DE NORTE A SUR | Cartas de Rilke para poetas no tan jóvenes

Por Yurimia Boscán

 

rilke

 

Cuando comencé en la universidad, ya había leído las Cartas a un joven poeta, de Rainer María Rilke. No recuerdo cuántos años hace ya de aquello, pero sí que el libro siempre estuvo entre los primeros a guardar cada vez que llegaba una mudanza. El rostro y el nombre de quien lo puso en mis manos ya es pasto de mi desmemoria.

Como muchos otros libros de mi adolescencia, las cartas de Rilke fueron quedando sepultadas con la avalancha de lecturas que trajeron los años universitarios. No obstante, su reminiscencia destellaba cada vez Rilke volvía a mí, primero con los Cuadernos de Malte y luego con las Elegías de Duino, ¡Oh, nosotros, los más desvanecientes

En estos días de pandemia y azares, quiso la vida acercarme de nuevo a aquellas cartas. Descubrí que el libro ya no estaba en mi biblioteca… algún alma se lo llevó furtiva de mis estantes… ojalá lo aproveche.

Volver a ese libro significó retroceder en el tiempo, pero de una manera diferente, porque no regresé a un punto particular de mi historia, sino a mí misma, cargando sobre la espalda el peso del presente con todos sus procesos. Es así como en la franja gris de mi existencia, encontré en su lectura la dolorosa evidencia de sus consejos, uno a uno.

Las respuestas a lo vivido, dadas en la tempranía de nuestros balbuceos poéticos, siempre estuvieron allí. No obstante, aprendí el oficio con la feroz revolcada de la ola, y una que otra cicatriz.

¿Cuántos de nosotros somos capaces de decirle a otro que su poesía no tiene sustancia, que apenas es un brote de algo que carece de voz propia? ¿Cuántos de nosotros podríamos escuchar esas palabras sin ser reactivos a las mismas? Rilke me recordó la belleza de no deberse más que al arte, con toda la crudeza que implica develar el hallazgo de un tronco hueco donde otro cree ver un árbol…

 

cartas

 

La voz rilkeana me recuerda la minuta:

  1. Iniciada la tarea de oficiar la escritura, la emoción debe ser puesta en cuarentena ─al decir de los tiempos que corren─ para evitar la tentadora cercanía a los destellos equívocos.
  2. Canalizar la palabra desde la búsqueda, no siempre complaciente, de una voz propia. INTROSPECTARSE, adentrarse en sí mismo… Tarea harta difícil en estos tiempos de poesía light, tan popular en las redes sociales (redes que atrapan y enmarañan), cuyos voceros apuntan al afuera, y guardan sus like en el saco vacío de lo público. Hay allí, tal vez no siempre, la lectura en falta de los grandes poetas de todos los tiempos, cuya maestría siempre pondrá en evidencia nuestro pequeñísimo hacer.
  3. Eso me lleva a la siguiente lección: humildad y honestidad al escribir para trascender la necesidad de aprobación, tanto de “críticos” como de amigos. Darse a uno mismo con sencillez y verdad y creer en eso. Sin embargo, en este paradójico universo, no es fácil lidiar con el “síndrome de la autoayuda”, tan posmoderno y tan kitsch, con su asequible manual de fórmulas que se regodean en la autocomplacencia del “todo vale” (ego sum qui sum). Hay que mirarse con una lupa, saber que también somos la imagen deforme que la lupa devuelve y lidiar con eso.
  4. Todo, sea cual sea lo que hagamos, debe pasar por el punzante proceso de ser un acto CONSCIENTE: ¿Por qué lo hago? ¿Para qué lo hago? ¿Escribo para vivir o vivo para escribir? ¿Se puede elegir ser poeta o eso trasciende nuestra voluntad? La poesía, ¿salva o condena? ¿es catarsis? ¿Puedo vivir sin ella? Rilke nos exhorta a buscar respuestas… “Pregúntese en la hora más callada de su noche ¿debo yo escribir? Vaya cavando y ahondando en busca de una respuesta profunda… si es afirmativa, si Ud. puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un sí, debo, firme y sencillo, entonces debe erigir el edificio de su vida, cualquier cosa, por pequeña que sea, debe ser signo y testimonio de ese apremiante impulso…”.
  5. La soledad como oasis para reencontrarse en el ser que somos sin temer a sus monstruos y sus máscaras…La poesía como acto de soledad, es la burbuja donde la mirada hacia el afuera se regresa interminablemente hacia el nosotros mismos, buscando su particular manera de volver a salir a ese allá, distante y nuestro, que es el poema. Rilke recomienda asumir la soledad con firmeza y protegerla como el preciado bien que es “evitando ir hacia quien nos la borre en un diálogo anodino”.
  6. La pausa necesaria, la decisión responsable de omitir la tentación de escribir sobre temas comunes y trillados: “No escriba versos de amor, rehúya al principio formas y temas demasiado corrientes, suelen ser los más difíciles, pues se necesita mucha madurez para poder dar de sí algo propio donde ya existen multitud de brillantes legados”. Además, nos exhorta a aprender a borrar la huella personal sin despojarnos del ALMA que nos configura.
  7. Rilke invita a indagar en los grandes temas de la existencia, nos impele a reflexionar sobre el sexo, el dolor, la fidelidad, la amistad, el placer, la soledad, el amor, la muerte, la creación, lo intangible, la aventura, en fin, la vida misma con su espina y su flor: el caldo de cultivo que pone sobre el tapete la banalidad de esta época, donde el pensamiento también es considerado un bien de consumo.
  8. Decirse por completo desde lo íntimo: el mundo que nos envuelve, sus sueños y sus melancolías, es un insumo inestimable del recuerdo: “Nunca es pobre el diario vivir, se es poco poeta al no poder descubrirse y atraerse a sus riquezas, pues no hay pobreza para un espíritu creador”.
  9. Debemos tener un lector particular de nuestra obra, ese alguien especial a quien nos damos por entero en la confianza de saber que su palabra es daga y aroma frente a nuestros textos…
  10. Dejar de lado la ironía como recurso creativo. Por lo general, la ironía ensombrece el sano discurrir poético: “Cuando se vea inundado por la ironía, haga un viaje hacia un mundo de cosas profundas donde raras veces la ironía llega”.
  11. Siempre hay autores que nos marcan… las lecturas de cabecera donde pernoctan nuestros grandes referentes literarios…
  12. Un artista debe ser fiel a sí mismo, centrarse en el amor para vivir y sentir como artista, al margen de la crítica; ser permeado por las impresiones, impulsos, deseos e imágenes de su mente.
  13. La infancia para Rilke es un territorio propicio para la poesía, pues los niños, al menos en sus primeros años, están libres de adoctrinamiento. Evocar la niñez, es evocar la belleza para distanciarse del mundo adulto, tan convencional y marchito para Rilke.
  14. El trabajo diario, asumido como una obligación cotidiana, es el castigo para cubrir la subsistencia diaria. Lúdicamente hablando, es la coartada perfecta para “coartar” la creatividad. Sus anzuelos, disfrazados de progreso, abundan en nuestro mar donde mordemos y mordemos sus carnadas, alienados por la sociedad de consumo, adictos al círculo vicioso que nos hace trabajar para vivir y viceversa.
  15. Volver a Dios… reencontrar la verdad en lo sagrado, dice Rilke… su fe me permite disertar sobre mis actuales creencias en tiempos de pandemia, cuando lo inexplicable y el entredicho retoman su fuerza con cada hachazo de la incertidumbre… Nunca como ahora tanta necesidad de un milagro que nos reafirme la existencia de Dios, su luz presente en lo por venir.