Carta de un artista independiente en el Día Internacional del Trabajador

Por Brunitus

 

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Soy artista callejero, artista de circo, artista independiente. Esa es mi profesión, mi trabajo. Hoy es el Día Internacional del Trabajador y no voy a escribir defendiendo al arte como un trabajo digno, creo es un debate obsoleto. Voy a escribir sobre el arte como una profesión misteriosa e inclasificable.

La fábrica de las ideas está dentro de cada artista y no hay manera de definirla y mucho menos monetizarla. Y eso, para muchos, es un problema. Cuánto vale el arte. Para algunos, si el artista es famoso vale más, porque su nombre se transformó en una marca. Para otros, una obra de teatro que dura una hora vale más que la que dura 45 minutos, un cuadro de tres metros de alto vale el doble que un cuadro de un metro y medio. Ponerle precio al kilo de arte le simplificaría la cosa a más de una persona. Pero no funciona así. Ni tampoco asá. El arte no es funcional. Como escribió un poeta amigo: “el arte no sirve, ni se come, ni construye un edificio, ni se sirve en un plato, ni es siervo de nada ni de nadie”.

El trabajo está asociado en gran parte a jornadas laborales, resultados de ventas y productividad. Y cuando nos quieren encajar a la fuerza en esa definición, suelen pasar tres cosas: o el arte no encaja, entonces no es un trabajo; o encaja de manera precaria; o encaja a la perfección y se transforma en algo que vende mucho y produce mucho. El arte independiente está siempre entre las primeras dos opciones.

Hoy es el Día Internacional del Trabajador, en plena pandemia mundial, y se habla mucho de necesidades básicas. Y nuevamente aparecen las definiciones donde el arte no encaja.

Hoy es el Día Internacional del Trabajador y está lleno de artistas con su arte mirando la caja vacía, mirando la heladera vacía, pensando en cómo meter sus ideas en la caja que encaja o dejar sus ideas de lado y meterse ellos mismos.

La heladera vacía no es un cuadro, ni una escena de película, tampoco tiene de fondo una melodía que la transforma en un momento poético. La heladera vacía no es una metáfora, ni una hipérbole, ni una paradoja, ni una perífrasis, ni ninguna figura retórica. La heladera vacía es la realidad de muchos artistas independientes en el Día Internacional del Trabajador, en plena pandemia mundial, y para los diccionarios el arte no es una necesidad básica y tampoco un trabajo.

 

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