LA PESTE – Capítulo 19

Por Marcos Martínez
Ilustración: Martín Rusca

Capítulo 19

La viuda todas las tardes cierra la puerta de su casa, dobla en la esquina, procura no ser descubierta, cruza la calle y se sienta a ver la ciudad morir.

Vestida de negro con el pelo recogido y las manos cruzadas sobre la falda, contempla ese amanecer del infierno, un infierno infinitamente más benévolo que el de su casa.

No resulta fácil encontrar partido y menos uno bueno. Nadie en su sano juicio celebra una boda en medio de la catástrofe. El casamiento siempre es una transacción financiera, un contrato que conviene a las dos partes, y si bien siempre hay una parte que se ve beneficiada con la muerte del cónyuge, celebrar ese contrato en estas circunstancias es una locura. Es cierto que los herederos también se benefician, hablando de bienes muebles e inmuebles, pero si no existe descendencia, es sólo una parte la favorecida.

En las circunstancias actuales nadie quiere regalar parte de su patrimonio a una que ya carga con un muerto en su haber. Por suerte, la pobre familia del novio lo ha perdido sólo a él y no a la parte de sus bienes en manos de esa trepadora.

Abandonar Buenos Aires, como tantas otras familias de bien, parece la única salida.