Mamá, ese indispensable exceso

Por Rúkleman Soto

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Ninguna efeméride tan rococó como el Día de la Madre. Basta evocar las tarjetas hiperorladas, los cotillones churriguerescos, corazones atiborrados, flamígeros arreglos florales, cofres exuberantes, decoraciones de una mezcolanza entre navideña y carnavalesca, canciones melodramáticas, zalamerías solo comparables al del Día de los Enamorados, declaraciones oficiales enaltecedoras.

Quedan descontados los empalagosos actos culturales en las escuelas que el Covid-19 se encargó de anular, al menos en los países donde se celebra el segundo domingo de mayo. Pero nada garantiza que estén a salvo del mal gusto hegemónico países como Argentina, Indonesia o Noruega por celebrarlo en fechas disímiles. Por ahora las redes sociales se encargarán de canalizar gran parte ese exceso mercantil.

En estas notas quiero referirme a un exceso de otra naturaleza o más bien de otra “culturaleza”. De Enrique Dussel llega parte de un libro titulado EL INDISPENSABLE EXCESO DE LA ESTÉTICA, escrito por Katya Mandoki. Aparte del insoportable exceso de “biologicismo” que el segmento contiene (supongo que inevitablemente) se trata de un trabajo que parece proponer la existencia de “gustos”, en cuanto manifestación de cultura, existentes en esferas o campos que trascienden e incluso anteceden a lo humano.

La autora habla de órbitas anteriores a la aparición de la humanidad. El “primus”, certificado por quarks, fotones y electrones; el “secundus” determinado por los reinos animal y vegetal; y el “orbis tertius” (como el cuento de Borges) donde emerge el “cogitans” propio del hecho cultural humano. En dichas órbitas surgen, con características más o menos análogas, manifestaciones que bien pudieran entenderse como sensibilidades estéticas. Se cuestiona así la convicción muy eurocéntrica de que lo cultural surge y es producido exclusivamente por esta gentecita que andando en dos patas abarrotó el planeta hasta llevarlo al colapso actual.

Entre las características usadas por la racionalidad dualista para acotar lo que sería cultura, por contraposición a natura, se encuentra de manera resaltante el lenguaje, cuya aparición se pierde en las profundidades de los tiempos más remotos junto al surgimiento del hombre. En una sección de su libro, que Mandoki llama “MMMMM”, la investigadora ubica el origen del lenguaje. Las necesidades de alimento del bebé y del amamantamiento, por parte de la madre inician el incipiente proceso de significación al activar el aparato bucal con el reflejo de la succión.  De allí que “MAMÁ” sea tal vez el clamor más universal de la humanidad puesto que se pronuncia de manera similar en la mayor parte de los idiomas. La autora lo explica mucho mejor que yo:

“Cuando cogitans cruza del secundus al tertius, del capullo de la semiosis nace el lenguaje, y nace por una buena razón. El llanto del bebé aflora por hambre y el deseo de lactar se expresa en el gesto inicial mmmmmm. No parece casual que en tantos idiomas la palabra para denotar a quien amamanta empiece con  “m”: mama, маҋҡа, mare, mom, moeder, mère, mutter, madre, mãe, матъ, meme, маці, majka, תרטער, manman, matka, mor, ema, (…), mháthair, אאמ, matris, mãte, motina, omn, mor, mati, mӕ, Мatи, mam. El origen del lenguaje probablemente sea resultado del cuerpo que comunica su urgencia por registro somático mmmammmm al imitar con la boca el gesto de mamar, agregando el acústico rítmico con pausas para llamar la atención de maaammamamama. Finalmente el significante “mama” se estabiliza y convencionaliza por hábito como apelativo a la madre con cierto grado de arbitrariedad por costumbre local. El lenguaje se origina no solo de lo mental sino de lo oral, bucal, de mamar”.

En una dimensión más abarcadora (holística le dicen) la expresión quechua “PACHAMAMA” haría parte del citado recorrido, También podrían agregarse, según algunos diccionarios en línea, del wayuu “maachon”, del pemón “amäy” y muchos otros que parecen corroborar la explicación de Mandoki.

“Mamá” es hoy un grito global por la Tierra y por los hombres enfermos. Un grito por la vida. Sin importar el idioma ni el país, las labores de cuidado, asignadas por la cultura del capital a la mujer y particularmente a las madres, dejan de ser una función oscura cobrando desmesurada importancia y visibilidad, aunque no justicia, en el contexto de la pandemia. Quizás sea tiempo de restituir al banalizado Día de la Madre, el origen político que le dio Julia Ward Howe, al llamar en su proclama a un levantamiento de mujeres para evitar que agencias irrelevantes decidan asuntos vitales, impedir que unos hijos sean entrenados para matar a otros hijos y por si fuera poco convocar un congreso por la paz mundial. Algo como lo que intenta hoy el Secretario General de las Naciones Unidas. Ese llamado nunca será un exceso.