LA PESTE – Capítulo 18

Por Marcos Martínez
Ilustración: Martín Rusca

Capítulo 18

El chico de los ojos grandes siente los ruidos de su madre saliendo al patio de la vieja casona de San Telmo. Por fuera el candado y restos de cal y por dentro los pasos mudos de la madre buscando el té que deja secar del día anterior. Por fuera el silencio, por dentro ruidos casi imperceptibles. Es una desgracia madrugar en medio de la peste, apenas el rocío termina de cubrir los cadáveres y otros elementos del paisaje.

Meses antes la madre hace todo el ruido posible: pasos, corre muebles, deja caer la tapa de una amasadora, incluso recuerda alguna canción perdida a toda voz. Antes ella quería que se despertaran a contemplar el día, para buscar trabajo o salir a trabajar, para vivir, para recibir la ayuda de Dios a cambio de madrugar, porque “la cama es la madre de todos los vicios”, pero eso era antes. Ahora, con la peste, camina como rata, las canciones son lágrimas silenciosas y todo ruido es inútil, inútil como buscar la bendición de un Dios que parece haber abandonado la ciudad a su suerte en el mismo tren que funcionarios y ricos.

La peste arrastró al padre de los hermanos al fondo de la vida. Ella piensa que el sueño los protege, el sueño guardián de la vida. Piensa que “el sueño cura” y deja que sus hijos beban ese bálsamo.

Ojalá toda Santa María de los Buenos Aires se quede dormida hasta que la peste pase. Ojalá se curen de la peste porque, aunque no la tengan en el cuerpo, la peste está en el alma, el espíritu y los ojos; todas esas cosas que se tienen y no se  pueden ver, todo eso de lo que se habla en misa.

El chico de los ojos grandes comprende la razones de su madre, su noble propósito: alejarlo de la peste y de la realidad, pero el sol del otoño seca las hojas y es difícil no escuchar caeres y crujires de hojas muertas en tanto silencio. El niño de los pantalones grandes duerme y emite pequeños ronquidos. Afuera los pájaros cantan en sus ramas, parapetados, escondidos, los pichones reclaman comida en sus nidos y es realmente muy difícil no escuchar. Los pequeños ronquidos de su hermanito, el cantar de los pájaros y el silencio de su madre dibujan una sonrisa y dan paso a una pequeña lágrima que crece para encontrarse con ella. Le gustaría estar hasta medio día así con esas lágrimas a cuentagotas, recordando al padre, a los amigos, a la vida de antes, pero también hay otro llamado, el llamado de las tripas hambrientas que se retuercen sin entender razones.

Se levanta, se viste y tal como hace su madre, trata de no hacer más ruido del necesario para proteger el sueño de su hermano. Su madre lo recibe silenciosa e invadida por la tristeza, más que otros días, y le sirve una taza de té sin el lujo del azúcar. Él agradece y da pequeños sorbos tratando de ocultar la tristeza.

 Vivir, respirar, comer son lujos. El chico de los ojos grandes se despide silenciosamente de su madre con un beso en la frente, le hubiera gustado abrazarla, pero no sabe si está permitido o si lo estaba antes. Cuando cruza la puerta, su hermano despierta, también sin hacer demasiado ruido, quizás por imitación.

Un beso en la frente, “así se saluda a los muertos”, y no puede hacer otra cosa que arrepentirse.