¿Dónde están los negros? (II)

Por Mariano Dubin

Estaba escribiendo sobre Baby Etchecopar y su crecimiento en audiencia: ahí dándole forma a una nueva derecha para el poder. Pero tenía razón Baby, somos unos negros de mierda, vagos, y yo ya tenía algo escrito en 2016 y no había que agregar nada, Baby, nada. Otra vez, tenés razón: negros y vagos. Que dejo la guitarreada para la tercera parte. ¡Bienvenido, Baby!

baby

 

 

1.

Ser negro prolifera de manera paranoica por todos los estratos sociales: negro, negro de mierda, negro de alma, negro de adentro, che negro, ¿todo bien, negro? Todos hablan de los negros. Y principalmente vos, Baby, no hacés otra cosa que hablar de los negros de mierda.

La esposa del empresario de medios lo dijo con claridad: la familia Macri, ante todo, es blanca.

Eso es lo bueno.

Somos blancos. No somos negros.

Blanca, también, es Iris. Una peruana que vive en mi cuadra y dice que hay que parar con esto que venga cualquier negro al país.

Tiene la misma jeta de india que mi primo Pol. Pero mi primo Pol, también, es blanco. Y cuando arranca con eso de hacer mierda a todos los negros y yo le recuerdo su tremenda jeta de zambo, me dice, ojo primito, yo hablo de los negros de adentro. Entonces, ya es peor.

Porque no son solamente ya nuestras jetas de indios, de zambos, de negros, de mestizos, de tobas, de kollas, de villeros, de correntinos que nos amenazan, sino que, encima, podemos ser negros de adentro.

La negritud tiene la cualidad de la multiplicación. Eso es algo que vos sabés bien. Ya lo dijo un humorista cordobés: en este país no hay rubia que sobreviva. Se casa con un negrito cualquiera y le salen todos los hijos negros. Ocho hijos negros. Ni uno solo rubio.

Por eso, Baby, tenés razón. En este país levantás una baldosa y tenés quince negros crotos ahí escondidos. No sabés de dónde salieron. Porque trajimos inmigrantes. Hasta alemanes. Arios. Y también trajimos árabes, judíos, croatas, cualquier cosa de muy lejos para mejorar la situación.

Hicimos mierda a los indios en cientos de cacerías. Mandamos a los negros a morir en cualquier guerra patria. Les metimos viruela, fiebre amarilla, cólera. Estaqueamos, fusilamos, decapitamos, empalamos. Si hay que matar, se mata. Que no quede ni uno solo. Si en algo invertimos en este país, desde su fundación, es en matar negros de mierda.

Pero no. Ahí están. En cualquier esquina los ves. Cualquier negrito o negrita se reproduce y al otro día son el doble. Cogen, como locos, para llenar de negros este país.  Y ahí están.

Coger está bueno, Baby.

Pero yo sé que vos la vas de Sarmiento. Onda prócer. Y el sanjuanino pensaba como vos: ¿sabías? Sí, hermano. Sos sarmientino de la primera ola. Mirá cómo te levanto el nivel. Te leo a tu prócer citando algún científico de moda: es muy notable que en sus combinaciones, ya sea con los negros o con los blancos, el indio imprime su marca más profundamente sobre su progenie que las otras razas y cuán rápidamente también en los posteriores cruzamientos, los signos característicos del indio puro se restablecen, expulsando los otros. He visto progenie de un híbrido entre indio y blanco, que resume casi completamente los caracteres del indio puro.

¿Viste? Igual que vos.

Igual de hijo de puta que vos.

2.

Nuestras clases altas se dedican a matar indios. Ellos sí son blancos como la gente quiere. Aunque si nos ponemos puntillosos, hay varios indios que no quieren salir del closet ahí. Ni hablar entre la progenie patricia de los estancieros del norte. Ahí no zafa ninguno. Todos unos indios reprimidos. Aunque la vengan con la hispanidad y otros cuentos. Pero, ante todo, nuestras clases altas se dedican a matar indios. Eso da apellido en este país. Y si no tenés apellido, porque sos un gringo medio muerto de hambre, te casás con la primera que encontrás con prosapia. Entonces Macri se casa con una Blanco Villegas, descendiente de Conrado Villegas, uno de los militares más sanguinarios. Ese sí mató indios y criollos con ganas.

Eso es invertir en un apellido.

Ya sé, esto viene para largo, y a vos ya te gustaría mandarme a la mierda y mandarte a mudar. Porque sos un bocón y pensás que porque mataste a un negrito, sos alguien. No. Estamos hablando de artistas de lo hijo de puta. Desde siempre. Y no como vos, que mataste a uno solo. Eso es de novato. De gil. ¿Qué es eso de mancharse las manos? Por eso Macri Villegas no olvida su estirpe sanguinaria; cuando hablan de la ignorancia histórica del presidente, yo recuerdo que siempre afirma: Sarmiento pensó el país, Roca lo llevó a cabo. Ojo: no es ilustración. Es el abc del tilingo con billetera. Cuando Galimberti (amigo tuyo, ¿no?) decidió reconciliarse con el mundo que combatió, se casó con una tal Leal Lobo. Es verdad, ya le gustaban de antes las chicas de la high class. Y un mucho más tilingo (y torpe) Lopérfido se casó con una Mitre. Rubia, obvio.

