A propósito de “Poco ortodoxa”

Por Mariano Dubin

 

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El mundo liberal progresista es ortodoxo por naturaleza. Un poco, digamos. Se presenta como la última etapa de la condición humana, su momento de liberación, que ya ha atravesado “la idea” que “lo ha libertado” del atavismo cultural y el primitivismo social, sin dejar de replicar, por cierto, la estructura del pensamiento mítico judeocristiano.

Y la industria cultural del progresismo es eso: reforzar todos los slogans de que tu vida es libre y crítica y la de los otros, no. Los otros son unos retrógrados que por pobreza, religión, etnia o vaya a saber qué otra cosa tan desagradable quedaron a un costado de la Modernidad.

No voy a discutir nada en particular para no entrar en algún patético intercambio. Pero el célebre rabi Najman de Breslav, uno de los grandes pensadores jasídicos, en una parábola que anticipa a Kafka, escrita a finales del siglo XVIII, contó sobre un príncipe que se sabía pavo. Y, por lo tanto, decidió vivir bajo una mesa desnudo, como su naturaleza mandaba.

El rey convocó a los médicos más importantes y nada pudieron hacer; a los sabios y astrólogos y también fracasaron; buscó a los hechiceros más reconocidos de la época y nada se pudo. Pasaron los años y el príncipe vivía como un pavo bajo la mesa. Hasta que un día llegó un sabio desconocido. Él aseguró que curaría al príncipe. Como los reyes ya estaban desesperanzados, permitieron al desconocido entrar al castillo. El desconocido se desnudó y se puso bajo la mesa:

–¿Pero qué hacés acá? –dijo el príncipe.
–¿Qué hago yo? ¿Qué haces tú? Yo soy un pavo.
–Yo también y por eso vivo bajo la mesa.

Los dos se hicieron grandes amigos. Pasaron las semanas hasta que un día el príncipe vio que el otro pavo tenía puesta una remera.

–¿Pero qué haces con una remera? ¡Eres un pavo!
–Un pavo no deja de ser pavo por usar una remera de hombre.

El príncipe se quedó pensando pero, finalmente, le dio la razón. Otro día lo vio vestido completamente y al ser interpelado volvió a contestar: “A un pavo no lo hace la ropa. Es más, hoy saldré de la mesa y comeré con los humanos”.

–Infeliz. ¿Cómo te atreves a hacer eso si eres un pavo?
–¿No lo sabes? No importa si vistes como un hombre, si comes como un hombre, si hablas como un hombre. Si eres pavo, seguirás siéndolo.

El príncipe se quedó pensando, pero aceptó el argumento. Ambos se levantaron y esa noche comieron en el palacio real un gran banquete.

Uno nunca sabe la verdadera naturaleza del hombre: tal vez sea un pavo que solo se comporta como humano.

Como toda parábola, tiene muchas interpretaciones. Me interesa que resalta algo que ya hemos olvidado: la complejidad de la naturaleza social y humana. El mundo no se complotó para que nosotros los liberales y modernos seamos el último eslabón evolucionado de la humanidad. Tal vez sea un “poco ortodoxo” pensar así. Tal vez haya más mundo un poco más allá de nuestras ideas.

 

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