LA PESTE – Capítulo 26

Por Marcos Martínez
Ilustración: Martín Rusca

Capítulo 26

La cal voraz come con desesperación la carne de los cadáveres, quema la piel,  muerde con millones de dientes afilados, es vencida por el agua atrapada en las paredes, que a su vez es vencida por la luz del sol que todo invade, y será vencida por la sombra sin tiempo de la noche; nuevamente vencida por la luz del sol que iluminará las hileras de cuerpos, en las afueras de la ciudad,  hundidos en los millones de dientes de cal. Hambre terrible, interminable. La única hambre que puede considerarse una bendición en esos días de la peste.

El chico de los ojos grandes sabe dónde sacarse la duda. Camina por el empedrado de San Telmo, evita pasar cerca del convento y de Plaza de la Victoria (faltan años para que Sarmiento mande a pintar lo que conocemos como Casa Rosada con cal y sangre de buey). Le teme más al amor que a la muerte, pero sigue, un paso tras otro, tratando de aquietar el corazón. Unos ojos lo siguen hasta que lo pierden de vista apenas cruza el límite del barrio.

Se esconde en el lugar donde la vio por primera vez, como si esa repetición garantizara el resultado. El banco está vacío, ella no vino y quizás no vendrá, se siente estúpido, inútil, no puede hacer otra cosa que llorar.

El llanto pasa, se siente un nadador conteniendo la respiración, bajando las pulsaciones, esperando. Cuando llega la viuda, al fin, su tranquilidad se desmorona.

–Buen día –dice despacio–. Me pareció que era de usted, usted digo.

Ella se sobresalta, pero mantiene la calma, piensa que puede ser peligroso, que le va a robar, que no debería haber salido de la seguridad de su casa.

La viuda toma el relicario que el chico de los ojos grandes le extiende apartando la vista. Mira el relicario, piensa que escondidos en las calles vacías puede haber más: dos, tres, hasta cientos de ellos.  Trata de intuir alguna trampa, pero la mirada de él perdida en los adoquines de la plaza le hace confiar, al menos un poco, al menos por ahora.

–No soy yo –dice al fin cuando se da cuenta de que no hay mayor peligro. 

El chico de los ojos grandes recoge la revelación como una derrota, espera que le devuelva el relicario, pero ella lo guarda entre los pliegues del vestido negro.

Él la siente inmensa, inalcanzable, lejana, gigante, ella lo mira como se mira a una mascota, ese chico sucio, inexperto, pobre, bárbaro, anarquista seguro, el peor partido que puedo imaginar mi padre, un insecto, un ser insignificante sin ningún atractivo, hermoso, piensa, tan pobre y tan hermoso, tan feo y tan hermoso.

–Espera –le dice decidida, él se queda inmóvil.

La viuda camina dos pasos y cuando está frente a él, se saca el guante negro de su mano derecha, él piensa que su corazón va a explotar, pero llega una caricia sobre su rostro curtido a salvarlo, se estremece. Muere la muerte en esa caricia. Los dos sonríen, ella se estira apenas y lo besa, es un beso suave, un roce que termina con el labio inferior de él despegándose de la boca de ella. Un beso infantil, tierno, un beso que no está a la altura de la epidemia que los rodea. Lo intentan de nuevo, esta vez los dos a su tiempo abren la boca, juegan con su lengua, muestran los dientes y muerden. El chico de los ojos grandes piensa en sus manos inútiles y la abraza de la cintura, su tacto se encuentra con la tela más fina que tocará en su vida. A la viuda le gusta la fuerza de esas manos que la atraen y corresponde apretando su cuello, mientras se hunde más en el beso.

Cuando el beso pasa, se miran y corren a perderse entre las calles vacías y apestadas. Van de la mano. Esas manos que hace meses jamás hubieran soñado con rozarse siquiera, se aprietan y se pierden en las callecitas de Montserrat.

El chico de los ojos grandes sabe cómo entrar a cualquier casa y a ella eso le gusta, le atrae.

Una vez adentro, sus manos inexpertas intentan desenlazar el corsé. La viuda está apoyada en el mueble sonríe y duda si ayudarlo o no. Los dedos toscos luchan contra el fino lazo, que por fin cede, la viuda lo abraza con las piernas y lo atrae hacia ella. La tela de la falda y la enagua son nubes que se condensan y contraen. Los pliegues de tela negra los separan, ella siente ese roce y la urgencia de él entre sus piernas.

El corsé está a medio desprender, él compensa la torpeza de sus manos con besos más torpes aún. La viuda lo recorre en una caricia que nace en la nuca y llega al coxis para subir hasta los brazos e indicarle que la abrace, que la apriete, quiere sentirse como una de las bolsas que él estiva en el puerto. Ese abrazo le hierve la sangre.

“Shhh”, le susurra al oído, el corsé a medio desprender puede esperar, la urgencia de su pantalón y la peste también.

Cuando por fin puede desprenderlo, se sorprende del blanco de mármol, del rosa erizado, del rojo claro que dejan uñas, dientes y manos en esa piel resplandeciente.

El chico de los ojos grandes se saca los tirantes, el pantalón cae, de un tirón se saca la camisa áspera, ella se muerde los labios, ese cuerpo castigado es muy distinto del cuerpo de su primo o del que sería su esposo. El cuerpo castigado de un estibador joven, la piel seca y con estrías, la grasa del almidón y del tasajo que compartía con los negros, la diferencia de color entre los brazos algo firmes y tostados y el blanco del pecho. Ni un poco de amarillo en ese cuerpo inexperto, castigado y hermoso.

Él solo quiere levantar su falda, pero la viuda tiene otros planes, lo aleja con una mano en su pecho desnudo, una mano que apenas apoya, logra que él retroceda, se levanta, se desata, se saca la falda y la enagua y las deja caer sobre el piso lleno de cal.

Lo avergüenza sacarse el calzoncillo transpirado, pero siente que se lo debe. Un momento después ella le indica cómo y lo recibe con un grito agudo de animalito. La viuda con sus caderas marca el ritmo, lento, agitado, frenético. La electricidad se propaga por sus cuerpos, es un virus que los infecta por completo.

No importa si es la primera o la última, no importa el tiempo ni la muerte, nada importa más que ellos en ese momento en todo Buenos Aires. Ella suspira profundo para recuperar un poco de aire, él suelta una bandada de pájaros dentro de su cuerpo.