Los trabajadores del turismo no son invisibles y esperan apoyo

Por Mayrin Moreno Macías

 

 

A la hora que sea, un guía de turismo está activo. Así pasan sus días. Aunque son los últimos en la cadena turística, su responsabilidad es titánica. El turista deposita toda su confianza en esta persona, que tiene el compromiso y la voluntad de hacer que la estancia sea inolvidable. Un vínculo inmaterial, vigoroso.

Con el ánimo siempre arriba, llega media hora antes de una excursión.  Prepara lo que necesita para convidar a los pasajeros en el viaje: vasos, gaseosas, alfajores, y controla la lista, que no falte nadie. Una vez arriba de la traffic, saluda al chofer, prueban el audio, el micrófono, se ponen de acuerdo en cómo hacer el recorrido y van en busca de los visitantes. Cada día resulta una nueva aventura: gente de Santa Fe, Buenos Aires, Córdoba, extranjeros; comienzan a charlar, estiran unos minutos la conversa para esperar al que se quedó dormido y en menos de 10 minutos ya se escuchan las risas, historias y preguntas.

Sobrevivir

Los trabajadores del turismo: guías, choferes y las personas que cumplen su labor dentro de una agencia se sumaron a los grandes perdedores de esta sombría pandemia. Se quedaron sin trabajo y sin poder generar algún ingreso. No pudieron laburar en Semana Santa y menos lo podrán hacer en las próximas vacaciones de invierno. “Muchos de nosotros somos sostén de familia, con hijos, casados, solteros, alquilamos, pagamos impuestos, el monotributo. Es un momento ya casi imposible de sobrellevar. Desde marzo sin actividad, estamos viviendo de nuestros pocos ahorros. ¿Y las ayudas? Algunos recibimos el IFE, pero en su mayoría nadie ha recibido nada”, dice Valentín Miri, guía sanrafaelino.

Hoy, un monotributo categoría A está en $2.335… A eso se le sumarían los impuestos, el alquiler, gastos de comida. Valentín sostiene que a quienes dependen exclusivamente de la actividad les resultará imposible vivir. “Algunos están tratando de sobrevivir vendiendo comida, productos de cosmética, etc”.

Hasta ahora han realizado pedidos a la Municipalidad, donde fueron escuchados; esperan una respuesta de la ministra de Cultura y Turismo, Mariana Juri; también han enviado comunicaciones al Gobierno nacional y lanzado videos a través de las redes con el fin de mostrar imágenes de San Rafael o de la provincia y que se conozcan sus caras. Actualmente son unos 70 guías en San Rafael que dependen exclusivamente de esta actividad, algunos integran la Asociación Sanrafaelina Profesionales del Turismo (Asanprotur), otros no, pero todos trabajan por y para San Rafael.

“Es una situación compleja donde sabemos que el turismo será una de las últimas actividades en reactivarse y por ende pasarán varios meses para volver a trabajar en lo nuestro… Somos independientes, pero dependemos de que la gente viaje a nuestro destino, sin ellos no trabajamos  y esto nos hace más ardua la espera”, dice.

 

Video musicalizado por Fabiana Cacace, cantautora y música sanrafaelina

 

Un viaje en palabras al Cañón del Atuel

Una vez con todos los pasajeros a bordo comienza el recorrido. El guía y el chofer se presentan. Las historias de cómo llegamos a ser el San Rafael de hoy, según sea el recorrido, van penetrando como un hilo musical en los oídos de los pasajeros. “Hablamos del sistema de riego que nos permitió llegar a ser un oasis, de las culturas nativas que habitaron Mendoza. En realidad, hay mil formas de empezar una guiada. Cada quien tiene su estilo”, dice Valentín Miri.

En el trayecto al Cañón del Atuel se habla de los distritos por los que van transitando, de los cultivos, del granizo, cada guía habla según el momento o lo que va viendo en ese instante.

Ya de golpe aparece la montaña y explican las diferencias entre Bloque de San Rafael y Cordillera de los Andes y así llegan a una de las primeras paradas, un mirador en el que hacen una introducción a la geología del lugar, de la flora y la fauna. El recorrido continúa hacia El Nihuil, donde algunos van al Club de Pescadores y otros al Dique, siempre acompañados de historias.

“Para distender los nervios de los pasajeros cuando enfrentamos los zigzag del camino, jugamos o hacemos alguna broma y ya luego pasamos a la geología, a explicar sobre hidráulica, volvemos a flora y fauna, ya que hasta cóndores podemos ver en el Cañón, siempre con charlas no técnicas, un poco de música, mostrando las formaciones rocosas y dando pistas para que las encuentren. La idea es que el turista viva la excursión y donde podemos (por cuestiones de seguridad) bajamos del vehículo para sacar fotos, para caminar un poco, para hacer tocar una planta aromática y que sientan su perfume, tocar una roca y sentir su textura, disfrutar del canto de los pájaros”, dice.

Pasan por Valle Grande y, según la época del año, se hacen actividades, en las que el turista vive otras experiencias. Luego vuelven a San Rafael y pasan por una finca o por una bodega con la esperada “degustación”.

“Somos prestadores de servicios, pero ante todo somos seres humanos que hemos optado por trabajar en lo que nos gusta, en amar lo nuestro y darlo a conocer para que el visitante se vaya regocijado de haber estado aquí y quiera volver o invite a sus familiares o amigos a venir, porque cuando un turista se va contento, sabemos que tenemos una publicidad boca a boca que trae más viajeros”.