LA PESTE – Capítulo 28

Por Marcos Martínez
Ilustración: Martín Rusca

Capítulo 28

Esta mañana tuve una revelación. Desde la ventana de la casona que habito ilegalmente, vi pasar una pareja, corriendo, escondiéndose. Corrían por la calle, reían, a veces se detenían para besarse.

Hoy es viernes, debería decir santo, pero afuera hay poca santidad visible, lo único que podría interpretarse como santo es el santo cuerpo de Monseñor Escalada, que llegó hoy al país desde Roma para ser inhumado. Una decena de personas esperan un cuerpo en el puerto gris mientras la ciudad muere. Un cuerpo viaja por alta mar para ser enterrado mientras miles ni siquiera encuentran sepultura y son arrojados a un pozo sin pena ni gloria. Debe ser todo un honor morir en Roma para un sacerdote.

Ya casi es pascua, pero el Gobierno prohibió las misas y todo tipo de mitin o reunión social. Las calles serían un desierto sino fuera por los saqueadores y los serenos, los de la Comisión y los del conventillo, que viven jugando al gato y al ratón, y de vez en cuando alegran un poco la vista gris y mortecina de esa ventana.

La peste parece reírse de nosotros, siempre encuentra la forma de seguir matando. Quizás el Gobierno por decreto debería prohibir vivir.

Ver a esa pareja esta mañana me llevó a reflexionar sobre la tarea que me han encargado y aunque desde hace tres semanas he torcido o interpretado de manera libre mi mandato, mi encargo, me he dado cuenta de que atravieso por todas las contrariedades de quien tiene su pluma comprometida o alquilada a intereses políticos y debe rendir cuentas a esas gentes que compran la tinta, la mano y la cabeza del escritor.

He llegado a la terrible conclusión de que estas palabras nunca podrán ver la luz, nunca podrán ser leídas por nadie. No sé muy bien por qué sigo escribiendo, quizás para no atragantarme con las palabras o, mejor dicho, con las cosas que vi en estos meses. Es una lástima que tantos inocentes hayan muerto, al principio yo pensaba igual que el Presidente, pero bastó un tiempo de vivir entre ellos para que mi opinión cambiara radicalmente. Pude ver gente amando, ya es tarde. Todo ha sido una desgracia, incluso el tiempo que he pasado escribiendo inútilmente, para nadie.

Debería pensar palabras inteligentes para un final adecuado que será leído por los peces, si es que no han muerto. En otro tiempo quizás pensaría que escribo para Dios, pero en estos tiempos parece que Dios también se ha exiliado. Quizás la peste sea un castigo divino por la guerra contra el Paraguay, como dicen algunos, quizás esta peste sea una forma de misericordia.

Aquí termina mi triple desgracia: la del escritor, la de la persona y la del ciudadano de la peste.

Las nubes comienzan a cerrar el cielo, quizás la lluvia lo arrastre bien lejos y lave la tinta de ese cuaderno, que espero se hunda para siempre en el lugar de donde ha salido este infierno, en las aguas podridas del Río de la Plata, como se hunde mi querida ciudad.

 

FIN