Armstrong en el exilio

Rúkleman Soto

 

 

Santa Rosalía 1930

Santa Rosalía

El 4 de agosto de 2017 escuchamos el blues “St. James Infirmary”, que fuera popularizado por Louis Armstrong en 1928.

Era un viernes un poco melancólico, a pesar de la intensa luz y el jaleo urbano del fin de semana, quizás se debió al sonido de bronce que sobrevolaba la tarde desde los campanarios de la iglesia de Santa Rosalía, un templo de fachada neoclásica en medio de la parroquia caraqueña, sitiado por casonas ruinosas convertidas en pensiones, fruterías, licorerías y abastos enrejados.

Nos  pertrechamos de legumbres, un litro de ron, algo de pan y subimos al apartamento para celebrar un cumpleaños que al mismo tiempo era éxodo, migración, despedida. La noche entró por el ventanal persiguiendo las últimas campanadas. Cocinamos, bebimos, leímos poemas y oímos música. “El Búfalo” (Eduardo) sugirió escuchar el tema y nos topamos en la web con una versión de 1959. Para entonces Armstrong ya era el legendario “Satchmo”.

St. James Infirmary hace referencia a un tópico recurrente en la tradición de la música negra estadounidense que retrata personajes y escenarios pauperizados. Una chica, parecida a las que desafían virus y bacterias a bajo costo en la plaza La Concordia, yace muerta en un hospital. El tema remite a un cortejo fúnebre en las calles plomizas de un paisaje inmóvil “como estatuas que se hablan”, podría decir Camus, con su manera particular de increpar lo absurdo.

La vara de un trombón que parece atravesar la tierra como una lenta puñalada abre el séquito, lo acompaña un clarinete, hasta que el sollozo de la trompeta de Louis irrumpe entre unos platillos que echan chispas. El piano sonríe, es acaso “una manera más tierna de llorar”, y vuelve a la penumbra. Le sigue el coro de voces que se postra discreto pero irreprimible, ahogándose como el gemido asordinado del trombón.

Louis aguanta el llanto de la trompeta, frasea el relato con esa voz grave de growling sound: “fui al St. James Infamary / vi a mi nena ahí  / ella estaba tendida en una larga y blanca mesa / tan fría tan dulce tan bella / déjala ir déjala ir dios la bendiga”. El clarinete asiente comprensivo y acompaña a aquella alma afligida durante toda la canción. “Ella puede buscar sobre este ancho mundo pero nunca encontrará un hombre tan dulce como yo”.

─¡Presumido! (bragging), gruñe Louis socarronamente, como si supiera que el personaje espera reunirse con ella cuando llegue su hora y por eso quiere estar elegante para la ocasión, “cuando muera entiérrenme con los zapatos de cordones / un traje nuevo a cuadros y un sombrero Stetson / con una moneda de oro de veinte dólares en mi reloj / así los hombres sabrán que morí bien”. La marcha de metales luctuosos prosigue, un largo quejido de trompeta anuncia el final sin gloria.

 

Juan de Borgoña Conquista de Orán

Orán

St. James Infamary reaparece en Orán en 1947, de la mano y la pluma de Albert Camus, en esa metáfora del exilio que es “La Peste”, novela que anula el viaje como narración y transcurre detenida en el mismo lugar de encierro: “durante ese tiempo no se produjo nada que no fuese ese continuo dar vueltas sin avanzar”. Rambert, un periodista con más vocación para el amor que para las noticias, hace sonar la canción en un gramófono. El personaje está confinado, no puede escapar para alcanzar a la mujer amada.

Por su parte, el Dr. Rieux hunde al ser amado “en un sueño sin orillas que solo pueda terminar el día del encuentro”.  El problema es que no se sabe cuándo acabará aquel (este) destierro. La separación se hace interminable, por eso escribe: “Nuestro amor estaba siempre ahí, sin duda, pero sencillamente no era utilizable, era pesado de llevar, inerte en el fondo de nosotros mismos, estéril como el crimen o la condenación. No era más que una paciencia sin porvenir y una esperanza obstinada”. Rieux no volvería a verla: “Déjala ir déjala ir dios la bendiga”. Vuelvo a escuchar el ronquido del legendario “boca de bolsa” (Satchmo), un poco como Rambert que puso el disco a sonar diez veces en un día para concluir que es absurdo.

En este momento todo el mundo es Orán. Estamos averiguando, igual que en “La Peste”, cómo se trabaja, cómo se ama y como se muere, proscritos y separados en la inmovilidad planetaria.

La frontera atestada de gente que regresa a Venezuela me recuerda a Rieux cuando veía cómo “habían terminado por adoptar el traje del papel que desde hacía mucho tiempo representaban: el papel de emigrantes, cuya cara primero y ahora sus ropas hablaban de la ausencia de la patria lejana”. Satchmo hace un guiño y sigue cantando: “un traje nuevo a cuadros”. En las afueras de este país hombres y mujeres comienzan a despojarse del traje, cansados de jugar ese papel en un mundo sin sentido ni pertenencia.

Hay otros ostracismos que los distanciamientos profilácticos nos imponen, destierros preventivos, ásperos preservativos sociales sin látex, sin lubricante, sin aceras venéreas, sin vida, sin muerte, sin ternura. “Ella puede buscar sobre este ancho mundo pero nunca encontrará un hombre tan dulce como yo”.

 ─¡Bragging!