LA PESTE – Capítulo 23

Por Marcos Martínez
Ilustración: Martín Rusca

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Capítulo 23

El sol se cuela por los vidrios como si fuera líquido, derramándose, la luz se cuela por los vidrios de la ventana como polizón. El barco naufraga, sin que nadie pueda hacer nada para evitarlo. Los náufragos porteños flotan a la orilla de las calles. Una postal de desesperanza.

En ese momento decenas de porteños son alcanzados por la muerte porque se han abandonado. La parca llega antes a quien se entrega, a quien ofrece su vida de brazos abiertos, como si no tuviera otra cosa de valor para ofrecer.

A esa maldita hora la luz cae sobre el esplendor de los muertos.

El chico de los ojos grandes vuelve victorioso con la liviandad de un ejército que acaba de ganar una gran batalla mediante actos indignos, a la hora en que la luz se cuela por las ventanas y el frío húmedo hiere los vidrios.

Mientras festeja su victoria, camino al mercado, con el dinero ya en el bolsillo, piensa en la viuda que una vez vio sola y abandonada, en la plaza. Mientras la ciudad muere, vuelve a mirar el relicario a la luz de un farol de la calle y lamenta no recordarla mejor.