Mónica Montenegro: “Las infancias nutridas de palabras escuchan las voces del tiempo”

Por Mayrin Moreno Macías

 

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Si hay algo en este plano que uno no olvida es al profe de Lengua y Literatura. Se inmortaliza con cariño: esa voz meliflua, la sonrisa, las hábiles palabras. Su tarea es esencial. Su memoria filosa. También se podría recordar al profe de Teatro, de Matemáticas o de Geografía, pero esa es otra historia. En esta, la literatura se eleva y Mónica Montenegro revela algunos momentos…

“He vivido experiencias con jóvenes que nunca habían pasado por ese estado de contemplación propio del arte, por ejemplo, estar leyendo un cuento de Poe y que un alumno se pare y me arrebate el libro para saber si de ahí salía esa maravilla que estaba sintiendo; o el abrazo silencioso y agradecido de un joven del público perplejo después de ver la adaptación a teatro de la novela de (Liliana) Bodoc ‘Elisa la rosa inesperada’ en el espacio Le Parc, con chiques del Polivalente. ‘Nunca estuve en un momento así, nunca me sentí así’, me dijeron. ¿Qué momento, qué emoción?, me pregunto. Un momento de arte, atravesado amorosamente por una trama de imaginaciones, sin otro fin que conectar con la parte de nosotres susceptible de belleza y fraternidad”, dice.

Sus palabras se ensanchan y comenta que para eso la gente se junta y hace unos meses el viento amontonó hojas que hoy llaman El Ceibo, colectivo cultural, del que ella forma parte. “Nos juntamos para que estos hechos artísticos sean ricos y más frecuentes, desde distintas disciplinas, tal como se nos manifiesta la literatura, que no diferencia saberes, sino que los abarca a todos”.

–A fines del año pasado se anunció el relanzamiento del Plan Nacional de Lectura…

–Me gusta la palabra “relanzamiento” más que la palabra “lanzamiento”, así como me gusta la palabra “releer” más que leer. Las dos suponen un movimiento o un gesto enriquecido con aquello que descubrimos y valoramos la primera vez, y por eso lo queremos recuperar y resguardar. Cuando un Plan Nacional de Lectura valioso es desarticulado, y años más tarde se dan las condiciones de su “relanzamiento”, viene este con un plus de aquella indignación por los derechos suspendidos. Es decir, que detrás de la indignación había algo que se valoraba mucho. ¿Y qué es eso que se valora?

–¿Este plan es una herramienta que contribuiría a acortar la desigualdad social? ¿Por qué?

–Un Plan reúne intenciones, pasiones, proyectos que paso a paso y abarcativamente, como en una cadena, se empiezan a hacer realidad.  Teresa Colomer expresa que “un apasionado del fútbol se reconoce porque va a la cancha, juega, es socio de un club, conoce de jugadores y su juego y transmite una pasión; de la misma manera un lector se reconoce por su afiliación a la lectura y sus palabras claves: libros, bibliotecas, mediadores, autores, géneros, experiencia vivida y leída”, y yo agregaría a este campo semántico las palabras “plan” y “lectura”. Un plan sistemático que llegue con la palabra a todos los rincones, a recordarnos que esa lengua madre que aprendemos nos pertenece, que somos sus hacedores y transformadores. La lengua es un milagro. Como dice la filóloga española Lola Pons Rodríguez, desde muy temprano las infancias deben aprender que “la lengua es su segura esperanza, su defensa o su ataque ante el mundo que lo rodea. Que escriban, que lean, que interpreten, que reciten, que entrevisten, que tengan la lengua como un roble centenario al que aferrarse, en el que sostenerse, la lengua y su mejor memoria escrita, que es la literatura”. Hemos comprobado en esta etapa de “confinamiento” (poner límites) que lo que no tiene límites es la lengua, con ella nos seguimos comunicando y creamos experiencias, aplicando ahora todas las tecnologías posibles, de forma urgente, con mayor o menor éxito, pero siempre con esta herramienta, parte constitutiva de nuestro ser y nuestra hacer.

 

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Durante este “confinamiento”, Mónica se dedicó a estar atenta a lo que ocurre en su ser con el cambio de las dimensiones espacio-tiempo, como hija, madre, tía, amiga, docente, gestora, poeta, ciudadana, ser espiritual. Comprobó que construir una soledad o una compañía “es un trabajo arduo pero exquisito, y que no podría superar el vacío o el miedo si no recibiera todo lo que me traen las palabras, vengan de donde y de quien vengan”.

Ella se siente agradecida de trabajar en Educación y Literatura con gente “muy guapa, honesta y revolucionaria”, tanto en el Centro Polivalente de Arte como en el programa Cuentan, de “Narración social de cuentos ancestrales”, con la Fundación Williams, la Red Andapalabra de bibliotecas populares y espacios de lectura, y ahora con el colectivo pluridisciplinar El Ceibo. “También estoy feliz de acompañar y ver crecer los proyectos de mis hijes: Yair y Yasmín, con su banda de música Komorebi, y Efraín con su compañía de danza contemporánea Unza. Y dar cada día un paso más en mis metas personales, especialmente en asomar al mundo de la edición con mis proyectos literarios, ¡a pedido de mis amigues!”.

 

INFANCIAS NUTRIDAS DE PALABRAS

Para Mónica Montenegro, una niña lectora, un niño lector que crece nutrido de palabras “es un niño, una niña que escucha la voz de la otredad, trata de comprenderla, porque así se comprende a sí misme, y disfruta de este saber. “¡Ah, no será para tanto!”, pueden decirme, pero pensemos en un niño carente de palabras que nombren su alegría o su pena o su cuerpo o su entorno (triste e injusto). Las infancias nutridas de palabras escuchan las voces del tiempo, y se preparan para ser personas responsables, tolerantes, sensibles a la belleza y a la dimensión humana”.