justo al sentarse, Ana pidió dos cervezas y Carmen seguía tratando de enfocar el entorno. Las sirvieron, chocaron los vasos a la salud de ambas y rieron de simple alegría.

Con la segunda cerveza, Ana notó algo que de inmediato le comunicó a la hermana mayor casi a los gritos, para que su voz no se perdiera entre los decibeles de la música:

–Carmen, ¿viste a ese tipo? –señaló con la boca- desde que llegamos no deja de mirarme…

–¡Ah verga, Ana! –respondió Carmen-, dejá la vaina que acabamos de llegar.

 

Pero Ana estaba inquieta por la persistente mirada que le dio la bienvenida al Lago Bar. Volteó un par de veces hacia el final de la barra, atraída por esos ojos que se clavaron en ella.

Ella hizo su jugada. Volvió a pintarse los labios lentamente, se batió el cabello largo y castaño, y se enderezó en la silla cambiando el cruce de sus piernas. De vez en cuando, también dirigía sus ojos a él y le sostenía la mirada unos segundos, antes de voltear a otro lado.

Las hermanas pidieron la tercera ronda de cervezas, hablaban de cualquier cosa, pero Ana sentía que esa mirada eléctrica le taladraba el cuello.

–Vos no me creéis, pero si te fijaras te darías cuenta que los ojos de ese hombre, brillan.

Carmen le pedía que no le hiciera caso. “Quizá esté borracho, Ana”.

–Manita, pero, decíme una cosa ¿vos ya lo viste?, –repreguntó Ana a una Carmen que seguía sin darle importancia.

Ana se giró en la silla y clavó sus ojazos negros en el hombre solitario que estaba al final de la barra, entonces, en un arrebato de adrenalina se decidió. “Pidamos otra cerveza, Carmen. Si la terminamos y él no se acerca, voy yo a preguntarle qué es la miradera que tiene”.

Antes de que el mesonero trajera la cuarta ronda de cervezas, las luces blancas se encendieron, todo fue nítido como en un estadio de béisbol. Y descubrieron la identidad de aquel hombre misterioso…

Era un afiche de Demis Roussos pegado en una pared, al final de la barra.

Ambas se miraron y se cagaron de risa. Desde entonces, todos en la familia hemos sabido que Demis Roussos es nuestro tío.

 

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(*) Periodista, poeta y cronista venezolano. Ganador del Premio Nacional de Periodismo “Simón Bolívar” 2015