Le Tomì tiene el corte ideal para cada tipo de rostro

Por Mayrin Moreno Macías

 

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“Con la cuarentena me ha llegado cada flequillo…”, dice Tomás Dudka sonriente  mientras prepara un té de hierbas y otro de menta. “Pero me hace feliz que puedan venir a que se los arregle. Que la gente se sienta bien es el motor que me anima a seguir trabajando. Esa buena energía que transmiten las personas cuando salen de acá. Que se sientan bien consigo mismas está rebueno”.

Desde que llegó a “Le Tomì”, en la avenida 9 de Julio, en septiembre del año pasado, se convirtió en un barbero/peluquero. Cada día deconstruye este oficio, al que en la antigua Grecia y Roma solo los ricos podían acceder a través de un “hábil esclavo con navajas, peines y espejos”.

“Acá tengo el recurso de mi mamá, quien es peluquera hace más de 20 años. Ella me enseña un montón de cosas: tratamientos, reflejos, decoloraciones. Por eso estoy fusionando las técnicas de la barbería con la peluquería. Es una gran oportunidad porque ella me explica y veo la práctica con sus clientas”, dice.

Para Tomi, como lo llaman sus amigos, cada cabeza es un mundo. Tiene clientes que le dicen: “Necesito un cambio radical. Haceme algo, no sé qué quiero, pero hacelo”. “La gente está más indecisa cuando se viene a cortar, pero yo los voy guiando: si te hacés esto, quizá no te quede tan bien, porque hay diferentes tipos de rostros…”.

–¿Te cuestionas el concepto de belleza?

–Considero que puede ser elitista. Para muchos verse bien es comprar ropa supercara, invertir en cirugías para responder a un determinado canon de belleza o adelgazar un montón, en esos términos difiero del concepto de belleza, pero me gusta que la gente se sienta bien consigo misma y luzca como quiera. Venir a la peluquería, a cortarse el pelo, pintarlo, es algo natural porque igual va a crecer.

 

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De fondo sonaba un Lo Fi Hip Hop. En su sector de la peluquería se asoma Madonna en la portada de una colección ochentera de la revista Gente. Los espejos brillan, huele bien, la luz es perfecta, hay una buena silla, un palo de escoba con un estampado de animal print, en una estantería unas fluoritas y en sus manos las tijeras. Por supuesto, no olvida el protocolo: guantes, horarios, tapabocas, gel de manos. “Este lugar es para hacer terapia”, comenta.

Tomi nació en el hospital Schestakow. Tiene 19 años, estudia el profesorado de Teatro en el IPA y es su propio jefe. “En el pasado he trabajado en diferentes lugares y no tener que depender de un ‘patrón’ que te grite o te trate mal se siente superbién. Somos mi mamá y yo. Si ocurre algo, lo charlamos y no pasa nada, podemos llevarlo de otra manera”. En este lugar atiende a todo tipo de personas, pero el público más allegado oscila entre los 18 y 24 años. “También tengo clientes mayores que buscan cortes más elegantes, sutiles, tratamientos”.

Antes trabajaba a domicilio. Iba en su bicicleta con sus herramientas en una mochila. Distribuía su número entre amigos y conocidos, en Facebook e Instagram, y él iba a sus casas a cortar. Ahora que está en un lugar fijo, ha sido un cambio total. “Es tu espacio, vos lo conocés, te sentís cómodo, puedes generar algo para que la gente se sienta cómoda, tranquila y en confianza. Podés ofrecer un montón de servicios extras: tratamientos faciales, capilares, decoloraciones, colores, cortes variados, extravagantes”.

A Tomi también le gusta bailar. Escucha jazz, blues, música electrónica. Está aprendiendo a bailar dance hall y pertenece a una comparsa de candombe. “Es una manera de canalizar y de entender la música. Cerrás los ojos y empezás a sentir con el cuerpo, la música te llena, te impulsa a mover cada músculo, sentir las vibraciones, una manera de ser libre muy zarpada”.

Mientras terminaba un cambio de look, Tomi desnudó uno de sus deseos. Había surgido una charla y le preguntaron: “¿Cómo quedaron las canas? ¿Se ve alguna?”. Y Tomi contestó: “No. Nada. A mí me gustaría tener muchas, muchas, todo el pelo de blanco”.

 

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En tiempos remotos, las barberías o “casas del barbero” se consideraban lugares de interacción social. Servían para expresar las preocupaciones públicas y la participación de los ciudadanos en debates sobre temas de actualidad.

Entre té y charla, y pelos cayendo en el suelo, Tomi desnudó su segundo deseo: “La gente que viene es muy buena onda, estoy tratando de construir un espacio que sea inclusivo, para todo tipo de personas, donde no haya lugar para ningún tipo de violencia, para el racismo ni para la homofobia. Que sea un ambiente tranquilo donde la gente pueda venir, sentirse segura y en confianza”.

–¿Son temas que te mueven?

–Sería muy hipócrita no reconocerlo. Me remueve querer construir un espacio a favor de todas estas causas. Charlaba eso con una amiga, ponele, hubo una época en la Argentina que las panaderías eran recombativas. ¿Por qué desde una peluquería no podemos hacerlo? Presentar mi solidaridad hacia los trabajadores y más en este sistema donde solo hay hambre, miseria y desidia para los laburantes. Si no nos apoyamos entre nosotros, si no nos organizamos, qué hacemos, nos comen los de arriba.

 

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