Hay que invertir en los apellidos.

Todos unos señores bien que solo tienen la manía de financiarse matando indios. Ojo: hay algunos que les encanta la literatura francesa y hasta abren librerías. Gente educada. Culta. Amable. Pero lo que mejor hacen, porque eso hay que reconocerlo, es matar negros. Como los Braun. Esos se financian matando negros. Desde siempre. Y lo seguirán haciendo porque es lo único que saben hacer. Como otros solo saben soldar, o jugar al fútbol, o tomar cerveza, estos solo saben matar. Y que saben, saben. Son el mejor equipo de los últimos doscientos años haciendo esto. Están los Bullrich, los Pinedo, los Martínez de Hoz. Y otros que arrancaron después pero que le pusieron ganas. Meritocracia pura. Como los Prat-Gay, que crecieron a la fuerza del trabajo esclavo de la industria azucarera y de la financiación a Antonio Domingo Bussi, que les facilitó el trabajo empresarial con la desaparición de cinco obreros, unos indiecitos perdidos de por ahí, que sudaban grasa militante. ¿Y vos te crees muy macho por haber matado un solo negrito y boconear por la radio a todos los negros que matarías?

Para estos vos también sos un negrito, o medio negrito, o peor: negro de adentro. Porque estos no te perdonan. Yo te aviso nomás. Si te tienen que empalar, te empalan. Y después te dicen que no tenían otra opción. Porque encima de hijos de puta, son más falsos que la mierda. Tal vez te están quemando en una parrilla y te encomiendan al cielo. Por eso los primeros indios la tenían clara. Cuando a Atahualpa le dijeron que debía decidir su muerte, que si no se convertía a la fe, sería asesinado de manera lenta y cruel y terminaría en el infierno, pero si aceptaba las condiciones, zafaba del fuego eterno y se agenciaba un pedazo de cielo, solo preguntó si en el infierno había españoles. Y como le dijeron que no, no dudó: infierno derecho. Ahora lo mismo, mejor una temporada en el infierno que cruzarte con alguno de estos. Yo te aviso. No vaya a ser que a vos también te confundan con un negrito de mierda.

3.

Los milicos son todos indios. Y negros. Como diría un tipo bien, como Julito Cortázar, con esas caras brutales que uno no sabe si son javaneses o mocovíes. Y esos odian a los negros como nadie. Porque son unos negros de mierda que tienen que hacer bien su trabajo para no sentirse así. Igual esto es así. Un día se da vuelta todo y estos empiezan a odiar a los blancos y fuiste. Fuiste seas Bullrich, seas Pinedo, seas Blanco Villegas. Vos más: ahí fuiste en serio. Por eso es tan bueno el cuento “Cabecita negra” de Germán Rozenmacher –perdón que te tire con tanto libro–, cuando pone como arquetipo del cabecita negra al policía. No al obrero. Un zurdo, como dirías vos, te hacía mierda el cuento: te ponía de héroe a un obrero que salía de la fábrica. Todo sudado.

No: la revolución la van a hacer los milicos. Y los obreros, desde ya. Pero sin milicos no hay revolución. Porque los milicos son unos negros hijos de re mil puta mal. Y cuando dejen de ser unos forros, chau. Ahora andan como les canta Pepo: ay policía qué vida elegiste vos / verduguiar a la gente es tu vocación / matar a la gente pobre es tu profesión / y así brindarle a los ricos la protección.

Pero un día se van a dar vuelta. Y chau. Eso lo ve perfecto Rozenmacher. El peronismo, la ley –el milico– era el negro. Eso vos lo intuís también. Por eso odiás tanto al peronismo. A los negros. Porque cuando el negro sea ley, ya no va a perseguir al negro, va a perseguir al blanco. Y fuiste. Ahí Braun va a decir que no tiene nada que ver. Que lo suyo son los libros. Porque estos que se dedicaron a matar indios toda su vida, a la primera que se pone fea, se hacen las víctimas. Como vos. Unos forros. Ni siquiera el decoro de decir: sí, che, me gustan los libros importados, pero lo que mejor hacemos, en la familia, es matar negros. 100% tradición familiar. Es lo que nos sale. No. Se van a hacer los giles.

4.

Este país funciona porque todos odian a los negros. El día que los negros dejen de odiar a los negros, agarrate. Y el día que un gobierno apueste a los negros, listo. ¡Andá a cantarle a Gardel! Mientras tanto nos vamos a fumar a todos los giles hablando de que los negros esto, los negros aquello. Eso sí. Todo el tiempo hablamos de los negros. No se puede parar. Y si me tirás el auto encima con la tremenda cara de indio que tenemos, te vamos a carajear derecho viejo: qué hacé, negro de mierda. Eso vos lo sabés porque no podés hacer otra cosa de tu vida de mierda que hablar de los negros de mierda. La puta madre que tenés una vida llena de negros: te comen las palabras.

