“Sopa de jodeos”

Por Rúkleman Soto

 

Circula por las redes un corpus de artículos publicados por eminentes pensadores en distintos medios digitales. Son textos reunidos por la Editorial ASPO  (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio), de Pablo Amadeo. Se titula “Sopa de Wuhan”. Levantó críticas que le echaron leña al fogón. “Nada nuevo”, se dijo. Si no es nuevo, no es noticia. Ahí fue cuando me provocó leerla.

Me gustó que frente al tema universal de la pandemia, los intelectuales se metieran en el terreno cambiante de la inmediatez periodística, generalmente más opinadora que pensadora, más cruda y concreta que eminente y abstracta, por no cocinarse en el fuego lento de la reflexión filosófica. Este deslizarse hacia la crónica por parte de las ciencias sociales y humanísticas, que suelen ver al periodismo como una especie de arte (techne) menor, tampoco es nuevo.

Por ejemplo, en pleno desarrollo de La Comuna de París (marzo-mayo de 1871), Carlos Marx hizo la crónica de aquellos acontecimientos en un breve trabajo llamado “La guerra civil en Francia”, publicado apenas un mes después. A siglo y medio de esa declaración a favor de la rebelión obrera, su vigencia es clara en el marco de un Estado corporativo global por el que todos hemos sido precarizados, frente al que la solidaridad deviene vital y donde la superación del modelo de consumo y acumulación es un imperativo urgente. La otra opción es dejar que se nos empiche por completo la sopa planetaria.

Por ahí van los contenidos más o menos utópicos, más o menos recalentados, más o menos insípidos de esa sopa de letras, en su variedad multisapiente, multisápida y, por momentos, hasta multinacional, que es “Sopa de Wuhan”.

 

Una receta simple (FTE+PCP=NLP)

Yo había leído tres de los trabajos que figuran en la compilación. “La invención de una epidemia”, de Giorgio Agamben, me dio la impresión de un bizcocho que quedó quemado por fuera y crudo por dentro. El surcoreano Byung-Chul Han no sabía que la “unión” europea es una falacia. Vive en el mero centro de Europa pero ignora que Occidente también vigila y castiga. Al parecer, desconoce que existe una Ley Patriot, de Estados Unidos, con alcance extraterritorial que incluye la intervención de las comunicaciones personales. Olvida que la Web conoce cada vez mejor nuestra privacidad. Puro arroz sin sal, diría mi abuela. Su artículo se pasa de socrático: solo sé que no sabe a nada.

Hubiera tenido que echarle más agua a la sopa de no haber sido porque me llegó el artículo “Política anticapitalista en tiempos de coronavirus”, en el que David Harvey explica cómo se incubó el virus del consumo, reduciendo prácticamente a cero la rotación consumista hasta que estalló y se propagó de manera exponencial una suerte de fiebre turística mundial que ascendió de 800 millones a 1.400 millones de visitas en solo ocho años. Ese reciente “consumismo instantáneo” requirió una impresionante infraestructura global y una colosal mano de obra. “Este lugar de acumulación de capital ahora está muerto” ─apunta Harvey─, dejando suelta una pandemia que establece claras distinciones de clase, de género y de raza. Ahora mucha gente se encuentra desempleada, en la calle o expuesta al trabajo de atención y servicio al que otras capas de la sociedad no se exponen.

Infobae dice en una nota que el Bronx ha puesto el 20% de las muertes en Nueva York. Un concejal de nombre Ritchie Torres afirma que “el Bronx no solo tiene una mayor prevalencia de condiciones preexistentes, sino que también tiene una mayor representación en la fuerza de trabajo esencial”. El “supercool” Triangle Below Canal Street (TriBeCa), ubicado en Lower Manhattan, es distinto, no concentra la fuerza de trabajo esencial (FTE), ni la prevalencia de condiciones preexistentes (PCE), que sumados significan negros y latinos pobres (NLP). La receta es simple (FTE+PCP=NLP) para la mano invisible del matadero y un redivivo apartheid contra quienes se exponen por razones laborales. Nada nuevo.

 

Campaña suicida de vacunación

Esta reseña no se propone sopetear todo el caldo de Wuhan, pero no puede quedar por fuera el trabajo de Patricia Manrique, “Hospitalidad e inmunidad virtuosa”. Sucede igual con el de Paul Preciado, “Aprendiendo del virus”. Sus aportes ayudan a la lectura crítica de la realidad que el mundo vive y que se nos presenta absurda.

Lo que se ha denominado “paradigma inmunitario”, viene aplicando al mundo dosis letales de su vacuna multivalente: muros fronterizos, sanciones económicas, amenazas de secuestro a mandatarios, robo de petróleo, fake news, campañas difamatorias, golpes de Estado, leyes migratorias draconianas y, ahora, uso oportunista del coronavirus, dejándolo actuar contra la población civil más vulnerable (pobres, migrantes, minorías étnicas). La “sociedad” se vacuna en un intento suicida de inmunizarse contra el virus comunitario. Se inocula el miedo, el rechazo; se refuerza la otredad, se liquida la alteridad y se aniquila la fuerza de trabajo creadora de riqueza real.

Esto podría explicar el laissez faire pandémico de Donald Trump y similares. El presidente de Estados Unidos hace la tarea profiláctica a favor del establishment, como se demuestra en Nueva York, donde pasa del 60% el número de víctimas pobres y racializadas, mientras los ricos huyen. Para Trump, más de 600 mil casos y casi 30 mil muertos hasta ahora no son más que unos cuantos fideos en el gran caldo de 320 millones de habitantes que los EEUU tienen montados en la olla.

Retirar ese mugriento pelo chicharrón de la sopa supremacista podría garantizarle un segundo plato en el sancocho electoral venidero, en un país donde no decide la gente, sino que unas tales colegiaturas montan el guiso. Así impusieron a George Bush sobre Al Gore hace veinte años. ¡Quien mejor garantice el sistema de privilegios gana, y punto!

Patricia Manrique habla filosóficamente de “una visión nada extraña en una sociedad que entiende la relación entre el yo y el otro en términos de una recíproca aniquilación”. El capital no tiene nada de hospitalario, de allí su lenguaje bélico. En la misma tónica biopolítica, Paul Preciado remata: “Una epidemia permite extender a toda la población las medidas de ʽinmunizaciónʼ política que habían sido aplicadas hasta ahora de manera violenta frente aquellos que habían sido considerados como ʽextranjerosʼ tanto dentro como en los límites del territorio nacional”. El control tampoco es nuevo, solo más evidente.

Aparte de animalitos silvestres apareciendo en las metrópolis, nada “nuevo” hay en este panorama de muerte normalizada. Como dicen en España, el segundo país más jodido por la pandemia: “Se acabó la sopa de fideos, solo queda la de jodeos”.

 

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