¿Dónde están los negros? (I)

Por Mariano Dubin

 

 

Se preguntan, en una mezcla de arqueología y buenas intenciones, por “no ver negros en Argentina”. Bueno, en realidad, tampoco hay “negros” en Estados Unidos. La negritud no remite directamente a una identidad sustancial que sobrevivió inmune a la Modernidad y está ahí guardando atavismos y afiches de carnavales. “Comprá uno que queda relindo al lado de tu foto en la puna”. La negritud es, más bien, la tensión resultante entre un imperialismo que racializa las diferencias sociales y culturales y una defensa de prácticas y saberes de orden comunal que las clases populares resguardan para sobrellevar, un poco mejor, este mundo de mierda. Y, además, una jeta. Sí, es eso. Pero también mucho más. En todo caso, no hay “negro” como un índice de realidad sino como resultante de la lucha de clases.

Demos unos ejemplos: con lo indígena y con lo negro. Hubo muchos líderes negros, en Estados Unidos, que decían que Obama no era “negro” porque justamente no se había curtido en la vida afronorteamericana, en sus esquinas, sus violencias, en su Sur de supremacistas blancos, de linchamientos, en sus tonos, en sus cueros. En efecto, el origen familiar de Obama no estaba sedimentado ni en la esclavitud ni en las leyes de segregación racial. Desde otro lugar, en los últimos años de gobierno de Evo Morales, algunos intelectuales que poco de Fausto Reinaga tenían y sí mucho de cosmopolitas que lo único de indígena que podían mostrar era un tapiz coya, en alguna pared de sus casas, acusaban a Evo de no ser “suficientemente” indígena, como si para ser indígena hubiera que pasar por una admisión académica.

 

 

Es decir, las lecciones que hacemos de nuestras herencias, las voces de nuestra tribu que nos vienen hablando hace siglos o las posibilidades que tenemos de hacerlas en una época, no son en “estado puro” ese origen (tampoco, claro, una creación sui generis). Pasó, por ejemplo, con los miles de descendientes africanos de Brasil y Estados Unidos yendo a Senegal, Mozambique, Ghana o Nigeria. Y allá, claro, tampoco pudieron “descubrirse” en “estado puro”: hay muchas crónicas de ese lugar extraño de llegar al “origen” y “no encontrarlo”. Porque el origen es, también, todo lo atravesado por siglos de esclavitud, de clase trabajadora, de lenguas nuevas impuestas y apropiadas. O como sucedió –para dar el ejemplo contrario de esta confusión– con una famosa lalorixá de Salvador de Bahía que recibió a estudiantes africanos que llegaron a saludar a la gran referencia religiosa de Candomblé y casi se larga a las puteadas porque le trajeron un “blanco”. Y, claro, porque en África hay blancos también, y este era un bereber africano…

Y hago toda esta guitarreada criolla sobre la negritud porque me parece que esa pregunta de “¿dónde están los negros?” que se hacen acá es un modo de no ver a los argentinos y argentinas. ¿Y dónde están los negros?, vuelve a preguntar el fanático de los Chicago Bulls. Bueno, hermano, hace décadas que ninguno o casi ninguno de nuestros ídolos futbolísticos (desde Maradona a Tévez) es muy blanquito. De hecho, le diría al fan de los Chicago Bulls que tampoco ninguno de nosotros es muy blanquito. Lo que no somos es “afro” (aunque esa historia africana está también en nuestra sangre, en nuestro cotidiano, en nuestra lengua y nuestras tradiciones). Ver al “afro” pero no ver al negro argento es la estructura de identidad de la clase media inmigratoria argentina –una identidad, claro, también fantasmática–. Porque acá, en Argentina, hoy, la racialización de las diferencias de clases se da con el mestizo, el criollo, el cabeza. Esas caras que uno no sabe, como dijo Julio Cortázar, si son “javaneses o mocovíes”. Como se sabe, o deberíamos saber, la mayoría de nosotros somos “mestizos”. Ese mestizaje, esa piel indígena –o medio zamba, criolla, negra, grone, villera, india, oscura– es la que establece la paranoia del blanco (no la del “afro”, porque ese es un negro de postal que re-va con la remera de los Chicago Bulls, los tambores para una banda cool o para decir que te gusta Miles Davis), si bien es cierto que la última migración senegalesa actualizó este antiguo racismo colonial (nunca del todo muerto).

¿Y quiénes son (somos), entonces, estos negros? Esa la sigo en la segunda tanda, que como buen criollo ya me aburrí de teclear que es el modo eléctrico de bordonear, y me voy a hacer unos mates, pero cuento una anécdota para dejar la bola rodar. En un viaje a Buenos Aires, el actor uruguayo, negro negrazo, Rey Charol, se juntó con unos amigos porteños en un bar. Ni bien se sentó en la mesa a tomar un café, se sorprendió porque sus amigos no paraban de hablar de la cantidad de “negros de mierda” que había, que la ciudad ya no era la misma con tantos negros, que estaban cansados de tener que compartir subte o colectivo con tantos negros con ese olor espantoso. Rey Charol comenzó a reírse y se señaló la cara: “Señores, miren, nadie diría que soy blanco”. Pero uno de los amigos lo tranquilizó de inmediato: “Pero no, morocho, no lo decía por usted… Yo tengo gran simpatía por ustedes, che. Los que nos fastidian a nosotros los argentinos son estos otros negros, los cabecitas negras. Usted me entiende, ¿no?”.

 

reycharol