LAS LETRAS DEL ROCK | “El revelde”

Carolina Elwart
Leandro Ubilla
José Luis Morales

Desde 1901 el servicio militar obligatorio atravesaba las identidades juveniles y el año 1988 no será la excepción. En una escena en la que la democracia y el Estado de Derecho se veían arrinconados por las alzadas militares de los “carapintadas” Aldo Rico y Zeineldin, “el Chizzo” no pudo zafar de la colimba. Ese año vio aplazarse un sueño, una idea que, sembrada en su interior con experiencias previas, crecía irrefrenable también en los corazones de Locura Dilelio y los hermanos Tete y Tanque Iglesias.

El barrio de Mataderos fue el escenario donde finalmente el hijo deseado nació en diciembre del 88: La Renga. Una banda intensa, áspera, constante e independiente desde sus inicios, que entre carrasperas venenosas dio duros golpes a la escena rock desde su primer disco: “Esquivando charcos”, despedazando el sentido común del rock nacional.

En “El Revelde” se rebela a la  ortografía, el sujeto está en primera persona, representa ese modo de ser que no puede adaptarse a la sociedad, se anuncia ajeno a este mundo que ya “estaba enchufado y funcionando”.

Es el tipo que siempre acota algo en la familia y se arma bardo, ¿les suena? No puede ser socio de esta sociedad, prefiere estar al lado del camino, no transa. El caminito no es el del tango, ni tampoco el que lleva al cielo. El camino es uno nuevo, que se hace al andar, como el de Machado.

La Renga vivió la segunda década infame, de transas, corrupción y fiestas para pocos. Su lugar en el rock es la distorsión, no tiene religión ni política, nada lo convence. La rebelión como forma de vida, el inconformismo a seguir padeciendo en silencio o no tanto, la voz ronca del Chizzo nos hace sentir parte del grito de inconformidad. La miseria y el hambre en oposición a los ferraris, la pizza, el champagne, el derroche frente a la pobreza…

La Renga es el rock que viene a rebelarse desde el barrio al mundo fastuoso. El rock barrial le dará otra impronta al rock argentino, ser auténtico será no dejar nunca de ser del barrio.