En el mundo de Amy y Johel no hay lugar para el racismo

Por Mayrin Moreno Macías

 

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Fotos cortesía de Amy y Johel

Cuando se conocieron en Tennessee, EEUU, ella no hablaba español ni él inglés. Se comunicaban por teléfono, con el “Translate” de Google o por señas. Solo hubo química y piel. El único idioma que imperó ese febrero de 2017 fue el baile. Amy Larwig y Johel Nadales demostraron que el amor rompe cualquier tipo de barrera, cultura, raza, credo o religión. Se enamoraron y se casaron. Hoy su hogar es una mezcla de idiomas, sabores, colores y niños. Noble, de 7 años, hijo del matrimonio anterior de Amy; José Jesús, hijo de Johel con su expareja; y Axel, hijo de ambos, corren y gritan por cualquier rincón de la casa. Crecen en un lugar donde el color de piel no representa ninguna ventaja o desventaja.

Para compartir su mundo, esta pareja creó la cuenta de Instagram “micasa_yourhouse”. Johel cuenta que también es una frase que se utiliza para simpatizar con los hispanos, “para decirnos ‘bienvenidos a nuestra cultura’ y ser amables con la nuestra: mi casa es tu casa”. Amy agrega que la gente los ve como una novedad y por eso sienten que deben aprovecharlo. “Queremos mostrarles que después de eliminar las barreras, somos solo dos personas que se enamoraron mucho y se comprometieron el uno con el otro todos los días. Las relaciones son desafiantes”, explica Amy.

 

 

#BlackLivesMatter

Hace tres días publicaron una foto con el siguiente mensaje. La traducción dice: “No es el mismo color. No es la misma sangre. No es la misma cultura. No es el mismo idioma. Pero son hermanos. Ellos son padres. Ellos son familia. Y somos amor. Al final, todos somos iguales”. Lo acompañaron de las etiquetas #endracism #blacklivesmatter #mixedfamily #biracialfamily #justiceforgeorgefloyd

 

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–¿Qué sentiste cuando te enteraste de la muerte de George Floyd?

–Amy: Su muerte es una tragedia horrible. Pero no es una historia nueva. El problema de racismo en este país tiene una larga historia. Es vergonzoso. Es enojante. No es realmente importante cómo me siento. Lo que importa son los sentimientos y las necesidades de nuestra comunidad negra. Ahora es el momento de escuchar y actuar, como deberíamos haber hecho hace mucho tiempo.

 

Historias encontradas

Johel aterrizó en EEUU en septiembre de 2016. Venía de Barlovento, una tierra caliente ubicada en el  país famoso por sus jugadores de beisbol, sus misses, Gustavo Dudamel, Chávez y el petróleo: Venezuela. Amy creció en el bajo Alabama. “Tierra de los racistas”, dice. Su padre es un inmigrante alemán, “por lo que también hay algunas discusiones difíciles sobre el pueblo judío”. Y su familia extendida es muy racista. “Pero como adulta, puedo reconocer mi ‘privilegio’ y trabajar para ser una mejor defensora de las personas de color. Ahora también puedo entender que mi familia extendida se equivocó al decir, actuar y enseñarnos como lo hicieron”.

Hoy Amy tiene seis meses de embarazo y ya no se comunican tanto por teléfono. Aunque ella no lo entiende del todo y él tampoco, se dicen: “repíteme de nuevo”, “háblame despacito”. Casi ni pelean porque es imposible que puedan discutir, porque cuando empiezan a traducir, se olvidan de cuál fue el motivo, se ríen y pasan la página. Dejaron el teléfono para las cosas “serias”. Johel redacta el texto, lo traduce al inglés y después discuten con calma o con señas.

Cuando cocinan, él le enseña recetas venezolanas, lo básico. Ya Amy sabe hacer arepas: reina pepiá, con perico, la de pollo que le encanta… También hace empanadas, arroz con pollo; chicha, papelón con limón…