CRÓNICO | La joya de la familia

Por Ernesto J. Navarro (*)

 

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El negro Crisanto se había vuelto una celebridad en Guanare.

Con apenas 18 de edad, a mediados de los años 70, ya era profesor titular de Matemáticas, Física y Química en el liceo Carlos Emilio Muñoz Oráa (el CEMO). El negro era “un taco”, decían.

En esa época, además de ser el profesor más joven de todo el estado Portuguesa, el negro “Cris” tenía una pinta que mataba: redondeado afro, camisas de cuello ancho hasta los hombros a lo “Cherry Navarro”, pantalones con bota de campana y suecos de dos tonos con plataforma. A cada paso que daba se encendía el piano bajo sus pies.

Pero su celebridad entre los alumnos subió de nivel el día que le propinó un escarmiento de película al conocido “loco-gerán”.

“Loco-gerán” era el sobrenombre de un hombre con demencia, que deambulaba por las calles con la inenarrable costumbre de sacarse el pene para mostrarlo a las chicas que salían del liceo.

Un mediodía, al salir de clases, Crisanto se topó con tres de esas niñas, casi sin aliento, huyendo de una de las exhibiciones del “Loco-gerán”. Entonces, el profe salió a la calle y, sin que el loco se diera cuenta, lo rodeó. Se sacó de las trabillas del pantalón, una gruesa correa de cuero, de esas que tienen una hebilla ovalada de hierro en la punta, y después de enrollar dos vueltas en su mano derecha, le largó un correazo al tipo que, distraído, reía con el pene en la mano.

En un solo movimiento, el “Loco-gerán” gritó “¡ay, coño!”, apretó las nalgas, pegó un brinco y emprendió la retirada a toda velocidad. Cuentan que, al cruzar la esquina de la calle siguiente, la gente vio a un tipo que corría con el pene fuera del pantalón, mientras gritaba “agarren a ese loco”, señalando a Crisanto que lo perseguía con una correa en mano, en defensa de sus alumnas.

 

***

 

El profe Cris no salía de farra con sus alumnos, a pesar de que los de 5° año casi tenían su edad. 

Pasaba sus horas libres con Freddy (primo hermano, aunque más hermano que primo), Ramón y Pit López, que manejaba un Camaro SS (SuperSalvaje) amarillo con franjas negras, al que llamaban ‘Sarampión’. A pesar del desenfreno de la juventud, el grupo trataba (siempre que podía) de no afectar la reputación del profe, por eso, no contaré lo que ocurrió la noche que se colaron en casa-museo del prócer José Antonio Paéz. No, por ahora.

 

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Cuando terminó el año escolar 1978, los amigos invitaron al profe Cris a celebrar, en el que era su lugar preferido, una discoteca llamada La serpiente emplumada.
Llegaron a bordo de “Sarampión”, cada uno con su pareja. Esa noche, tomaron una mesa cerca de la pista de baile y pidieron un servicio de Black and White. El negro Crisanto, homenajeado de la velada, hizo los honores: destapó la botella y sirvió los primeros tragos. Pocas canciones después ya habían pedido la segunda botella.

De pronto se detuvo la música y el “disc jockey” dijo en el micrófono que iba a colocar unos temas dedicados al profesor Crisanto Navarro. Como ya les dije, era una celebridad. Los amigos gritaron, llegaron saltando a la pista con los primeros acordes de “El cantante”, de Héctor Lavoe. Los amigos pronto notaron que Crisanto se quedó en la mesa. Lo llamaron con insistencia, pero él les hizo esa seña de “ya va, ya voy”.

Crisanto seguía sentado en una butaca. Había pillado un anillo con una piedra roja que brillaba en el suelo:

–¡Eso es un granate! –se dijo.

Volvió a mirarlo y notó que el brillo aumentaba. Pensó (con casi dos botellas de güisky en la cabeza) que alguna luz de la discoteca chocaba con la piedra roja y la iluminaba. Entonces, en un movimiento a lo “Misión imposible”, deslizó la espalda en la silla, dejando caer la cintura hacia el borde del asiento. Lo hizo lentamente. Mientras bajaba y estiraba el brazo para alcanzar el anillo, sacó cuentas:

–¡No joda!, en lo que tenga el anillo voy hasta la barra y pido dos botellas más. Dejo empeñado el anillo y seguimos la parranda en otra parte.

Crisanto bajó un poco más en la silla y tantéo en el suelo, pero no logró agarrarlo. Levantó la cabeza, se enderezó en la silla y vio a los amigos que aún bailaban en la pista y los saludó con la sonrisa falsa de quien oculta algo.

Miró nuevamente de reojo y el anillo de granate le lanzó un mayor destello que lo encegueció. Esta vez, decidido a quedarse con el tesoro, calculó el sitio de aterrizaje de sus dedos y volvió descolgarse por el asiento:

–Cuando llegue con la otra botella se van a quedar locos.

Estiró la mano y cuando la supo encima del anillo, dobló los dedos para agarrarlo, no con la yema, sino con la concavidad que queda entre los nudillos. Abrió los dedos como pinza y…

–¡Noooo joooooooda! –gritó Crisanto por encima de la música.

Los amigos dejaron la pista y corrieron a socorrerlo. Crisanto se apretaba la mano derecha con la izquierda y la metía intermitentemente en la hielera.

Cuando pasó el dolor, notó que la discoteca estaba aclimatada con ventiladores en las paredes y que el anillo de granate brillaba cada vez que le pegaba el chorro de aire del ventilador más cercano.

Todavía hoy, 42 años después, los amigos recuerdan que el negro Crisanto, creyendo agarrar un anillo, se quemó entre los dedos de la mano derecha con un chicote que alguien lanzó al suelo sin apagar.

 

(*) Periodista, poeta y cronista venezolano. Ganador del Premio Nacional de Periodismo “Simón Bolívar” 2015