LA PESTE – Capítulo 14

Por Marcos Martínez
Ilustración: Martín Rusca

Capítulo 14

Cuando el ocaso se cierra en los conventillos del puerto, meten a los empujones a algún infectado al coche y parten al viejo hospital italiano, el improvisado lazareto. Detrás de las ventanas de grandes arcos algunos ojos apuestan sobre la cantidad de recién llegados, tanto en el coche de la Comisión como en los de la Policía.

Los primeros días de la peste, familiares, vecinos o amigos llevaban al enfermo apenas aparecía un síntoma, un gesto, algo, cualquiera cosa que en su cuerpo hablase y dijese que la fiebre amarilla había llegado. Ahora, cuando todos saben que de nada sirve, desisten de esa costumbre, prefieren que el muerto muera en casa.

La Comisión no puede permitirlo. Un enfermo, o un muerto, puede contagiar en cuestión de días a un centenar de personas.

Los pacientes desprecian la precaria atención que pretenden darles, y cuando las fuerzas se lo permiten, se ponen violentos, encendidos. Los enfermeros o curas se les tiran encima y consiguen apaciguarles, maniatarlos y llevarlos a un precario catre en estado de observación.

Lo único que hacen los pocos médicos y enfermeros es observar, esperar que el paciente muera, ver cómo esa rara enfermedad se devora la vida de los cuerpos en un par de semanas. Era difícil que alguno de los que llega a observación no termine contrayendo la enfermedad. Si no la tenía, se contagia en la sala de observación.

En las habitaciones dos hileras de catres, la paz, el silencio, la luz amarillenta y agonizante. Esa paz alguna vez es rota por alguno o alguna que se levanta de sorpresa  y quiere volver a casa. 

Tres miembros de la Comisión observan las camas.

–En la peste negra el único que sobrevivió fue el enterrador –dice uno mientras se seca el sudor de la frente con un pañuelo de seda. Su vista se pierde entre las camas.

–Dicen tantas cosas…

–Capaz que en una de esas no nos toca.

–¿Usted enterró a alguien? –responde Pérez, cerrando la conversación.

Desde el fondo del pasillo, otros dos señores de traje avanzan, uno de ellos se acerca al Presidente y le extiende la mano.

–Buenas tardes, Sr. Presidente, siempre quise conocerlo –dice el cronista.

–Buenas tardes –contesta el Presidente.

–El señor Carriego.

–Un gusto realmente –Carriego extiende la mano.

–El gusto es mío –dice el cronista.

–El señor que me acompaña es un secretario del Presidente.

–Raro ver funcionarios por acá, pensé que ya no quedaba ninguno.

–Me han encomendado escribir una crónica sobre los sucesos que vive la ciudad y he decidido quedarme por ese motivo.

–Loable tarea –dice Guido y Sprano.

–Más loable y más útil sería que salga a patrullar con nosotros –contesta seco el Presidente.

–Tal vez mañana.

–¿Mañana? ¿No le parece incierto hablar de mañana? Vaya eligiendo una cama, amigo, en una de esas seremos vecinos de agonía –dice el Presidente.

No falta tanto para que él ocupase una de las camas, alejada de las ventanas. Pedirá no ver la catástrofe. En el fondo agradecería a la muerte que por fin había aterrizado y anidado en él después de sobrevolar años sobre su cabeza, sobre su familia, sobre cualquiera que se atreviera a tenerle cariño.

Semanas después el Presidente de la Comisión ,en la dulzura de sus delirios, susurra, sonríe, abraza a sus muertas y ofrece su frente para ser besada.