Ahora gobiernan los cazadores de indios. Eso lo sabés. Tan ignorante no podés ser. Estos son más hijos de puta que todos nosotros. Más hijos de puta que vos. Porque tienen unas ganas de meter tu cabeza de trofeo al lado de una cabeza de chancho jabalí, otra de yaguareté y otra de ciervo. Estos no perdonan. Ahora hay que aguantar. Y coger y hacer negros. Desde ya. Porque eso los pone locos. Porque hace quinientos años que están intentando hacer un país sin negros. Y meten bala. Meten libros. Meten tratados de libre comercio. Encíclica. Te meten a un Braun hablando de Flaubert y otro que te sube el precio de los alimentos para que te cagués bien de hambre. Te meten a vos en la radio tirando toda tu podredumbre, todo tu odio, toda tu alma viciada. Toda llena de mierda. ¿Y sabés qué? Negros sigue habiendo. Y cada vez más. No importa qué hagás: los negros te cagan el día. Yo te entiendo, Baby. Es lo que decía Sarmiento: ¿somos europeos? ¡Tantas caras cobrizas nos desmienten! Y eso lo dijo después de la Campaña del Desierto. No importa cuántos negros matés. Ahí siguen estando. Cada vez más. Ahí siguen cogiendo. Una y otra vez. Recordándote, todo el tiempo, que vos también sos un negro de mierda.

5.

Los blancos, Baby, como vos,  viven en sus expectativas de vida las fantasías europeas de la razón; sus miedos, en cambio, son indígenas. Eso te va haciendo negro. El mayor temor del blanco es ser comido por la indiada. Raptado, ultrajado, violado, deglutido. Terminar dentro del cuerpo del indio. La antropofagia de los indios americanos es un tópico que uno puede registrar desde los primeros cronistas europeos a los noticieros actuales. Te citaría los Diarios de Colón, Baby, pero te vas a calentar. Vas a pensar que te quiero hacer sentir un negro de mierda que no entiende nada.

¿Sabés que cuando las clases medias y altas cartografían imaginariamente la ciudad de Buenos Aires o sus alrededores piensan una ciudad tan sitiada y demarcada como en las que vivieron los adelantados? ¿Sabés lo que fueron los adelantados, Baby? Ni en pedo. Sos un bruto importante y orgulloso. Te felicito. Desde entonces, una coordenada civilizatoria es recomendar que no se vaya por cierta zona, que no se tome tal atajo, que mejor se dé una vuelta por, ya que si no se puede terminar en un barrio donde hay negros que te comen las piernas.

Esta certeza queda como enseñanza de Juan Díaz de Solís: andar por fuera de los márgenes establecidos de la ciudad es terminar en la olla del indio. Eso te da miedo, ¿no? Quedar con el auto en medio de unas tolederías de chapa y que los negros te coman. Se hagan unos chinchulines podridos con tu cuerpo de blanco derrotado.

Te cuento una historia para que no te sientas el primero.

Hacia enero o febrero de 1516, Solís se internó hasta las bocas del Uruguay. En un desembarco es atrapado por los indios (charrúas o guaraníes) y es comido a la vista de su tripulación, que había quedado esperando en el barco a su superior. La parábola de Solís (“ayunó Juan Díaz y los indios comieron”, según el verso de Jorge Luis Borges: seguro te gusta citar a Borges, guárdate este) es reelaborada como una de las máximas de los ciudadanos contemporáneos. Gente como vos. Fuera de la ciudad amurallada, más allá de las fortalezas y los caminos señalados, el indio espera, acechando, el menor descuido del blanco y chau: te comen las piernas.

Por eso yo te entiendo, Baby, 500 años al pedo. 500 años mejorando la raza. Matando indios y negros. No ahorrando la sangre del tipo de acá. Trayendo gente blanca como tu viejo, que vino con una mano atrás y otra adelante pero ante todo no un negro de mierda. Haciendo cárceles. Matando gente. Desapareciendo. Empalando. Abriendo librerías con los mejores autores de Francia y contratando los mejores cazadores de indios. Intentando que este sea un país como la gente. Civilizado. Un país de blancos. Que progrese. Un país como vos querés.

Y no: estos negros te cagan la vida.

Siguen vivos.

Y, al menor descuido, chau. Ya lo dice el refranero popular: al indio le das la mano y te come el codo. Te entiendo, Baby. 500 años al pedo. Acá tirás una bomba atómica y lo único que quedan son los negros. Como las cucarachas. Mueren todos y sobreviven ellos.

Por eso te entiendo, Baby. ¿Qué te puedo decir? Bienvenido, Baby: ¡somos todos unos negros de mierda!