LA PESTE – Capítulo 21

Por Marcos Martínez
Ilustración: Martín Rusca

Capítulo 21

A medida que el ocaso y su telón rosado caen sobre la ciudad y el carro de la Comisión abandona la zona infectada llevando a algún moribundo, el chico de los ojos grandes se mete por una y otra calle, tratando de encontrar despojos y sobras.

Delante de él un cuerpo, con levita y la cadena de un reloj saliendo de un bolsillo. Al darle vuelta comprende que no se trata del dueño de esas prendas, sino de otro saqueador al que la muerte alcanzó antes de soltar el botín. Mira los zapatos brillantes, aunque cubiertos de polvo.

El muerto, aunque no opone la mayor resistencia, yace boca abajo con la mano todavía dentro del bolsillo, cuidando hasta el último suspiro lo poco que encontró.

Es el primer muerto al que enfrenta. Por el tamaño de sus ojos, se deja entrever un tamaño similar de consciencia donde robar es pecado, donde los que roban son los dueños y los trabajadores se joden, pero no roban por dignidad, eso le enseñó su madre desde pequeño, tanto así que antes de robar tenía que hacer un repaso pormenorizado de las razones del delito. Se roba porque la muerte no deja otra salida, porque las tripas no entienden de pecado, porque el cielo y eso del otro mundo es una excusa para aguantarse el sufrimiento de este mundo, se roba porque sí, porque no queda otra. Palabras más, palabras menos, se convence de lo justo de su injusticia y llega a la conclusión de que en esas circunstancias, si él no saquea, otro vendría detrás a saquear lo que alguien saqueó a un hijo de industrial que a su vez ya había saqueado a sus trabajadores. La propiedad es un robo, se repitió para sí mismo, una de esas frases que escuchó en las reuniones a las que fue con su tío Bartolo antes de la peste. 

A pesar del rigor propio de su condición de muerto, el chico de los ojos grandes pudo desentumecer los dedos y arrancar una cadenita que termina en un delicado reloj de plata y algo de dinero.

El reloj de plata tiene el tiempo detenido, muerto, un reloj con el tiempo muerto como sus desgraciados dueños. Entre sus dedos el reloj brilla, a pesar de la oscuridad, está de buenas, día de suerte, hasta sonreír está permitido.

Un débil brillo enlaza el cuello del muerto, con mano temblorosa desabrocha un botón de la mugrienta camisa, el olor putrefacto le da de lleno en la cara, su rostro se contrae de asco y encuentra algo parecido a un relicario. Hace un esfuerzo por tocar lo menos posible la piel del muerto, la piel amarillenta del muerto, porque ese era el color de la muerte por esos días. Mete su mano debajo de la camisa y tira despacio para comenzar a girar la cadenita de plata y encontrar el punto donde se desengancha, pero no hay nada, no hay ningún eslabón distinto, esa cadena no fue pensada para ser desenganchada.

El chico de los ojos grandes mira el techo blanco y perfecto, respira y luego agarra la cadena con las dos manos, después con una, y lentamente va sacándola de la cabeza del muerto, con sumo cuidado, como si estuviera robando a una persona dormida. Alcanza a rozar las orejas, el pelo, el cuello frío y solo piensa en su mamá y su hermano, en la carne que comerán esa semana, la carne que podrán volver a comer porque él se animó a sacarle un collar a un muerto. De apretar tanto los ojos, una lágrima cae: volver a comer carne, como si no hubiera pasado nada. Tiene que cambiar de mano, volver a festejar en una mesa grande. Agarra la cabeza, engancha con un dedo la cadena, la carne y los fideos de la vieja; con la otra mano sostiene la cabeza por el pelo, festeja por ese reloj de plata. En un movimiento rápido, tira de la cadena hacia arriba por ese collar que por fin consigue sacar de la cabeza del muerto.

En el centro del collar un óvalo y dentro del óvalo un retrato. El chico de los ojos grandes piensa no abrirlo, pero después la curiosidad es más fuerte y lo abre.

Dentro del relicario el retrato sepia de una muchacha joven y hermosa. Recuerda la costumbre que tienen los ricos de regalarse retratos cuando se comprometen. Revisa las manos del muerto y no encuentra anillo; o bien alguien se adelantó y robó el anillo, o novio y compromiso están muertos. Se imagina también al saqueador desvistiendo al muerto y poniéndose su ropa, examina su cara curtida de sol y sal marina, de años de trabajo en el puerto. Se lo imagina también entrando al altar de una gran iglesia para casarse con la bella señorita del relicario, ante la mirada atenta de sus padres ricos. Ríe de su ocurrencia y guarda el botín en el bolsillo.

Se despide del muerto con una mirada y media sonrisa de agradecimiento, sale a la calle de otoño de nuevo, a la realidad, a esa realidad donde hay que hurgar entre los muertos para conseguir el pan.

Doblando en una esquina siente pasos y una cercanía, piensa en la Comisión y en la cárcel, pero después los pasos desaparecen.