LA PESTE – Capítulo 10

Por Marcos Martínez
Ilustración: Martín Rusca

Capítulo 10

Querida, puta, trepadora, amante, mujerzuela, cualquiera,

                                                                  OTRA.

Contrajo el virus al internarse en la fresca carne, al respirar cerca de ella después de amarse mientras amanecía en el puerto, quizás se amaron en alguno de los departamentos de su padre.

La viuda no sabe qué sentir. “Esas historias es mejor no saberlas, mantenerlas escondidas, después de todo es bastante común buscarse una mujerzuela de esas antes de casarse”, dice su confesor. “Hay que aprender a perdonar”, pero en todo caso ella no tiene nada que perdonar. A su prometido sólo lo había visto dos veces y una de ellas fue en la cena de anuncio del compromiso. Qué podía perdonarle a un  desconocido. “los hombres necesitan descargar y es mejor que lo hagan con otra que con una, la naturaleza del hombre es así”, dice su prima, la única que puede considerarse algo cercano a una amiga. Pero entonces si es algo tan común y al tipo no le importa en lo más mínimo, ¿por qué le duele el engaño? Respeto, absurdo respeto. Mantener las formas. Ella también tiene ganas, ella también arde, pero el deber de señorita amordaza su deseo. ¿Por qué no se insinuó? ¿Por qué no la buscó? Ella estaba resignada al casamiento, pero el deleite carnal es un premio consuelo, al menos por un tiempo, hasta que el tedio hiciera que los dos, que no se eligieron, eligieran amantes. Para ella no sería fácil, mientras que al difunto, seguro, le alentaban todo tipo de aventuras amorosas.

Por un momento quiso saber el nombre de la otra, dónde se habían conocido, por qué la eligió, qué le gustaba de ella, qué habilidad tenía en la cama, pero pronto se convenció de la inutilidad de sus preguntas.

La viuda guarda el secreto de su virginidad perdida a manos de un primo hace tres años. Él no la obligó, los dos se buscaron, meses y meses de insinuaciones, hasta que una “casualidad” hizo que quedaran solos en casa de ella durante un aguacero.

Después de esa tarde volvieron a amarse varias veces, incluso después del casamiento de él, pero siempre prometían que sería la última.

Una de las cosas que la hace sonreír cuando piensa en el casamiento es conocer otra piel. Algunas noches imaginó y algunas hizo algo más.

Su prometido está muerto y enterrado. Es una muerte oportuna, murió antes del casamiento, antes de que estallara la gran epidemia y a los muertos se los tragara la tierra de a cientos.         

La muerte cubrió a los tres: al novio, su querida y su viuda, con un manto de bondad. No se puede preguntar nada. ¿Por qué elegir la carne joven pero pobre, la carne del puerto, de una inmigrante, de una impura? ¿Sería la única o habría otras para descargarse?     ¿Qué sabor tiene la carne pobre que no conoce del carmín, ni los polvos que blanquean la carne, ni los perfumes de artificio, ni el jabón que no sea de cebo rancio? La viuda pronto podrá contestar algunas de esas preguntas.