Mi abuela Juana Caballero

Por Daniel Marín
Sommelier sanrafaelino radicado en España

Lloro, a un tiempo de Bardas Blancas, el sol se despierta de la siesta para vislumbrar su caminar, al  pasar las vías por Alem, tatarea  un emotivo tango que bailó antes, con premura  abre la puerta del desolado portón colorado, gris pasadizo de cemento agrietado. Al fin, junto al duraznero, los pequeños desvalidos corren a su encuentro, querubín acorralado revolotea de felicidad.

Insuficientes son las letras para mi abuela, Juana Caballero, quien acaba de cumplir 91 años de edad. Se halla en una residencia de ancianos en San Rafael. Su hija Nora, o sea, mi madre, la visita a diario, pero por la pandemia del Covid-19 se encuentra aislada. Como se pueden imaginar, el encuentro es algo chocante. Mi mamá desde la vereda separada por una verja y la abuela como una reina de la vendimia se asoma por la ventana lanzando besos. Sus frágiles oídos dificultan la charla…

La abuela levanta la mirada con lágrimas en los ojos y nudos al hablar. Con perspicacia pregunta repetidamente por toda su familia, nada menos que 15 nietos y 16 bisnietos. Envía cariño, besos e incesantemente alienta para que tengan  paciencia, que todo va ir bien y que pronto nos juntaremos.

Nació en una humilde casa en un pueblecito llamado Bardas Blancas. De madre indígena y padre criollo, fueron muchos hermanos, como casi todas las familias de antes. Su padre murió cuando mi abuela todavía era una niña, por lo que apenas entrando en la adolescencia la enviaron a trabajar a una casa en San Rafael. Después entró a trabajar en el hotel España, donde finalmente se jubilaría.

Quizás el testimonio de mi abuela Juana para muchos no sea relevante. Como muchos mayores, es una superviviente de la vida. Sobrevivió a la muerte de un hijo, al éxodo de sus nietos al extranjero y a todas las calamidades y crisis económicas de un país como Argentina.

A mi abuela Juana le cuesta mucho ponerse en pie, el dolor de espalda es constante, pero ella con mucho esfuerzo logra  levantarse y nos da una lección de vida. Sus ganas de vivir y el amor por su familia son un antídoto  contra cualquier mal.