El pibe que cruza el río Grande y la romantización de la crisis

Por Bautista Franco

 

 

Agustín se tira todas las semanas por un ferri colgante y pasa, haciendo fuerza, por arriba del río Grande. Del otro lado están esperándolo unos docentes. Lo filman para mostrar el esfuerzo del joven que, de boina, sonríe a la cámara. Las redes sociales explotan de bendiciones, likes y compartidos y los políticos aplauden la convicción malargüina para estudiar. Y así, una vez más, se esconde bajo la alfombra y frente a todos lo que pasa en el territorio mendocino.

Nadie pregunta cómo está Agustín, solo aplauden el heroico estoicismo estudiantil. Buscan héroes fácilmente entre la cruel realidad de un joven que tiene que galopar, nadie dice cuánto, para llegar al río y allí cruzar a pulso para recibir una cartilla con actividades y mercadería. Nadie pregunta qué come Agustín, nadie pregunta qué vive, si la helada cae fuerte y por qué al Sur hay un lugar donde la ayuda viene de un par de docentes con una bolsita de mercadería que aún no abandonan la tarea que les toca, que no dan en la facultad. Nadie pregunta, pero las editoriales son rápidas al publicar porque va a ser viral seguir haciendo romances de la miseria. Es más barato convertir en héroes a todos: si a los muertos se los ve más bonitos en una bandera, a estos chicos es más fácil verlos en Twitter, que la rompen.

Y el mismo artículo te enlaza a los que caminan 15 kilómetros para llegar a la escuela: el abanderado descalzo, los chicos que cruzan el río en bote y los docentes que construyen las escuelas con barro para que los chicos no mueran de frío. Detrás de eso están las responsabilidades de quienes siguen construyendo héroes para tapar el sol con el dedo.