LA PESTE – Capítulo 17

Por Marcos Martínez
Ilustración: Martín Rusca

Capítulo 17

¿Quién va a trabajar en el puerto ahora que los portuarios se pudren en la tierra, el aire o el agua?

¿A quién le toca el traje de esclavo ahora que los negros mueren de a puñados? No quedan ni carpinteros que hagan ataúdes. Algunos ricos mueren, pero para qué sirven los ricos. ¿Acaso no se podría celebrar misa sin un rico? Los buitres se disputan o se disputarían sus fábricas, sus pertenencias. Los ricos son intercambiables, pero los trabajadores y los negros no, no tanto. Un rico sirve sólo para ser rico, pero un pobre y su trabajo a destajo mueven las ruedas de la historia. Ruedas, estancadas en el barro de la peste y el progreso.

De nada vale vivir en un mundo que ya nadie construye, aunque sea por monedas. La esperanza muere y eso no es lo peor, lo peor es su olor a naranjas podridas, a flores marchitas.

La lluvia acaba de irse y se atreve a dejar algún arcoíris dibujado por la ciudad. Es esperanzador verlos. Gracias a la lluvia, los adoquines reflejan el cielo en su esplendor y brillan los rayos del sol que alcanzan a atravesar las nubes. Repito, el panorama es esperanzador. Buenos Aires parece Venecia, pero no la de la peste.

Esa mañana el cronista se atrevió a escribir: “Entre el viejo mundo y el nuestro siempre nos disputamos habitantes. Cuando las gotas parecían ya suicidarse contra el suelo, me atreví a dar un paseo”.

Un pensamiento lógico y coherente con la justicia poética sería que poco tiempo después de escribir estas palabras el cronista muriese, aunque con una sonrisa esperanzada e inútil en el rostro, como ese delfín francés que se atrevió a desafiar a la peste diciendo que la peste no ataca a los nobles y al poco tiempo miraba crecer las flores desde abajo.

Cuando el cronista dice “el viejo mundo y el nuestro”, ¿habla de Europa o habla de algún tipo de infierno, o cielo? Pensar en el mundo de los muertos como lo viejo no es descabellado, pensar la vida como novedad tampoco, Europa muere todo el tiempo, América siempre está naciendo, Latinoamérica siempre está naciendo, aunque desde hace un tiempo no pare de morir. Se necesitarán varias guerras y miles de pestes para matarla. Muchas veces escribieron su certificado de defunción, pero nadie se atreve a firmar, porque cuando parece que ya no hay esperanza, un latido se asoma a la superficie. El latido se vuelve estruendo, río crecido, imparable, y de nuevo la mordaza, el veneno, la horca, pero la vida se impone, como esta mañana, cuando un arcoíris le crece a la peste y el cronista escribe que está en nuevo mundo. El nuevo mundo late dentro del viejo, pero esta es una idea mía, no del cronista.

Muchas veces los males endémicos no siguen estructuras o reglas lógicas, sino que se dejan llevar por un complejo azar. El presidente de la Comisión, Roque Pérez, y el Dr. Muñiz murieron por los males que combatían.

A pesar de su linaje, el novio fue uno de los primeros en morir, aunque pensándolo mejor, dentro de un pozo, pudriéndose en la tierra o incinerados, el orden de los cadáveres poco importa.

Ni en su mejor libro Sarmiento, el presidente, pudo imaginar mejor escenario para que su idea de civilización se aplicase de forma tan macabra. Los extranjeros se convirtieron en nativos con un pedazo de progreso donde pastan animales. Tierra para los extranjeros que eran civilizados y remingtons para los nativos que eran extranjeros.

Algunos nativos buscaron patria más lejos, en las montañas, donde no se puede pastar, pero luego también la minería, otra vez el progreso, vendría a correrlos a los tiros con su sed insaciable de divisas. Entre los extranjeros civilizados no todo es trigo limpio, hay que separar la paja del comunismo, del anarquismo, del inmigrante que sabe que la fuerza está en la unión y la civilización impuso leyes de residencia, infiltraciones, cuerpos policiales y parapoliciales. Los necesitan para el trabajo, no para la rebeldía, y menos que menos para la igualdad. Al Estado le importaban sus manos y su espalda, no sus sueños y sus tripas.

Los nuevos bárbaros, ahora sí extranjeros, se las arreglan bastante bien, a pesar de todo, para comenzar a gritarle al mundo que en esa tierra de oportunidades las bellas declaraciones no alimentan a nadie, y su causa comienza a prender en los criollos, también considerados bárbaros, extranjeros.

Vino la peste con la fuerza de una bendición para la civilización, como una venganza a tanta sedición y falta de respeto, vino justo en el Carnaval, cuando los bárbaros creen ser libres. Vino a acabar con sueños y soñadores.

Ni en sus más floridas fantasías Sarmiento imaginó poetas y doctores civilizados desalojando bárbaros y siendo aplaudidos por bárbaros, una fuerza policial de poetas que reciten endecasílabos mientras quema las pertenencias de algún pobre, pobre bárbaro, pobre extranjero. La barbarie al fin y al cabo no es una cuestión de puntos de vista o patrias, sino una profunda diferencia de clase.

Pero la peste empezó también a tener algo de barbarie y las bajas comenzaron a hacerse sentir entre civilizados. Muchos, por primera vez, sintieron temor, experimentaron la sensación de no tener nada más que una cabeza sobre el cuello que podían perder en cualquier momento. Imitaron a su presidente y partieron al interior, como si Buenos Aires quedara en el exterior, a Provincia, o más lejos de la peste todavía. Comenzaron a erigir, de nuevo, su imperio, y tuvieron a quién civilizar en jornadas de sol a sol; consiguieron tierra por centavos, vendida por militares, coleccionistas de orejas de indios. Recién cuando llenaron barcos y barcos de ganancias, respiraron tranquilos el aire de la civilización, sólo entonces.         

No sólo el presidente Pérez muere, el futuro también: la mitad de los muertos son niños.