LAS LETRAS DEL ROCK | “Ramón, el indio hereje”

Carolina Elwart
Leandro Ubilla
José Luis Morales

Corría el año 1994 en Argentina, gobernaba Menem, el riojano, el hombre estridente, ayer sindicalista y preso de la dictadura, hoy socio carnal de Estados Unidos y paladín del neoliberalismo. Un logro le dio un consenso durable: un dólar valía un peso. Tardía y dolorosamente en el 2001 entenderíamos lo endeble de esa igualdad. También le abrió la posibilidad de una reforma constitucional que habilitó la reelección presidencial que lógicamente ganó. Mientras tanto, otros y otras mirábamos hacia el universo under. Hermética ese año nos regalaba su último disco de estudio: “Víctimas del Vaciamiento”. El puño de Iorio era insaciable, duro, crítico con la realidad ecológica, política, económica e incluso espiritual. “Víctimas” lo había demostrado. Pensábamos que eso nunca se acabaría. Pero hacia finales del 94 algo se rompió, la experiencia más significativa y profunda del Heavy argentino había llegado a su fin. Fue un golpe duro para toda la escena, lo que era expectativa y felicidad se transformó en sorpresa y tristeza. Las causas a esta altura poco importan.

Ricardo tomó sus apuntes, sus ideas, su lírica, su bajo y para 1995 las juntó con Marciello y Cardaci. Siempre supo que podía seguir luego de esa experiencia. El sobreviviente de V8 y Hermética no podía morir en el 94 y Almafuerte claramente lo demostró. Su discografía prolífica demuestra la capacidad creativa de Iorio. Incorporó en su nueva creación aspectos más tradicionales y nacionales, vinculados al folklore, un tema que siempre marcó su itinerario, sin abandonar la crítica directa y ácida hacia el sistema. Tres años después sacaría un disco con Flavio Cianciarulo, bajista de Los Fabulosos Cadillacs. Escribirían juntos la mayoría de las canciones del disco llamado “Peso Argento”.

La canción es una historia. El tiempo y espacio nos ubican en un amanecer en un campo “Brilla la helada sobre el maizal”. Aparece el primer personaje: el Divino gran inquisidor; que está juzgando al protagonista de la historia “el indio temeroso por la sentencia del Santo Tribunal”. Y aquí aparece el conflicto: “encontraron sepultada/una estatua de la virgen María/La encontraron cabeza abajo,/cubierta de hierbas secas, cerca del maizal” El Inquisidor considera esto una herejía, un atropello a la Santa Religión.

Aparece otro personaje que intenta explicar lo sucedido “Esa virgen se la obsequié/a mi fiel indio Ramón” y luego sabemos qué piensa acerca del protagonista. “Ramón es buen cristiano y trabajador,/sangran sus manos siempre en la siembra./No puedo creer aún lo que pasó”. El monje pedirá clemencia pero la mirada colonial del Inquisidor no lo dejará ver lo que pasó. Ramón será castigado con la hoguera. “¡No habrá piedad!” exclama con furia el Juez, a la hoguera. El fuego como purificador de pecados terminará con esta herejía. El mismo fuego que en la Edad Media y en otros momentos de la historia, perseguía a los científicos por herejes y a las mujeres por brujas. El mismo fuego que quemó libros durante el nazismo. Nos recuerda también la novela del gran Umberto Eco, “El nombre de la Rosa”: todo lo que huela a libertad el fuego lo extinguirá.

El atardecer, el silencio sepulcral, el fuego que consume a Ramón, y el monje llora porque el monje entiende que Ramón ha mezclado sus creencias ancestrales con las importadas del Catolicismo: la virgen como diosa bendice la tierra, lo hizo para “pedir por la siembra cosecha buena. Las hierbas secas eran para protegerla”. El sincretismo de las religiones, hombres y mujeres que debieron adorar nuevos dioses que no entendían. Sus dioses, manifestaciones de la naturaleza ahora toman nuevos nombres y los ritos antiguos se mezclan con los nuevos. En México, las vírgenes toman características aztecas, el dios sol se mantiene presente al dios de los cristianos. Los santos oficiales y los populares. Todos unidos en diferentes pueblos y personas. A Ramón lo mata el fuego pero también aquel que sigue imponiendo su fe con la autoridad de ser única, verdadera e indiscutible. El afán colonialista de no solo conquistar las tierras sino también dominar las creencias y los pensamientos.